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Opinión / A mí no me líe

Por un mundo libre de publicidad sentimental

Por Javier Ancín 16 diciembre, 2020 - 9:57

Desde que me he hecho de izquierdas quiero prohibirlo todo. Si ayer era el Olentzero para luchar contra nefastos modelos en la lucha contra el cambio climático hoy son los anuncios navideños. 

Una vieja televisión.
Una vieja televisión.

Como no teníamos pocas desgracias este año, comienza la cascada de anuncios emotivos en la tele para venderte morralla. Estoy saturado antes de empezar. No soporto a ningún abuelito con cara compungida más, a ningún nieto trucho haciendo el canelo, a ninguna familia perfecta donde hasta los cuñados saben comportarse para que, aprovechando que sueltas la lagrimilla, compres salchichas o puerros o lubricante para tractores

¿Para qué sirven las campañas publicitarias lacrimógenas? Es un misterio. Uno ve pasar por delante de sus ojos esa publicidad y nunca se entera muy bien de por qué tanta insistencia en que te desgarres así un poco por dentro para llegar al anticlímax del, compre estiércol de caballo con euskolabel o estas pastillas para combatir las flatulencias antes llamadas pedos, jodiéndote hasta el llanto sin consuelo al que te habías abandonado.

Cuando me insisten tanto con un mensaje, automáticamente me coloco en la postura diametralmente opuesta a la del insistente anuncio. Cada refuerzo psicológico con el que me machacan me produce únicamente irritación y rechazo absoluto.

¿Recuerdan aquel libro de cómo dejar de fumar que tantas ediciones tuvo? Pues bien, yo, que era un fumador empedernido de más de un paquete al día, desesperado ante la idea de seguir pagando impuestos sobre las labores del tabaco a un presidente como ZetaPé, decidí que ya estaba bien de tirar mi dinero en la Hacienda Pública y compré el libro para bajarme, como buen liberal que era entonces, los impuestos. Lo cogí con curiosidad, después lo leí con pereza, luego con hastío y finalmente con una irritación brutal. 

No había nada racional en él, básicamente se dedicaba a decirte que fumar es malo y que tienes que dejarlo. Un millón de veces. La consecuencia fue que cuando cerré el bálsamo de Fierabrás del que todos hablaban, pasé de un paquete al día a dos. Tanta insistencia solo consiguió que me convirtiera a la socialdemocracia y que le pagara casi el doble en impuestos a Pedro Solbes. Un fracaso. 

Me sucede también con los coaches o motivadores o sermoneadores profesionales que me he ido encontrando en mi desdichada vida laboral. De tanto reforzarme los estímulos positivos y demonizar los negativos acabo en esas reuniones de saltimbanquis más deprimido que un fulano que lo acaba de perder todo en el casino. 

Esa insistencia por suprimir cualquier pensamiento negativo de tu mente, de tu día a día, de cualquier actividad que realices en la vida, no sé, ciscarse en alguno que te hace una pirula al volante, insultar a algún político, produce en mí un efecto rebote de tristeza profunda del que tardo algo más de una hora en recuperarme. O media, tampoco hay que exagerar. Salgo hundido, machacado, por tanta felicidad y bondad que tengo que sentir para ser un humano pleno, porque no la siento ni por el forro. Jamás.

Y si solo fuera eso... incluso suelen utilizar la palabra «positivismo» para referirse a toda esa actitud espiritual con las cosas esas de la paz y amor al cosmos a lo loco, por lo que además de hundido en la miseria me quedo cabreado como un mono por la incultura del coach en cuestión. Positivismo, aprovecho para coachear al coach, no hace referencia a actitudes de buen rollo sino a lo que puede ser demostrado científicamente. 

A lo que voy, que dejen de darnos el coñazo con el sentimentalismo, por favor, que bastante turra ya nos dan con él los políticos a diario, como para tener que soportarlo también cuando te anuncian el pegamento para señoros que evita que se te caiga la dentadura postiza al plato de cardo en nochebuena. Y eso es todo.


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