Opinión / A mí no me líe

La foto con el gigante

Por Javier Ancín 10 julio, 2019 - 18:04

Lo que me gustaba de los gigantes cuando era niño era colarme bajo sus faldones cuando volvían al suelo sus patas.

Un niño agarra la mano de uno de los gigantes durante las fiestas de San Fermín en Pamplona. NOEMÍ VERA
Un niño agarra la mano de uno de los gigantes durante las fiestas de San Fermín en Pamplona. NOEMÍ VERA

No recuerdo cuál es la primera foto que tengo de los Sanfermines, supongo que será una de aquellos 6 de julio de hace casi 40 años, con mis primos y algunos hijos de amigos de mi familia, sentados en los bordillos de la plaza del Castillo por riguroso orden de alturas, cuando la plaza tenía aquellos parquímetros como candelabros y coches a su alrededor.

Una escalera con peldaños humanos cada uno con su nombre de niño: uno de enero, dos de febrero, tres de marzo... comiéndonos un corte de nata de Nalia, vestidos de radiante blanco y rojo, atentos al mundo que se abría delante de nuestras narices infantiles.

El universo venía a pasearse a nuestra casa con cada chupinazo, y eso para un crío, en un tiempo donde la información no fluía como hoy -un periódico en blanco y negro, una enciclopedia Larousse desfasada, un canal y medio de televisión-, era un regalo multicolor que no había que desaprovechar. Los Sanfermines eran vida, modernidad, y nos los bebíamos por los ojos.

Decía que no me acuerdo de qué foto es la primera, pero sí que tengo claro cuál es la que más ilusión me hace. Tres, cuatro años... quizás dos o cinco, yo qué sé, de pie, orgulloso, con los ojitos radiantes, feliz como solo se es feliz cuando eres un crío, con el rey europeo de la comparsa detrás, cuando los gigantes no tenían nombre, abrazado por los hombres por el tipo que lo bailaba, de cuclillas para estar a mí diminuta altura.

Desde enano me impresionaron más los hombres que los dioses, y quizás por eso más que verlos bailar, lo que me gustaba de los gigantes era colarme bajo sus faldones cuando volvían al suelo sus patas, para mirar desde abajo aquella pieza acolchada de cuero donde hacia tope la cabeza del humano que lo guiaba, las perchas de espuma que ayudaban a los hombros a soportar el peso para hacerlo girar, con tanta magia.

Una vez un gilipollas se metió dentro, lo intentó izar, y solo consiguió hacer caer a la reina europea, con tan mala suerte, que la cabeza golpeó contra el filo de la acera, decapitándola. Aquellos Sanfermines, los titanes que consiguen darles vida, bamboleándose, girando vertiginosamente, caminando sobre nubes de adoquín, aun fueron más enormes para mí.

Me alegro de tener esa foto con Patxi, un conocido de mi padre del curro hospitalario, conductor de ambulancias, poco más sé de él, y que tenía unas barbas tan profundas como las que llevo yo ahora, quizás porque todos queremos parecernos en algo a los héroes de nuestra infancia.

Bailaba el gigante europeo y yo solo quería que dejara de hacerlo para verlo salir de ahí abajo y admirarlo como si realmente de donde surgiera fuera de una de las páginas de Las metamorfosis de Ovidio. Y eso es todo.


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