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Hoy podemos saberlo todo pero no sirve de nada

Por Javier Ancín 22 junio, 2022 - 10:19

Justo antes de quedarme dormido ruge un avión nocturno con un sonido extraño que no reconozco. Este no es un avión comercial al uso, pienso, y cojo el móvil de la mesilla intrigado para buscarlo en internet. Necesitamos saberlo todo, todo el rato. 

¿En qué año publicó su Vuelo nocturno Antoine de Saint-Exupéry? En 1930. ¿Y el Principito, es anterior o posterior? Posterior, de 1943. ¿Cuantos años tenía el autor francés cuando su avión Lightning P-38 fue derribado por los nazis? 44 años. 

Todo esto en menos de un minuto. No hace falta ni teclear, las respuestas se adelantan a las preguntas, que cada nombre es un enlace que puede ser clicado. Vivimos un tiempo donde las preguntas cotidianas tienen siempre repuesta y es un agobio. Ya no se quedan en el aire, tranquilamente, ahora pueden ser respondidas y necesitamos al instante la repuesta que no sirve para nada.

En otro mundo, se preguntaba Salinger por boca de Holden Caufield, en El guardián entre el centeno, dónde van los patos de Central Park en invierno cuando el lago se congela... y se quedaba la pregunta flotando, tanto, que se podía crear un universo alrededor de ella en el que aún hoy algunos habitamos, sin respuesta. La pregunta llegó a ser un mito literario de Nueva York. Hoy podríamos consultárselo a Google pero qué más da donde vayan... si lo bonito es que no están y eso nos permite fantasear con su destino. Para qué vamos a despejar la nieblina donde surgen las historias.

Hoy te desvelas, abres el navegador en el móvil, entras en la página de Flightradar24  y lo tienes todo. Es un pequeño jet Cessna con capacidad para cuatro pasajeros y dos pilotos que ha despegado de Pamplona hacia el norte pero sobre la vertical de Sarasate, antes de llegar a Irurzun, ha virado para poner rumbo este, hacia el Mediterráneo. Cuando escribo esta línea exacta el avión ya lleva 20 minutos de vuelo y ha alcanzado su altitud y velocidad de crucero. 28.000 pies que son unos 8.500 metros y 300 nudos, que más o menos en tierra equivaldrían a unos 550km/h. No aparece su destino final, me tocará esperar, intrigado, algunos minutos. ¿Cómo voy a dormir ahora si estoy a punto de descubrir un misterio? No puedo dejarlo. ¿Irá a Barcelona, tomará rumbo a la Costa Azul francesa, se desviará hacia las Islas Baleares?

Todo está en calma en la noche oscura. Desde mi cama puedo mirar por la ventanilla, tumbado, que es como se debiera viajar siempre, hasta que, cuando sobrevuela Lérida, nuestro pequeño aparato comienza el descenso, 30 minutos después del despegue. Parece que su destino es Barcelona. Llega a Calafell y vira para seguir paralelo a la costa. 

Cuando transita la horizontal de Sitges ha descendido a menos de 1000 metros de altura y enfila ya, que no parece que haya mucho tráfico en el Prat, siete aviones cuento yo en zonas de rodadura, ninguno en vuelo en este momento, para aterrizar en cuanto se lo permita la torre de control. 

52 minutos después del despegue toca tierra en la pista 02/20 del aeropuerto barcelonés. Los patos de Central Park van de Pamplona a Barcelona después de recorrer el equivalente en tierra a 352km. Ya puedo dormir tranquilo. Devuelvo el móvil a la mesilla de noche y el mundo desaparece cuando se apaga la pantalla. O no... 

Que otro columnista se desvele con la intriga de quiénes irán dentro y que lo cuente. Yo soy más de aviones a secas, de vuelos sin importancia.

Hay una frase que se le atribuye a Einstein, seguramente de forma errónea, que dice así: “No necesito saberlo todo, tan solo necesito saber donde encontrar aquello que me hace falta, cuando lo necesite”. Ojalá llegar alguna vez a ese grado de conocimiento tan exhaustivo. Buenas noches. Clic. Y eso es todo.


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