Opinión / A mí no me líe

La paranoia del PNV contra Navarra

Por Javier Ancín 11 mayo, 2018 - 7:58

Al presidente de Navarra, Urkullu, le han entrado las prisas. Ve que la subsecretaria Barkos que tiene colocada en la diputación de Navarra solo le queda un año de legislatura para perpetrar la felonía de regalar Navarra a Euskadi y se ha puesto nervioso.

La presidenta de Navarra, Uxue Barkos, y el lehendakari, Iñigo Urkullu, el dçia que efectuaron una declaración institucional ante los medios de comunicación tras haberse producido el anuncio de disolución de ETA. PABLO LASAOSA
La presidenta de Navarra, Uxue Barkos, y el lehendakari, Iñigo Urkullu, el dçia que efectuaron una declaración institucional ante los medios de comunicación tras haberse producido el anuncio de disolución de ETA. PABLO LASAOSA

A Barkos, en cambio, le ha entrado el vértigo del que sabe que no hay agua en la piscina pero que el jefe, que no tiene nada que perder porque la piscina no es suya y le da igual que se rompa con el cabezazo de su subordinada contra el fondo, le está empujando por el trampolín para que se tire.

La fanfarronería de prometer a su jefe Urkullu Navarra en una bandeja de plata a principio de legislatura, a Barkos le puede salir sabe dios por donde, cara, mucho, en cualquier caso, porque los navarros somos muy raros para estas cosas de que nos obliguen a ir desde fuera por un camino.

El navarro puede aguantar palos y más palos como un mulo estoico hasta que llega un momento, tampoco sé sabe muy bien cuál, porque no suele ser ni el palo más gordo que desborda el capacico de los mamporros, en el que se despierta, toma conciencia de que los están torturando y empieza a repartir coces sin ningún tipo de medida hasta no dejar en pie a mamarracho alguno que le estaba hasta hace medio minuto apaleando sin piedad.

Esto el nacionalismo vasco de fuera de Navarra no lo sabe porque, en realidad, de Navarra y de los navarros no tienen ni puñetera idea, pero los de dentro, los que han vivido como dios siendo nacionalistas vascos en Navarra lo saben y andan ahora un tanto incómodos, acojonados.

Por un lado tienen al sumo pontífice de su secta Urkullu, reclamando Navarra para él y por otro saben que la ciudadanía en Navarra como se despierte, como vea que su comunidad puede desaparecer diluida en una paranoia racista aranista vasca, puede dejar en nada las inundaciones que cíclicamente provoca en el paisaje pamplonés el Arga y llevárselos la riada por delante hasta el Mediterráneo.

La estrategia del presidente navarro Urkullu durante esta legislatura ha sido la de cerrar Navarra por derribo y luego desescombrar y construir su fantasmagoría vasca sobre nuestro solar. Y a ello se ha dedicado su empleada Barkos, a arrasarnos, con los batasunos del ayuntamiento de Pamplona de fieles escuderos. Lo que pasa es que creían que el estoico pueblo navarro llegado a este punto estaría más dócil para arrearle el estacazo final de incorporarlo a la cuarta provincia vasca, o primera por la cola, sin rechistar.

Y ahí es donde han calculado mal. La gente se está revolviendo, poco a poco, desperezando de su letargo sumiso, de su síndrome de ser humano navarro maltratado, y está a un tris de cualquier cosa para zafarse de tanta bota en el cuello que le han puesto desde Bilbao.

La gente eso de que el vecino de escalera diga en la reunión de la comunidad, tan ufano, que va a tirar el tabique que os separa por las buenas para quedarse con tu salón, tu dormitorio y tu cuarto de baño no lo lleva muy bien y las reacciones pueden ser para que alguno no pare de correr hasta llegar y refugiarse en la sede de su partido ese racista vasco, que no navarro, allí en los jardines de Albia del Botxo.

El navarro solo salta una vez por siglo, pero ay cuando salta... ahí es completamente imprevisible. Alguno de estos nacionalistas vascos que van tan farrucos hoy por Navarra, demoliéndola y a la vez cobrando de ella, va a rodar pilón abajo de la historia y del presente. Veréis. Al tiempo. Y eso es todo.


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