Opinión / A mí no me líe

No hablaré de lo miserable que es Koldo Martínez

Por Javier Ancín 26 abril, 2017 - 6:14

La vida es eso que pasa... de ti. A mí Lennon siempre me ha parecido un pesado pero su maldita frase sobre la vida siempre me ha dado mucho juego.

Koldo Martínez, portavoz de Geroa Bai en el Parlamento de Navarra. PABLO LASAOSA
Koldo Martínez, portavoz de Geroa Bai en el Parlamento de Navarra. PABLO LASAOSA

La vida es eso que pasa... mientras estás insomne sobre una cama que no sabes ni dónde está porque no sabes ni dónde estás tú. Yo qué sé, por seguir jugando. El insomnio es una pérdida de tiempo absoluta. Desperdiciando horas de sueño que te ayudarían a todo lo demás, cuando el sol salga.

El insomnio que te ancla en la melancolía de los recuerdos inútiles, sin dejarte descansar, jodiéndote la noche y el día de mañana. Para los de Pamplona podríamos decir que el insomnio como la vida es tan miserable como Koldo Martínez, el barullas ese de Geroa Bai, que va diciendo poco más o menos que los que se jugaron un tiro en la cabeza añoran vivir bajo la amenaza del tiro en la cabeza. El nacionalismo es aún más miserable que la propia vida. El nacionalismo es un puto coñazo, como el insomnio.

Koldo Martínez es toda mi misantropía hecha, desecha, reconcentrada en un político que se trastabilla en cuanto tiene que hilar dos frases diferentes al dichoso monotema nacionalista. Eso sí, luego va de moderno, haciendo el ridículo, claro, como cuando éramos jóvenes y entraba un viejales en el bar donde solo había adolescentes a darnos clase con un lenguaje de las cavernas. En fin. Qué asco de políticos y de ciudad y de todo, vida incluida. Luego te lo matizarán su tropilla cecijunta por tierra, mar y aire pero la esencia ahí queda.

Contémoslo de otra forma, a ver si así entra de una vez en la sesera estrecha de esa ideología rancia, caspa decimonónica. Qué pasaría si alguien dijera, mujeres, parece que en realidad añoráis que esa banda de violadores que sembró el terror estuviera activa y no que se haya entregado, un poquito, a medias, como paripé, a ver si les rebajan la pena por las agresiones sexuales.

Sin violadores ni violadas, sin vencedores ni vencidos. Todos víctimas. Sois contrarias a la reconciliación entre violadores y violadas si no lo queréis asumir. Así no avanzamos, mujeres. Aceptad que la culpa la tenía también vuestra nuca y vuestra minifalda. La nuca y la minifalda también fueron parte fundamental del conflicto, aceptadlo. Mierda de insomnio, de vida y de gilipolleces. Mierda de todo.

El insomnio es eso que a la vida le pasa, arrugándola. La noche más amarga es eso que no pasa en la vida. Y así podríamos seguir hasta el infinito, Lennon me seguirá pareciendo un cansalmas y no me da sueño la angustia de no poder dormir. La vida, esa madrastra odiosa, de cuento con final infeliz. Por la noche acuden todos los fantasmas y te montan un akelarre en la oscuridad que ríete tú del que levantó Alex de la Iglesia en Zugarramurdi para su película.

Hoy viene también de visita la foto del ciclista Scarponi asesinado por una furgoneta, cubierto con una sabana y con su mujer de rodillas en el asfalto, destrozada, a su lado. La noche es triste y nunca sabes qué gota, esa gota de vino, que desciende por la botella te tocará la etiqueta, cruzándola como un latigazo hasta la mesa, para pringarte el mobiliario y el alma entera.

Vamos de tragedia en tragedia como pollos sin cabeza. No hay mucho más en esta vida absurda donde nos arrancamos la carne a fascículos hasta que solo queda de nosotros una osamenta de humo. Morimos consumidos, como un cigarro.

La vida es eso que pasa de drama en drama sin dejarnos siquiera hacer planes. A veces se hace complicado todo, se oscurece la tarde demasiado pronto y se te mete polvillo en los ojos, en el pecho, subiendo como un géiser, y te estalla de dentro hacia afuera medio mundo sin pedir permiso. Scarponi tenía dos años menos que yo y dos niños.

Subió a Twitter antes de que lo mataran una foto con sus hijos jugando en el salón de su casa. Una foto abarrotada de vida. La vida es eso que pasa en esa foto. No estamos a salvo en ningún tiempo, porque al día siguiente todo se desvanece y te vas, como se van los que te dejan solo en mitad de la nada, marcando una huella absurda en un parabrisas de una furgoneta fea de cojones.

El conductor asesino dice que no lo vio, que no vio a un ciclista que se entrenaba por carreteras que conocían muy bien los dos. Si no vio a un ciclista que circulaba correctamente es que ese loco no merecía conducir. Ya lo escribí hace unos días aquí, muchos conductores no tienen ni idea de lo que llevan entre manos cuando se trata de circular entre ciclistas. En realidad muchos conductores no tienen ni puta idea nunca, pero bueno. El nacionalismo te dirá que eres contrario a la reconciliación entre ciclista muertos y conductores asesinos.

Habría que conseguir que asesinos así dejen de circular antes de que se cepillen a un ciclista más. Obviamente no hay forma de alcanzar esa utopía porque la tragedia es inherente al ser humano, los precog de Minority report no existen, y mejor así, pero es lo que me sale en estos momentos de zozobra recordando las dos fotos en la oscuridad de esta madrugada. El ser humano es imbécil. La vida es eso absurdo que nos mata y que pasa mientras hay vida.

Nunca sabes dónde está colocándose el tiesto que un día caerá sobre tu cabeza y que te dejará seco en mitad de la acera, salvo que seas Ayrton Sena e intuyas la tragedia antes de que te mates en Tamburello. Porque Senna lo intuyó aquel 1 de mayo de 1994, en un fin de semana donde murió también un desconocido, Roland Ratzenberger, en la curva Villeneuve, y Barrichello salió vivo de milagro al estamparse, en seco, volando contras las protecciones del circuito de Imola. Yo vi morir a Senna en directo y ese fantasma también vuelve hoy, junto al de Scarponi, ambos con una sábana de pudor de por medio.

La vida es eso que nos pasa y cuando queremos darnos cuenta ya nos ha pasado, ya nos ha dejado, ya nos ha cubierto con una sábana, la misma bajo la que la vida pasaba feliz cuando abrazabas a alguien que ya nunca va a estar ahí, calentando el invierno como si fuera verano. Y eso es todo.


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