Opinión / A mí no me líe

La muerte en la era digital

Por Javier Ancín 04 abril, 2018 - 8:24

Una vez, al principio, solía echar una risas por Twitter con un profesor de Filosofía de Zaragoza al que no conocía de nada.

Una sencilla cruz sobre un papel.
Una sencilla cruz sobre un papel.

Como hacía tiempo que no coincidían nuestros mensajes, me enteré indagando en su perfil que hacía un mes había tenido un accidente de moto y se había matado, por las rondas de la ciudad, camino del colegio donde daba clase.

Alguien en su nombre nos explicaba a desconocidos la noticia y agradecía la asistencia a su entierro. Fue mi primer muerto digital, en la prehistoria de esta era de cacharricos con pantalla iluminada, y me quedé confundido, sin saber muy bien cómo enfrentarme a ese hecho.                                             

Me sentí extraño, porque siendo verdad que no lo conocía de nada, lo sentía bastante cercano. Como una presencia que está ahí, en tus días anodinos pero sin estar, como un cuadro en un pasillo de la oficina que solo reparamos en él cuando lo quitan para siempre porque se ha caído y roto.

En este decorado falla algo, te dices, como en los pasatiempos de nuestra niñez de buscar las siete diferencias. No sé cómo era físicamente, más allá de una foto de perfil literalmente de perfil. Podría estar aquí al lado y no reconocerlo, pero sé cómo pensaba mejor que las personas con las que compartía horas reales solo llenas de frases de ascensor.

Era majete, y de Osasuna. Yo gritaba gol en 140 caracteres y él me retuiteaba, decía, para picar a sus alumnos maños. Él me hablaba mucho de los montes navarros, que frecuentaba, y yo le vacilaba diciéndole que yo al monte, con lo urbanita que soy, solo iría cuando lo asfaltaran.

Y así íbamos haciendo, chorrada va chorrada viene, alguna con más enjundia, alguna con algo de indignación, alguna con letra y música, alguna que era una confesión más íntima, mucho, como si no nos fuera a leer nunca nadie.

La era digital última nos ha traído relaciones personales sólidas pero a la vez completamente etéreas. Nuevas formas. Hoy eres una frase en una red social y mañana eres un cadáver pero no tenemos muy claro qué hacer con ello. La vida es muy rara y cuanto más vives, lejos de aclararse, más se complica la posible explicación.

¿Qué hacer con los perfiles de los muertos? La primera vez que murió un amigo, un amigo real, analógico, recuerdo volver a su perfil en Facebook, de vez en cuando, buscando inconscientemente algo nuevo que hubiera colgado. ¿Habría que enterrar también nuestro yo digital?

La de objetos personales que dejamos ahora entre los vivos cuando morimos, pienso. Por todas partes, por muchas redes, hay trozos de nosotros. Y como no conocen cómo son nuestras presencias o incluso nuestras voces la mayoría de los que nos lee, puede que haya gente que nunca se percate de que ya no estamos, entre tanta foto, estado, pensamiento o botella con mensaje de socorro lanzada contra la marea que es internet.

Si no mueres mientras te recuerdan, podríamos concluir que en esta era no morimos nunca, porque seguimos eternamente colgados en el escaparate. Y no sé si esto es sano, porque dan pie a episodios tan absurdos como el siguiente que voy a contar.

Hace unos días llamaron a mi telefonillo. Vengo a dejarle una carta, dijo. Cuando bajé al rato y abrí el buzón, intrigado, no había una carta, solo un papel doblado en dos. Era la factura del funeral de la anterior inquilina de esa casa, que había muerto hace poco. Le reclamaban trescientos y pico euros que no cubría su póliza de seguro. Por favor, abónelo a la mayor brevedad posible.

Me impactó la normalidad absurda con la que se trata ahora la muerte, tu muerte, un simple folio doblado por la mitad, como si la muerte, tu muerte, ya solo fuera un peldaño más de la vida, tu vida, que no muere o que solo muere para un ratito, llegando incluso a reclamarle al muerto en su domicilio ese plus gastado en su propio funeral.

Me impactó mucho esa ausencia de solemnidad, un hecho administrativo como hay mil al día, y que al ataúd lo llamaran, en aquel papel sin sobre, arca, como si hiciera menos ruido el sonido de la tapa de esa otra palabra al cerrarse, como si no fuera para siempre. Y eso es todo.


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