Opinión / A mí no me líe

Las 'historias' de Asirón

Por Javier Ancín 16 febrero, 2018 - 9:58

Contarán las crónicas que, corriendo el año del señor de 2018, azotada Pamplona por todos los males del nacionalismo vasco, el alcalde y obispo de esa euskocreencia de bandera inglesa pero con colores horteras, Asirón I de la mala rima, encontró un semicírculo de lienzo de los cimientos de un castillo en la plaza ídem y se puso estupendo.

Interior del aparcamiento de la Plaza del Castillo. IÑIGO ALZUGARAY
Interior del aparcamiento de la Plaza del Castillo. IÑIGO ALZUGARAY

El problema del alcalde es que si alguna vez lo fue ya no es historiador, sino solo un político más del montón, y ha decidido que le venía bien esas piedras para atizarle a Upeene, Pues atícele, mi chico, todo lo que quiera, faltaría más, atícele porque se lo merecen, por haber dejado crecer el monstruo del nacionalismo vasco durante años, pero no lo llame hacer historia, hombre de Dios, llámelo hacer política en todo caso.

La historia le da igual, luego explicó por qué. El caso es que aprovechando esas piedras y que el Pisuergak pasa por Baiadolitz, las usa como arma contundente, es decir, las politiza. El alcalde sabe, como sé yo, que la gente desconoce todo de arqueología, pero que cuando escucha restos y plaza del castillo se vuelven majaras, sin saber muy bien por qué en realidad, y saltan contra Upeene, que es lo que sospecha que le da votos.

En su deriva alocada que lleva, al ver el filón político, ha llegado a afirmar el señor alcalde, que va a facilitar que la gente baje ahí a tocar el lienzo de cimentación, como esos lunáticos que les da por abrazar árboles, esperando alinearse los chacras o yo qué sé para qué. Un despropósito en cualquier caso eso de confundir historia con homeopatía. Los restos no se tocan, los restos se estudian y se difunden.

El problema con la Plaza del Castillo es que nadie ha contado la verdad de aquellas obras y lo vamos arrastrando, creando nuevos mitos, que ya han calado tanto que no nos vamos a librar de ellos ni con mil tesis doctorales que pudieran salir y que no saldrán, también lo adelanto.

¿Sabéis qué pasó en las excavaciones arqueológicas del aparcamiento de la discordia pero que siempre está lleno, de la Plaza del Castillo? Yo estaba por allí cerca, pajareando porque en uno de eso errores vitales tan míos, me dio por estudiar la carrera de Historia en mi mocedad. Hablé mucho con conocidos de la carrera en departamentos de historia y en el gabinete de arqueología que iba sacando el material, así que algo más que lo que oficialmente os han contado conocí.

Básicamente se reduce a que quien tenía que estudiar esos restos, mundo académico que pasa de política y de sus guerras, tenía que poner por escrito, con firma, que la ciudad romana de Pamplona fue mayor que lo que jamás se había sospechado y que esa entelequia que llaman Iruña (a mí lo de Irroña me hace más gracia, ambas denominaciones no tienen fuente histórica que las sustente, así que cada cual elija), seguía sin aparecer por ningún lado.

El caso es que con el clima que había aquí hace 20 años, donde los batasunos todo lo que oliera a romano y fuera contra su relato mitológico les hacia espumar por la boca, ETA entrando en las universidades y matando a profesores en sus despachos como a Tomas y Valiente (su obra sobre los validos españoles sigue siendo excepcional) y que los de Upeene querían que aquello terminara cuanto antes, también son políticos que viven de los votos, los investigadores que tenían que haber estudiado el tema se pusieron de perfil, silbando, por miedo -recuerden los bombazos a la universidad en Pamplona-, y la desidia y el tiempo hizo el resto.

A ningún político le interesó impulsar la reescritura de Pamplona, a unos por unos motivos y a otros por otros, y aquí paz y después lo de siempre, seguir con una historia de la cuidad que es un petardo. Así es esta ciudad. Una pena. Una pena politizada. Siempre.

Lo de que la historia en realidad al alcalde le importa un comino, como he dicho anteriormente, lo demuestran dos cosas. Una es el silencio, porque con ello no le pude atizar a Upeene, de los restos aparecidos en ese hotel que unos empresarios giputxis han abierto en la Plaza Consistorial y que a saber qué y cómo se ha procedido con ellos.  

Y la segunda, la nula difusión entre la ciudadanía, por ejemplo, de la belena de San Cernin, por el mismo tema político, sospecho, de que como no pueden atizar con ello a Upeene y no beneficia a su eusk-relato, pues pasan.

La belena está acondicionada con un buen gusto que sorprende para una ciudad tan tosca como esta. Si no la conocen, yo no me la perdería. Se pueden ver los restos medievales de la muralla, unos arcos apuntados góticos, y el arranque de una de las torres de mi burgo, el de San Cernin, muy chulos.

Y lo mejor, ideal para hacer que los niños sientan curiosidad por la historia y que a mí me crea una emoción de orgullo de burgo que me hace brotar a las lágrimas, ay, una colección de proyectiles de catapulta, que es una maravilla. Proyectiles de cuando los de San Cernin, somos los putos amos, arrasamos a los cansalmas de la Navarrería, porque los de la Navarrería siempre han sido unos cansalmas, a ver si te ibas a pensar que es solo una cuestión actual. Y eso es todo.


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