Opinión / A mí no me líe

Hoy es 7 de julio y no sé muy bien que hacer

Por Javier Ancín 07 julio, 2020 - 9:59

No te recrean un tiempo que se fue, no te enseñan los recuerdos, son directamente el pasado, pero no estático, inservible, muerto... son el pasado rebosante de vida, un pasado útil, completamente presente.

La churrería La Mañueta en Pamplona.  PABLO LASAOSA
La churrería La Mañueta en Pamplona. PABLO LASAOSA

Me levanto con las dianas sin Pamplonesa y a la hora del encierro que este año nada encierra, me siento en mi despacho a mirar la luz que no barre como siempre la calle Mercaderes, haciendo brillar los adoquines húmedos, mientras espera a que los toros la aceleren de par de mañana metiéndola en la vorágine del día al sprint.

Tengo mono de encierro, del de verdad, no de esa mierda de arresto domiciliario que hemos padecido este 2020, del que nos hace libres, aunque sea unos segundos, dueños absolutos de nuestra existencia, amos para decidir si salirnos ya del torrente o continuar una milésima más delante de la cara del coro, delante de las astas del destino, para burlarlo, a nuestra manera. Y de churros de la Mañueta. De churros también tengo muchas ganas.

Tengo un terrible antojo esta mañana -se me contrae el estomago del hambre que tendrá que esperar aún otros doce meses para ser saciada-, de entrar de nuevo en la churrería, de calentarme esperando las roscas viendo los fogones y los calderos de aceite humeante donde las fríen.

La churrería de la Mañueta es una de esas raras máquinas del tiempo que aún quedan en el mundo. No te recrean un tiempo que se fue, no te enseñan los recuerdos, son directamente el pasado, pero no estático, inservible, muerto... son el pasado rebosante de vida, un pasado útil, completamente presente. La churrería de la Mañueta no es que nos lleve a 1872, cuando la fundaron, es que la churrería de la Mañueta es 1872.

Esa fragua no es el ayer, es el ahora. El extraño, el desubicado, con tus monedas de hoy, el teléfono en la mano, estés tú, no ellos. Como si el que estuviera fuera del presente en esa atmósfera, como si el superviviente no fueran ellos sino nosotros.

Me gusta la luz del interior, oscura y cálida, porque me recuerda a la que había en un trastero inmenso que tenía mi abuelo donde guardaba sus cachivaches. Abría la puerta, encendía una bombilla sepia y me señalaba a lo lejos, colgada de la pared, sobre la madera apilada para la chimenea, una bici que ya en mi niñez era una reliquia de antes de la guerra.

Cuando crezcas y puedas montarte será tuya, me decía, pero nunca fue mía porque crecí y mi abuelo murió y la bici quizás hasta se deshiciera sola antes de que desmontaran aquella casa.

Me gusta esperar a que salgan los churros mirando hacia el infinito de la trastienda porque siento la mano de mi abuelo agarrando mi mano mientras apagaba el interruptor, cerraba la puerta y con aquellas llaves negras enormes que tampoco ya existen, giraba la cerradura, antes de llevarme de nuevo a la calle. Cegados por el sol, buscábamos el sonido de las gaitas y los tambores, tras las esquinas, para juntarnos con la comparsa de gigantes y cabezudos.

Hoy es 7 de julio y no sé muy bien que hacer, la verdad. Todo es un poco triste. No sé a dónde ir en esta ciudad distópica en la que nos movemos mirándonos los unos a los otros extrañados, con las mascarillas puestas, sin la sonrisa debajo. El instinto nos lleva a lugares que cuando llegamos no existen y a escuchar sonidos que no suenan. El instinto me lleva a buscar la mano de mi abuelo, todo el rato, para que me saque de aquí, para que me lleve a comer churros otro años más. Y eso es todo.


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