Opinión / A mí no me líe

En la muerte de Manuel Alcántara

Por Javier Ancín 19 Abril, 2019 - 9:08

En realidad es un consuelo. Para los que hemos elegido juntar letras en folios, hoy eléctricos, saber que puedes morirte con 91 años haciéndolo, con un Dry Martini en la mano, lo de ser un juntaletras, como quien hace pulseras hilando tranquilamente abalorios, es un alivio. Un futbolista es ex futbolista tres cuartas partes de su vida, por ejemplo.

Manuel Alcántara, en una imagen de hace un par de años. EFE.
Manuel Alcántara, en una imagen de hace un par de años. EFE.

Yo no conocía de nada a Manuel Alcántara, pero cuando viajaba y cogía la prensa en los cafeterías de provincias y leía sus columnas, me sentía un poco más en casa, en mi casa, en esa casa que no existe en realidad más que en mi coche y mi mochila y mis cosas así, sin importancia. Los asideros que hay en las duchas de los viejos, para no romperte la cadera, esa es mi patria.

Aunque le pegaba también a la poesía, los escritos de Alcántara en mí memoria tienen siempre forma de columnas, estrechas, rectas, sólidas... y daba gusto ascender por ellas como por una cucaña buscando el premio o descender como un bombero con prisa camino de apagar algún incendio en el infierno. Más que escritor era un arquitecto. Un arquitecto clásico.

Aún encendía cigarrillos... yo hace diez años que dejé los dos paquetes que me fumaba al día, y seguía bebiendo, por lo que dicen, con alegría. Algunos hemos dimitido 50 años antes, mientras esto escribo me he pedido un batido de frutos rojos en una panadería/cafetería de barrio. Asumirlo también es un triunfo total. Nunca llegaremos a nada.

Nada. Me gustaba el Alcántara que no contaba nada, porque ahí era donde empezaba a explicarlo todo. Lo importante siempre se muestra en lo sencillo. Cuando no lo esperas aparece... y desaparece también. En eso para mí Alcántara era un puto jefe: hace un día como para tener día formal, nos dijo. Y la tuvimos... o algo así, en su Málaga.

Cuando por la calle Larios aprendí los mil nombres que hay en esa ciudad para un café estaba escribiendo cerca. O aquel paseo por la playa de la Malagueta, de arena dura, de ruido de papel de periódico al arrugarlo con la mano, en el que ni nos quitamos las zapatillas porque era invierno aunque hacía sol de verano. O cuando casi nos echa un vigilante del Carmen Thyssen por reírnos juntos comentando un cuadro, a los ojos, nada escandaloso, bastante suave en realidad, en uno de los mejores museos en los que he estado por su línea dulce de mar y sur en el discurso narrativo azul que tiene.

Me alegro de haber visitado la ciudad con ese escritor en ella trabajando... tumbado, a ver qué pasa, como dice en uno de sus versos, mientras yo pasaba por ella.

No me apena que un escritor haya llegado al fin de su vida en plenitud de forma, brindando, dándole gusto a los dedos con las teclas de su Olivetti. Me apena descubrir que el mundo en el que me he movido durante tantos años, ahora que empiezo a conocer sus reglas, y a necesitarlo, esté desapareciendo. Habrá que inventarse otro, y seguir escribiéndolo, para no morir de nostalgia. O morir de nostalgia y dejar de escribir, porque todo está ya dicho. A ver qué idea gana por KO.

Estos días le escuché al heredero David Gistau hablar de cómo le decía Alcántara que te vienes a Málaga y nos conversamos una botella. Conversarnos una botella... esa frase justifica una carrera literaria. Y eso es todo.


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