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Opinión / A mí no me líe

¿Habrá vida para los veteranos de las guerras Covid?

Por Javier Ancín 23 marzo, 2022 - 10:00

Dos años llevamos con una sociedad suspendida en el tiempo. Dos años tirados por el retrete. Dos años que no han servido para nada que no sea retraernos en nuestras entrañas, interiorizar la mediocridad y matarnos un poco más en vida.

Un Policía Foral con mascarilla. ARCHIVO

Miremos la noche. Hemos atravesado miles pero hay una vez que nos quedamos dentro, para siempre, saliendo distintos de una de ellas. Mil veces te tiraste por el tobogán del parque y la mil uno te hiciste una herida con la chapa roñosa que habías sorteado hasta entonces. Todo estalla dentro, como esa antitetánica que te ponen para evitar que la totalidad de tu carne se crispe por fuera, convulsionando, hasta que el espinazo se parta.  Ya no volverás a ser el mismo. La cicatriz permanecerá. 

Observemos la noche, despacio, desde la ventana, y todo lo que está inmóvil. De ciertos lugares antipáticos, terribles porque no ocurre en realidad nada que no haya ocurrido mil veces antes, aunque para ti sea la primera, solo se vuelve siendo peor persona. ¿Qué vas a contarle al mundo que no sepa, que si te caes de bruces te arañas las rodillas, te pinchas con las piedras las manos, te fracturas las muñecas? Lo terrible no es tanto sentir el dolor como empezar a ser consciente de que nada vas a poder hacer con él. Nada bello, nada eterno, nada trascendente. A nadie le importa que te hayan dejado o que no te hayan concedido una prórroga o que el médico te diga que solo te quedan tres meses. 

Hay fondos que se tocan con los pies para coger impulso y otros con las yemas de los dedos, empeñado en seguir buceando para descender hacia lo que ya es imposible alcanzar porque ya lo has conseguido: por fin estás muerto... aunque vivas. Enhorabuena. Venías anhelándolo hace tiempo. Ya lo tienes. Disfruta del vacío interior que te deja el bicarbonato cuando expulsas las esferas de ácido, las pompas más que de jabón, fúnebres, que te ardían en el estomago sin dejarte dormir un poco y así olvidar que ya has desaparecido, aunque solo tú seas consciente.

Churchill ganó una guerra y perdió las elecciones siguientes. Hay personas que se quedan atrapadas en un tiempo y ya no pueden hacer nada porque siempre estarán encadenados a él. Quizás esto nos pase a nosotros también. Hemos perdido el tren y nos quedamos en el andén del Covid esperando nadie sabe el qué.

Es frustrante no poder hacer nada con la frustración y comértela en silencio, sin épica. Te gustaría cuando eres joven hacer algo grande con todo esto, que sirviera para algo el sufrimiento, arte... pero no sirve de nada esta pandemia que ya se va, por aburrimiento. No somos genios. No estamos hechos para ello y cuando lo asumes dejas de intentar hacer algo bello con tanta mierda, que tenga algún sentido... y te retiras a tu gruta convencido ya de que es imposible algo que no sea tragártelo y aparcarlo en tu sentina, que se vaya pudriendo de forma miserable en silencio en tu interior, envenenándote.

Dos años llevamos con una sociedad suspendida en el tiempo. Dos años tirados por el retrete. Dos años que no han servido para nada que no sea retraernos en nuestras entrañas, interiorizar la mediocridad y matarnos un poco más en vida. Los viejos estamos de vuelta de todo. Nosotros solo esperamos que por el callejón entre en la plaza el encierro con sus toros y cabestros, apoyado el mentón en la barrera, sin más emoción que la de rememorar aquello que alguna vez fue. ¿Pero y los jóvenes? Hay  lugares de los que no se vuelve nunca y ellos los han conocido demasiado pronto. Que lo hagamos los viejales, pues mira, yo qué sé, pero no es sano rumiar la vida cuando todavía no has empezado a meterle mano. 

De esta pandemia no hemos salido mejores. Muchos, en realidad, ni han salido ni saldrán ya nunca. Se les quedará para siempre la mirada de las mil yardas dentro. Y eso es todo. 


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