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Opinión / A mí no me líe

La izquierda no tolera agresiones sexistas, ni rusas

Por Javier Ancín 25 febrero, 2022 - 9:35

Al alcalde aquel que padecimos en Irroña del partido de la eta le dio por solucionar el asunto de las agresiones sexuales con un gesto: forró las entradas de la ciudad con carteles metálicos.

A la izquierda le encantan los gestos. Le chiflan. Ante problemas complejos, incluso simples, gestos. Perdonen, me he caído y tengo esta fractura abierta en el brazo. Y el traumatólogo y la traumatóloga -es hora de que la sanidad Navarra sea la primera red asistencial del mundo que cuente a la vez en un mismo puesto con una mujer y un hombre-, en urgencias, en vez de ponerse a mirar cómo solucionar el chandrío, hincar rodilla en tierra, a ver si se arregla el salchucho sólo. 

-¿Doctores? 

-Déjenos, estamos haciendo un gesto para reducirle la fractura. 

-Doctores, ya siento molestarles en mitad de su gesto, pero duele. 

-Llamemos a las cámaras de televisión y creemos entonces un hashtag, para que se le pase antes. #BracicoRotoLivesMatter. 

Creo que empezó la alcaldesa socialista de París, iluminando el ayuntamiento con los colores de la bandera de Ucrania, y le siguieron todos en en el gesto. Hasta en Bruselas iluminaron los edificios. Qué preciosidad. Un gesto. El gesto. ¿Y para qué? Salvo para intentar ganar algún premio publicitario, el Nobel de la paz entre ellos, y para sentirse mejor persona con respecto a los que no iluminan porque les parece una chorrada, para nada. 

Hace falta ser mala persona para ni tan siquiera hacer el gesto. Seguro que los pobres desgraciados a los que les caen las las bombas de Putin en Kiev lo agradecen. Con las orejas, sí, dando palmas. Yo estoy ahí en un túnel del metro escuchando cómo destruye mi casa el comunista ruso que quiere levantar el imperio soviético de nuevo y no pensaría en otra cosa, claro, en el puto gesto. Oh, qué buenos sois con nosotros y solidarios y ecosostenibles, porque espero que fueran bombillas de bajo consumo con las que iluminasteis vuestros edificios. Gracias, sí, malditos farsantes.

En Pamplona lo sabemos bien, lo de los gestos, digo. 

El alcalde aquel que padecimos en Irroña del partido de la eta, cuando hubo una violación durante los Sanfermines, le dio por solucionar el asunto también con un gesto: forró las entradas de la ciudad con carteles metálicos -quién los habría cobrado, ay- donde se podía leer que Pamplona no tolera agresiones sexistas. Ah, pues muy bien, y plisplás... solucionado el asunto, fachita, ya puedo irme a mis ongietorris tranquilo.

El gesto se expandió por Navarra como la honda ídem de un coche bomba de los amigos del partido del alcalde, a ver quién cojones tiene huevos de que le llamen machirulo/matxirulo insensible por negarse al gesto; y se llenaron los pueblos de cartelacos similares. Ya no había ciudad, aldea o pedanía en Navarra que no se opusiera a las agresiones sexistas con su letreraco plantado en la entrada.

El paroxismo de la ridiculez fue encontrarme el cartel hasta en mitad del monte, que camino de la frontera con Francia de Quinto Real, pasada las ruinas de la histórica fábrica de armas de Eugui, ahí lo tienes también.

Me paré una vez con el coche, frenazo incluido, porque no podía creérmelo. Coño, el gesto, aquí. Bajé del coche admirado, abrumado diría, por semejante manierismo barroco del gesto, miré y, con los brazos en jarras, medio ahogado, mareado, por el estendalazo zurdo, concluí... si no hay nada, nadie, para quién es el puto gesto.

Supongo que para los basajuanes (sic) que bajan por las laderas las frías noches de invierno, pensé, entre terroríficas nieblas y el ulular del viento entre las ramas, para que les quede claro que no pueden tocar el culo a nadie, ni real ni mitológico. El gesto se lo impide, el gesto como conjuro, el gesto como gilipollez. No a la guerra, no al michelín de las cervecitas y pinchitos que tengo aquí anclado en el costado, desde hace años. Hagamos camisetas. Un gesto no hace daño a nadie. ¿Qué talla? Una L. Bueno, hazme también un XL que al almuerzo no renuncio. Pero deja de comer, cabrón. No, prefiero el gesto. No conseguirás que renuncie al gesto, fachita. Y eso es todo.


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