Opinión / A mí no me líe

Navarra y sobre todo Pamplona no tienen remedio

Por Javier Ancín 28 abril, 2017 - 7:52

Lo bueno de no tener nada es que tampoco tienes ciudad y puedes moverte por todas como un perfecto flâneur porque todas te pertenecen.

La estatua de Carlos III, frente a la Plaza del Castillo de Pamplona.
La estatua de Carlos III, frente a la Plaza del Castillo de Pamplona.

Leía ayer una entrevista al escritor Ray Loriga, que ha ganado no sé qué premio que da su propia editorial, oh sorpresa, que plagiar es muy sano, así que me ahorro buscar una definición, como un alumno aplicado que no discute al maestro, y robo la que hizo del término Flâneur Charles Baudelaire porque es insuperable.

"La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito.

Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente".

Un flâneur, por actualizar un poco el concepto, es la cima del ser humano, un urbanita puro, un perfecto individualista feliz y despreocupado que pasea entre la multitud tomando notas y sin más oficina que un iPad que planta en cualquier garito, restaurante, trasporte, sala de espera, banco del parque, museo, concierto, estadio, donde le lleve su paseo, para escribir sus artículos.

Yo desde hace una temporada no me dedico a otra cosa que a mirar y a escribir y a viajar y a escuchar música. La vida cuando cabe en una mochila es más pacífica, mucho más serena, infinitamente más vivible. Cuanto menos lastre mejor se desliza uno camino de la nada, porque aunque aquí muchos piensen que podrán seguir construyendo su imperio y sus mitológicas monsergas, en el otro barrio, por no haber, no hay ni barrio. No hay nada. Dios no existe, recuerden. Euskalhernía inguinal tampoco.

Por Pamplona paro para llenar la maleta de camisetas y libros y para ir al médico, privado. No teman, no consumo recursos públicos, básicamente porque la sanidad en Navarra es muy lenta, en algunas especialidades también desastrosa, para los que tenemos prisa por arreglarnos los desperfectos que la vida causa. El emperador también va desnudo en este tema pero la ciudad se empeña en decir lo buena que es la sanidad navarra, un poco porque como asuman que quizá de eso hace lustros, les entra una depresión como la que yo arrastro por esta ciudad desde hace tiempo.

Eso sí, con el cuatripartito nacionalista actual algo hemos ganado, pueden hacer ustedes cola, mucha, pero mucha, cada vez más, para que les hagan una kolonoskopia en perfecto euskera. Como algún día la auto complacencia de la mayoría de la población navarra reviente vamos a tener que importar prozac a paladas.

No ocurrirá, la auto complacencia y el estoicismo son dos rasgos de identidad de esta tierra desde ni se sabe cuando. Yo tampoco me escapo a él, ojo, aunque sea por la otra vertiente, porque cuando me dicen qué habría que hacer para que Navarra progresara por el siglo XXI, he empezado a contestar con un resignado y estoico: Navarra no tiene remedio, está empeñada en progresar pero por el siglo XIX. Nadie va a hacer nada porque cambie esa cómoda actitud para el poder de turno. A los que os mandaron, mandan y mandarán les va muy bien con un pueblo siempre dócil y sumiso.

El estoicismo es perfecto para que nos roben, unos el dinero y otros también o además, la identidad, diluyéndonos en un barrio dormitorio de su euskoimperio bilbaíno con sus euskosímbolos guipuzcoanos. Navarra ha caído, como su historia, como sus instituciones, como sus símbolos, como su equipo de fútbol, como el comercio de su capital, como su orgullo, como su proyecto, como su futuro... pero no hay problema, todo se arregla con el mantra cada vez más artrítico de "pero qué bien se vive en Pamplona".

Yo también he caído, pero hacia arriba. Me monto en un bus casi de madrugada con mi mochila de flâneur camino de otra ciudad, una ciudad sin identidad alguna, vital como un primer beso, un primer polvo, que empuja al porvenir siempre con ganas. Hoy hay concierto en ella de Los Planetas y no pienso perdérmelo. 12 años me he pegado esperando y yo ya no espero a nadie ni a nada. Disfruten de la niebla. Y eso es todo.


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