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Opinión / A mí no me líe

La chapa del euskera

Por Javier Ancín 05 diciembre, 2018 - 11:11

Sentaos, amados lectores. Con estas nieblas que solo invitan a permanecer junto a la chimenea con un pelotazo de gintonic cerca y unas castañas entre las manos, quiero contaros una historia que viví el fin de semana pasado, en una calle color sepia de Irroña.

El Parlamento de Navarra muestra su adhesión a la iniciativa social en favor del euskera Euskaraldia (01). IÑIGO ALZUGARAY
Barkos, Aznárez y Ruiz, con las chapas de Euskaraldia. IÑIGO ALZUGARAY

Hay un tema trascendente que debéis conocer antes de comenzar. La semana pasada el gobierno vasco (seguro que también de alguna u otra forma el gobierno de Navarra, que para eso son los dos del peneuve y Uxue rinde cuentas a Urkullu casi a diario) se gastó 40.000 € en la chapa del euskera.

En esta caso literal, no solo figurado como otras veces. Fabricaron unas chapas que 200.000 neskas y neskos, previo registro, para que quede constancia quién sí y quién no, se las colocarían en la ropa y con ello proclamar solemnemente que los próximos 11 días, toda su comunicación iba a ser en euskera. Enterita. Nadie podría osar a dirigirse a ellos, pase lo que pase, así se le esté quemando el baserri o para avisarle de que su pareja les está poniendo los cuernos, en otro idioma que en el de la chapa, el euskera. Dejaremos por esta vez lo que opino de esto de señalar digamos de forma pasiva, los que no están apuntados, los que no lucen la chapa, los que no se dejan dar la chapa, los que no llevan el brazalete del partido, porque la chapa del euskera ha sido un absoluto fracaso. Aquí, y por lo que he podido comprobar, también en San Sebastián. Desconozco, tengo que confesar, qué habrá pasado en megametrópolis como Alsasua, por ejemplo.

A lo que vamos, que nos perdemos por la Barranca una vez más. Iba yo paseando, sumido en mis cavilaciones, rumiando ideas elevadas, fantaseando con tesis definitivas a problemas eternos... en realidad concluía que todos los que decís Irroña siempre utilizáis con anterioridad el adjetivo vieja, vieja Irroña, tenéis toda la razón. Sí, coincido, la ciudad está viejísima. En algunos puntos hasta cochambrosa. 4 años más vieja, Asiron, como tú, coqueto. Apúntate el tanto.

Bueno, el caso es que en este deambular, así un poco como esas fotos de Valle Inclán con sus luengas barbas, yo mi gorro de lana de flâneur tirando a clochard, las manos sujetas a la espalda como el gallego, mirándome los botines blancos de piqué que en mi son unas Stan Smith ya para el arrastre, soy expulsado de golpe de mi nirvana por un frenazo, un bocinazo y dos personas que salen de sus coches para gritarse como dos energúmenos en mitad de la calzada.

Ya de vuelta al siglo XXI, digamos que me quedo mirándoles un buen rato flipando en colores. No sé qué ha pasado -no hay golpe- pero sospecho que uno le ha hecho una pirula al otro con un ceda al paso y ambos se han venido arriba, como dos machotes. El espectáculo es bochornoso, hasta que reparo que ambos llevan la chapa del euskera puesta en sus solapas, entonces ya me empieza a parecer también cómico.

Y aquí viene lo bueno, amados lectores, atentos al giro inesperado de los acontecimientos. ¡El treinteañero con pinta de etarrilla se mentaban los muertos más recientes con el cincuentón con pinta de peneuvero... en perfecto castellano! No puede ser, me digo... no puede ser que esto me pase a mí, para que me descojone hasta hacer la croqueta en el suelo, roto de la risa como un jarrón txino, roto, encontrado en el yacimiento de Iruña-Veleia... también roto.

A decir verdad, estas cosas fuera de los papeles que escribo me violentan mucho, así que para intentar destensar el asunto -ya le había metido el de los pendientacos y forro polar marronatarra un pequeño empujón al protoaitona, supongo que este sí en perfecto euskera-, articulo un grito, un ehhhhh neutro, en idioma alguno, y continuo con un chasquido con la lengua, checheché... acompañado de graznidos como de pastor jugándose el paso a la final en el concurso de perro idem de Huarte Araquil: raraaaaaaa, rilaaaaaaa, en nada que pueda ser tomado no ya como lengua, sino como sonido humano alguno.

Cuando capto su atención, me señalo el pecho como si yo también tuviera la misma chapa que llevaban ellos y les suelto, guasón: Pararos, joder, basta ya, y si os vais a matar, en euskera, cabentxotx, mataros pero en euskera, copón. Y entonces se obró el milagro... me sonrio, satisfecho, pensando que ellos también se iban a reír y todos íbamos a reír juntos y aquello iba a ser un festín de las risas. Pues es verdad, que ridículo somos y tal, abracémonos en el idioma que sea. Que viva la concordia. Se obró el milagro, como digo... el milagro, pero al revés. Verán, amados lectores.

Quién cojones me mandará a mí hacer bromas con dos nacionalistas vascos. No aprendo. Los nacionalistas vascos tiene la misma relación con el sentido del humor que el agua y el aceite, se repelen. Un nacionalista vasco jamás acepta coñas y menos con sus reliquias sagradas, pero a veces se me olvida.

Y en un inesperado giro de los acontecimientos, van los dos que estaban a punto de matarse entre ellos y la emprenden contra mí, que a ver de qué hostias digo, que si me estoy riendo de ellos, que si voy a recibir por facha... Les he dado lo que mejor une a los integrantes de una secta, un enemigo común exterior. Mierda.

¿Y ahora qué cojones les digo, y en qué idioma? Hago recuento lo mas rápido posible. Puedo en francés, inglés, español... si me apuras algún berrido en alemán también me sale de tantas pelis de la Segunda Guerra Mundial que he visto. Incluso recogiendo los dedicos por sus yemas, contra el pecho una y otra vez, algo en italiano de El padrino también podría. El caso es que con tanto follón de idiomas, pierdo la iniciativa y el etarroide se olvida del peneuvero y se me viene hacia mí, con esa cara de borono que llevan desde la cuna, cejas muy juntas, al grito de atontau... tú, tú, sí, atontau.

Mierda, con lo bien que iba la tarde, pienso, y me toca lidiar con un listo. Pero entonces tuve un chispazo de genialidad – el intelectual soy yo, la órdiga, que vivo de esto-. Aprieto el puño, muy serio, lo levanto al cielo y grito desde las cavernas: Gora euskalerría askatuta! Y se paró el mundo.

Los miro, por fin, para ver el resultado del conjuro y los encuentro petrificados ante mí como si hubieran visto una aparición -les faltó arrodillarse y ponerse a besar uno, el del peneuve, la cartera con la txartela del banko y el otro, el batasuno, el logo de la prenda deportiva para montañeros que no salen de los barrios de la periferia. Levantan al final de la eternidad el mismo puño izquierdo que yo tenía aún erguido, (tampoco captan la ironía los nacionalistas, porque me hubiera matado ahí mismo, pero eso ya lo tengo aprendido de hace tiempo así que jugaba con ventaja) y me contestan, los dos, a coro, aún con más fuerza, con más desgarro del que yo había empleado, como dos trogloditas: gora!

El mundo vuelve a girar como ellos quieren. Todo queda en orden, su orden. Se calman. Euskalerría no ha sido mancillada. Han ganado. Eso piensan, y yo esta vez no hago nada por sacarles de su error. Se dan media vuelta, se meten en sus coches y se piran... con su chapa a otra parte, sin decir palabra alguna, como avergonzados, pero porque sospecho que euskera no sabían. Lo típico.

Y entonces, por fin, sin entender muy bien nada de todo esto, respiro aliviado por haber sorteado el ataque zombi que se me venía encima y empiezo a descojonarme como Bruce Willis al final de la peli El Último Boy Scout, con bailecito y todo. La madre del cuto... qué cerca hemos estado, casi como aquellos trece días de la crisis de los misiles rusos apuntando a Estados Unidos durante la Guerra Fría, en Cuba, amados lectores. Y eso es todo. 


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