Opinión / A mí no me líe

Más odio a Enrique Maya que amor a su hijo

Por Javier Ancín 08 julio, 2019 - 17:18

Para el nacionalismo vasco los Sanfermines son un escaparate, una  emboscada aberchándal en la calle Curia contra los concejales que no son nacionalistas.

Crispación en la calle Curia con insultos y pitada contra los concejales de UPN. MIGUEL OSÉS
Crispación en la calle Curia con insultos y pitada contra los concejales de UPN. MIGUEL OSÉS

Ahora que los nacionalistas vascos ya no tienen acto que reventar y desaparecen de las fiestas y de Irroña -su trabajo de sembrar la discordia, el mal rollo regado todo de vinagre ya está hecho-, llegan lo que los de Pamplona llamamos los días para los de casa.

8 de julio y esto ya ha alcanzado una agradable velocidad de crucero a la que abandonarse.

Para el nacionalismo vasco los Sanfermines son un escaparate en el que vender su mercancía caducada que cuenta básicamente con solo dos actos.

Uno es el chupinazo, donde tienen que incumplir por sistema la ley de exhibición de símbolos ajenos a las instituciones de Pamplona y de Navarra, intentando tendernos su bandera en el balcón. Este año con mordiscos y patadas contra la policial municipal por parte de los batasunos. Nueva disciplina para las pruebas de herri kirolak, mordisco al munipa. Lo veo.

Los nacionalistas alegan libertad de expresión para saltarse las leyes, utilizando el edificio de todos para su campaña publicitaria. Si lo que quieren es lucir banderita vasca, yo les recomiendo para las sucesivas fiestas confeccionarse una levita con los colores de la ikurriña, por ejemplo.

No van a ser tan elegantes como David Bowie con la chaqueta con la bandera inglesa de su disco 'Earthling' pero pueden lucir su monserga cansalmas sin que nadie les diga nada. Allá cada cual con su cuerpo.

Abaurrea, como es pequeñajo, no se le iba a ver mucho, pero me imagino a Hualde, que abarca más tela, y ese sí que tiene que lucir orondo la bicrucífera, rediós, como hombre anuncio.

No iban a tener la elegancia ninguno del Duque blanco pero podrían ser recordados para la historia como el cuñado fatxito vasco de las fiestas de San Fermín. Yo qué sé, algo es algo.

El otro acto a reventar por parte del nacionalismo vasco es la procesión. Es decir, emboscada aberchándal en la calle Curia contra los concejales que no son nacionalistas, estén o no estén en el gobierno, estén o no estén en la oposición.

Este año me acerqué por allí y vi imágenes que se te caían el alma a los pies. Ver la violencia en directo más que acojonar, entristece. Todas las escenas eran demoledoras, pero hay una que se me ha quedado marcada. Un padre gritando odio, puño en alto, fuera de sí, al alcalde Maya. Llevaba un niño, se supone que su hijo, a hombros y en el espasmo violento del berrido, del ademán agresivo con el brazo, casi se le cae.

Y el crío comenzó a llorar como solo lloran los críos ante el espanto y la sinrazón, desorientado, desconsolado -¿aitá, por qué dejas que me caiga?-, porque la mano la necesitaba para odiar en vez de para sujetar al mocete. Y sin hacer ni puto caso al enano ni a su llanto, siguió a lo suyo su aitá, al odio y a la bronca.

Ese crío espantado ante la más que posible caída y el padre ajeno al drama de la criatura, centrado en el rencor, es un buen resumen del estercolero con el que quiere pactar el PSOE de Pedro Sánchez y Txibite para llegar a la poltrona. Ellos mismos.

El caso es que cuando salí de allí, me quedé un buen rato pensando sobre lo que había visto, buscando explicaciones, intentando comprender, pero no pude encontrar nada más que el abismo negro ahí abajo. Un hueco infinito. El odio lo vacía todo.

Y cuando ya iba a dejar el recuerdo, aburrido porque estoy harto ya de tener que ser testigo de estas mierdas incomprensibles, recordé una mítica frase de Golda Meir: ‘La paz llegará cuando amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros’.

La concordia reinará en Pamplona cuando el nacionalismo vasco ame más a sus hijos de lo que nos odia a nosotros. Y eso es todo.

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