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Opinión / A mí no me líe

Llanto por Anna y Olivia

Por Javier Ancín 11 junio, 2021 - 9:19

Ojalá poder volver a la inocencia de la niñez como humanos. Ojalá volver a ese punto del que habla Garcia Márquez en Cien años de soledad donde todo aún estaba por hacer y poder hacerlo de otra forma. 

La pequeña Oliva y Anna, de seis y un año, desaparecidas en Tenerife
SOS DESAPARECIDOS
La pequeña Oliva y Anna, de seis y un año, desaparecidas en Tenerife SOS DESAPARECIDOS

La gente no se lo explica y escribe en las redes desconcertada. Claro que tiene explicación, ese es el drama. El ser humano, los misántropos lo conocemos bien, es un ser despreciable, del que  hay que alejarse como de la peste para que, principalmente, no te haga daño. 

Matar a tus hijas solo y exclusivamente para mandar al infierno de por vida a su madre. Podría haberla asesinado a ella pero eso hubiera sido menos cruel. A tus propias hijas... hace falta ser despiadado, por odio, una venganza sin afrenta que jamás podrá ser vengada a su vez porque ya no hay nada contra lo que vengarse. El ser humano es un ser miserable, sádico y de un refinamiento en la maldad que aterra. El amor siempre es más débil que el odio, una vez más se demuestra. El amor concreto a dos hijas no ha conseguido frenar el odio sabe Dios contra qué. Desengáñense quien aún no haya perdido toda esperanza, el mal siempre triunfa a la larga sobre el bien. El bien gana batallas y el mal las guerras. 

No es un enfermo el asesino, la cabeza la tiene en su sitio. Durante muchos años de mi vida visité una residencia de enfermos de Alzheimer y en esas cabezas agrietadas solo había bondad. Para los enfermos que me veían pasar a veces era un amigo, un novio perdido en la guerra o en la mar, un hijo que venía a ver a su madre tras aprobar un examen de fin de carrera o un hermano contándole lo bien que le iba algún negocio... Nadie cuando reparaba en mí me trataba como a un enemigo, nunca les recordaba a alguien que les hizo daño. En la cordura solo hay mugre. Solo en la enfermedad hay humanidad y yo les seguía el juego adoptando el papel que ellos me asignaban, intentando devolver algo del cariño que me regalaban desde su niebla. 

Me acordé entonces de Lorca, cogí sus obras completas que llevan un año en mi mesa de trabajo y me eché a la calle. Dimito, me dije. Que no quiero verlo... me subleva tanto que a un niño le ocurra cualquier desgracia, enfermedad, cualquier violencia, que sufra la ira de un adulto que ya no puedo mirar. 

No hay nada como retirarse. Abandonar y sentado ver pasar el tiempo. Me gustan los atardeceres rojos de junio de Pamplona, cuando muere el sol por Echauri. Todas las ciudades acaban conectándose, pensé. Aunque sea en tu cabeza. Cae la luz casi de verano aquí como recuerdo que caía en la Plaza de oriente de Madrid cuando estaba contigo, esa plaza tan llena de navarros, la estatua de Iñigo Arista, el monumento a Miguel Hilarión Eslava, el piso con su ventana y su placa haciendo esquina donde murió Gayarre. Dos luces tan particulares que para mí son la misma. 

Abrí el libro y busqué el llanto de Lorca para dejar de tiritar de frío. 

Que no quiero verla... Me he ido de casa dejando el artículo a medias porque no quiero ver ya tanta muerte. Dos niñas más, no, por favor. Que no quiero verla, como el llanto lorquiano por su amigo Sanchez Mejías cuando murió, que ya subía por el tendido, por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas. Y Lorca tampoco quería verla. Yo también renuncio y me quedo mirando el horizonte... en esta calle que no es calle que solo es una trasera, abajo el cementerio, arriba el sol que ya se vence, cayendo.

Ojalá poder volver a la inocencia de la niñez como humanos. Ojalá volver a ese punto del que habla Garcia Márquez en Cien años de soledad donde todo aún estaba por hacer y poder hacerlo de otra forma. “El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo". Pero eso solo pasa en los libros... aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, aquí no es el arranque de una historia mágica sino el alma congelada de ese hijo de la gran puta que ha mandado al fondo del mar a dos niñas.

Mañana sábado me vacunan contra el coronavirus y aún me sigo preguntando para qué, si ya solo aspiro a no tener trato con nadie, en un banco, mirando caer cada día el sol cerca del cabezón de Echauri, en cualquier ciudad en la que me encuentre, alejado de todo contacto humano, ese monstruo. Y eso es todo.


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Llanto por Anna y Olivia