Opinión / A mí no me líe

Odio eterno, o no, al encierro moderno

Por Javier Ancín 12 julio, 2019 - 17:55

El encierro esta por encima de todo, hasta de los corredores, porque todos, tarde o temprano, también pasan.

Sexto encierro de los Sanfermines de 2019 con la ganadería de Núnez del Cuvillo en el tramo de Santo Domingo y la Plaza del Ayuntamiento. IÑIGO ALZUGARAY
Sexto encierro de los Sanfermines de 2019 con la ganadería de Núnez del Cuvillo en el tramo de Santo Domingo y la Plaza del Ayuntamiento. IÑIGO ALZUGARAY

Tiempos de protestas, amigo Sancho. Eso es lo que nos ha tocado vivir. Todo es susceptible de convertirse en un derecho y se lucha como si nos/les fuera la vida en ello. Aunque a donde pretendo llegar, en ese lugar, el derecho por el que se protesta es por el contrario, más que la vida, poder poner (más) la vida en peligro.

Hace unos días una cuadrilla de corredores del encierro se plantaron y efectuaron una sentada en diferentes puntos del recorrido, enfurruñados como un niño de los de me pico y no ceno porque me han quitado el 'jubete', porque los encierros se han convertido en unos espectáculos tan seguros, manadas compactas encabezadas por cabestros que más que guiar hacen volar a la torada, que ya no hay quien se divierta en ellos.

Esta movida contraintuitiva no deja de tener su gracia, porque mientras el mundo camina por la búsqueda absoluta de la seguridad, todo bajo control, estos, lo que pretenden es lo contrario, dejar que los toros se disgreguen artificialmente y siembren de incertidumbre y, por lo tanto, de peligro cada centímetro del encierro.

Mientras el mundo acolcha los suelos de los parques infantiles y los bordes de los columpios, los coches los llena de airbags, de sistemas de control de tracción y de frenada y todo Cristo quiere ser funcionario para saber que siempre, pase lo que pase, no va a ir jamás al paro y toda su puta vida va a cobrar sus doce paguicas a final de mes y en julio y diciembre además su extraordinaria, los del encierro buscan lo contrario, tener el derecho a romperse la crisma con más facilidad como acto supremo de 'soy libre, a ver qué pasa...'.

No tengo una idea clara de si soy partidario de dejar de entrenar mansos y toros, quitar antideslizante, echar el freno de mano a la manada con vete tú a saber qué invento para que este encierro del siglo XXI sea una cosa manipulada, por distinta a sus tiempos.

Creo que soy partidario de que todo fluya, de que nada se detenga. Sin dramas. Un día los bigotudos barrigones que poblaban nuestros álbumes de cromos de fútbol de los 80 también desaparecieron, dejando paso a un nuevo tipo de jugador más atlético, mucho más definido, más cachas, más en forma. Un día aquellos campos embarrados que conocíamos y en los que te hundías hasta los tobillos, no te veías ni las botas, también desaparecieron y fueron sustituidos por un césped semiartificial tan técnico que siempre está ya en perfectas condiciones. Y no pasó nada.

Estos días a un corredor que escribe como los ángeles sobre lo que corre y que corre sobre lo que escribe como Dios, en Santo Domingo, Chapu Apaolaza, le escuché algo con lo que coincido. No hay una velocidad adecuada para el encierro porque todas lo son y esto se reduce a una cuestión de piernas, o de no piernas, para ponerse delante del toro, si puedes, en cualquier circunstancia. Y cuando no puedas, te vas a tu casa sin hacer ruido porque el encierro está por encima de cualquier cosa, discusiones bizantinas que no llevan a nada incluidas. El encierro esta por encima hasta de los corredores, porque todos, tarde o temprano, también pasan. Y eso es todo.


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