Opinión / A mí no me líe

La España profunda

Por Javier Ancín 01 agosto, 2018 - 8:15

Estaba el otro día con un amigo tomando unas cervezas de terraceo urbanita en capital europea, pongamos Madrid, por decir algo, tras un concierto en el Botánico de los gabachos Phoenix, -en junio vimos a Elvis Costello y su garganta rajada. Este año vamos de festivales pequeños- y la conversación se nos fue de las manos, para variar.

Una chuleta en un restaurante.ARCHIVO
Una chuleta en un restaurante.ARCHIVO

Algunos horteras lo llaman últimamente salir de la zona de confort. Otros, gente burguesa como nosotros dos, dos chalados, es verdad, para que negar la condición de vividor loco a estas alturas, lo llamamos “a que no hay huevos”. Pónganse en situación, terracita y calorcito rico Chamberilero, plaza de Olavide, por decir una que frecuento, y mi colega que me dice que no conoce la España profunda, provocando.

¿Que no conoces la España profunda? A que no hay huevos de mañana venir a mi casa con una mochila, casi sin amanecer aún, para coger el coche y que te la enseñe. Y tuvo huevos, el cabrón, y mochila con muda limpia. Bien temprano se me plantó debajo de mi residencia matritense para con la manta, deslizarnos por la carretera. Y pese a lo poco que me gusta madrugar, no me quedó más remedio que zumbar deprisa desde que salió el sol, porque ya no sé conducir despacio. A la hora de comer estábamos en un batzoki del PNV en un pueblo de la costa vizcaína, trasegando España profunda a dos carrillos. No digo más... o sí digo más.

Omitiré el nombre del pueblo porque como decía mi abuela, qué necesidad habrá... se dice el pecado pero no el pecador, que bastante cruz llevan con lo suyo. Y lo suyo es más o menos resumido una localidad que se ha quedado sin la tradicional industria de la pesca -en Euskadi ya no se pescan merluzas, solo se pescan resfriados y cabreos-, que no ha sabido reponerse del palo para salir a flote. Una población pobretona, decadente como un panteón destartalado que ya no tiene ni más muertos que sepultar porque de la familia ya no queda nadie vivo. Una población solitaria, de mirada perdida, ensimismada en sus neuras. Viven por y para “el conflicto” con sus carteles de presos por las cristaleras de locales cerrados, sus pintadas de presos en los muros reventando de desconchados y sus pancartas, de presos también, colgando de los puentes y las barandillas que dan al mar que nadie ve.

¿Para quién colocarán toda esta parafernalia mes tras mes, semana tras semana, día tras día, con tanto tesón, con una fe inquebrantable, pensé, si aquí no se acerca ningún turista -esto no es Guetaria, por ejemplo, lleno de restaurantes con sus cientos de visitantes, a los que darles la matraca con k- para ellos mismos, que son cuatro gatos y ya están cocinados de melancolía hace décadas? No supe encontrar una explicación que no fuera desoladora. Un pueblo echado a perder, enfermo de paranoia, convertido en aquel japonés que, lustros después del final de la Segunda Guerra Mundial, seguía defendiendo su isla insignificante frente a la nada. Pobre gente...

Luego nos metimos en el restaurante del peneuve a comer, un decorado demodé de madera de whiskería de los años ochenta, para no dejarnos sin montar en ni uno de los cacharricos del parque de atracciones. A la diestra una foto de Urkullu. A la siniestra uno de Ibarretxe. En la nuca un cuadro de Sabino Arana, amenazante. Delante de mí, afortunadamente, el mar en el que perder la vista, tras la ventana. Solo había camareras. La atmósfera era como muy machista, grasienta: mujeres sirviendo, hombres a los que honrar en las paredes, vigilando. Descorazonador. Matxirulo. Con te equis.

Cogí la carta, porque de algo hay que morir, y todo estaba en euskera. Cosa que me pareció normal. Ojo. Lo que no me pareció tan normal es que el menú del día, aquí no se andan con chorradas, pensé, que eso de traducir una cosa para siempre vale, pero cambiarlo a diario es un fastidio, solo lo tenían en español. Tentado estuve de preguntar si era porque Anasagasti, el que berrea desde hace 45 años porque Franco le impide, año tras año, aprender su idioma, iba mucho por ahí pero me dio pereza, limitándome a pedir una chuleta con che del país, el que sea, y un tinto de la casa que era de La Rioja... patatera. De Oyón. Sin más, con café y licor de endrinas, esa mierda no era pacharán, casi 40€ la chorradica. Yo qué sé... demasiado, supongo.

Y salimos, como raros, meditabundos hacia el coche. Un poco con regusto amargo -es verano, buscábamos diversión, no miserias, o tantas miserias, joder-, y le dije a mi colega, esto es el nacionalismo vasco y esto es lo que ha hecho y aún sigue haciendo con algunas cabezas y algunas sociedades, ahí tienes el último reducto de la España profunda del siglo XX o vete a saber si XIX en pleno siglo XXI. En fin, ni para reírse un rato sirven ya, vámonos a pasar la noche a Donosti, a tomar un gintonic mirando la bahía de La Concha desde la terraza del Náutico, que lo han dejado de cojones tras la remodelación que le hicieron hace un par de años, para quitarnos el frío que este chirimiri triste nos ha dejado en el alma. Volvamos a la civilización y al calorcito, copón, que estamos en el 2018 y verano soy hay uno al año, como para malgastarlo. Y eso es todo.


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