Opinión / A mí no me líe

La justicia no es cosa de masas

Por Javier Ancín 02 mayo, 2018 - 8:20

Como la sociedad es ya solo un partido de fútbol, con sus bandos, bandas y sus bufandas, yo elijo ir con el Liverpool y con los jueces.

Multitudinaria manifestación convocada por el movimiento feminista en contra de la sentencia del caso de violación de 'La Manada' (57). IÑIGO ALZUGARAY
Multitudinaria manifestación convocada por el movimiento feminista en contra de la sentencia del caso de violación de 'La Manada' (57). IÑIGO ALZUGARAY

Es un juez, mientras lo argumente, puede sentenciar en conciencia lo que le venga en gana. Y aunque me dicen juristas de los que me fío que está muy bien argumentado el voto particular, es muy sólido, parece más un tratado de derecho penal y un alegato a favor de una figura clave en nuestro devenir como sistema: la presunción de inocencia, no voy a valorarlo.

Solo pienso en una cosa. Como a partir de ahora tengamos que demostrar la inocencia... estamos perdidos. Eso sí que puede llenar las cárceles de inocentes, tener que demostrar que tú no mataste a quien no mataste, o que tú no robaste lo que no robaste.

Lo que sí que voy a comentar es el espectáculo tan peligroso que se no está representando delante de los morros, y que nos puede salir muy caro como sociedad como se concrete. La libertad nos va en ello. Y eso está por encima de particularidades, por muy dolorosas que estas sean.

Los políticos todo lo calibran en votos. Sacan la mira telescópica y apuntan. Cualquier acto, cualquier suceso, cualquier movida que pase, antes de elegir equipo, ajustan y disparan contra lo que piensan que les va a dar más votos. También quieren todo el poder para ellos. Los partidos políticos, todos, son depredadores de poder, solo se alimentan de él.

Su objetivo no es gobernarnos, su objetivo no es que vivamos mejor o que tengamos mejores infraestructuras. Su único objetivo es alcanzar más y más poder con cada una de sus acciones. La política es una maquinaria que vive para sí misma.

Como vivo al margen de todo desde hace casi dos años -ya no soy protagonista de mi tiempo, solo me considero un espectador de él-, puedo darme el lujo de mirar creo que con más calma que el resto que se siente dentro del torbellino presente.

Lo que estoy contemplando, lejos del follón de creer que se está haciendo historia, es una maniobra que me recuerda bastante a un golpe de estado. Todos los partidos políticos están utilizando a la masa, masa ilusa, para cepillarse el poder judicial. Aniquilar su más que tocada independencia de forma definitiva, para que controlándolo de forma completa, dedicarse al poder, el poder a secas, sin piedras que se les puedan meter ya en los zapatos para correr y acapararlo sin oposición alguna.

Todos los partidos tienen sus vergüenzas judiciales, todos, y por eso todos aspiran a que esa mosca cojonera que de vez en cuando les molesta, desaparezca aplastada por sus manos peludas definitivamente. Les están dando la soga con la que les van a horcar en bandeja con tanta manifa, pero no se dan ni cuenta los que salen, supongo que con su mejor intención, a decir que los jueces no sirven. Los jueces son más importantes que nunca.

Y para ello, por ejemplo, estamos viendo acciones tan vomitivas como la del ministro de justicia, medio navarro él, para liar más el asunto, que no ha tenido mejor cosa, una ignominia tan grande como los chistus de la plaza del coño de Pamplona, que pasar todas las líneas rojas y cuestionar al juez ese que va por libre de forma salvaje.

Pero no lo ha cuestionado por su capacidad profesional, que yo qué sé... sino que se lo ha tirado a la turba para que lo despelleje, insinuando que está loco porque hace diez años tuvo una baja por depresión. Esto que ha hecho el ministro de justicia es tan asqueroso que tendría que dimitir de su cartera y como ser humano, estigmatizando una enfermedad, como si no tuviera ya la peor fama posible esos cientos de miles de pacientes. Esto ya es un disparate tras un disparate pero a nadie parece importarle lo más mínimo. Todo vale en esta guerra contra el sistema que nos va a costar carísima.

Los jueces, aunque pocos lo quieran asumir, empiezan a ser nuestra última frontera frente a la barbarie, frente a esa jungla de los gritos sentimentales, a la razón sinrazón de las mayorías, o minorías, que eso nunca se sabe porque nadie las cuenta, las estima, pero agresivas siempre. Frente a la política eternamente tan miserable, tan mediocre, tan ciega de sed de más poder, nos quedan los jueces. Afortunadamente siempre tendremos la última carga de la caballería ligera en la ley para defendernos hasta de nosotros mismos.

Hasta que caiga, como en 1453 cayó Constantinopla, el imperio romano de oriente, y se jodió el asunto para siempre, dando paso al reino del mito frente al logos y con ello, a una completa oscuridad. Y es es todo.


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