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Opinión / A mí no me líe

No ha parado de llover en tres semanas

Por Javier Ancín 08 diciembre, 2021 - 9:58

En Pamplona llueve incluso cuando no llueve, con tanto árbol, que vivimos más que en una ciudad en un bosque que dos veces nos moja su hoja.

Lluvia en Pamplona. MIGUEL OSÉS
Un hombre pasea por el Casco Viejo de Pamplona en un día lluvioso. MIGUEL OSÉS

Llueve en Pamplona. Constantemente. Llueve más que de nuevo, de antiguo... otra vez. Llueve como si sirviera de algo llenar un cubo más allá del borde.

Estamos llenando gratis el Ebro para esos lazis catalanes que enseñan a los niños en el colegio que ese río es suyo y empieza por arte de magia en su línea provincial. Como si no viniera de ningún lado, como si algunos no sufriremos una tortura húmeda y desagradable para que disfruten de su caudal. Deberíamos cobrarles por el trabajo inhumano que es recibir sobre nuestras cabezas el agua durante semanas con la que ellos luego riegan para sacar negocio. La pobreza climática que sufrimos algunas comunidades debería ser compensada económicamente por las provincias que se benefician de ella.

22 días seguidos lloviendo comentaba ayer alguien en el ascensor. Y los que aún nos quedan. Es horrible. Tres semanas bajo una ducha que será un mes, en la que vemos caer agua de todas las formas que nos enseñó Forrest Gump que puede llover en el Vietnam. "Un día empezó a llover, y ya no paró durante 4 meses. Tuvimos todas las clases de lluvia: una lluvia finita que pinchaba, una gorda y espesa, una lluvia que caía de lado y, hasta a veces, una lluvia que subía desde abajo. Hasta llovía de noche".

En Pamplona podríamos hasta mejorarlo, que llueve incluso cuando no llueve, con tanto árbol, que vivimos más que en una ciudad en un bosque que dos veces nos moja su hoja. Ya empieza a llover hasta por dentro de cada uno de nosotros, dejándonos el alma triste y mohosa. Aún más triste y mohosa, especialmente gruñona. Irrroña aún más oxidada, de alma agujereada como un queso gruyere, como una boca peligrosa de metal que muerde. Siempre todo es susceptible de empeorar. Seguro que nos contagia la ciudad el tétanos o la rabia. Siempre un viejo se hace más viejo. Siempre un olor desagradable puede apestar aún más. Y contra eso no hay pasaporte que enseñar en los restaurantes de más de 60 comensales.

"La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado", escribió Borges. Puede ser. Llover te roba el presente, ves caer directamente tu ayer. Debería de llover con horario de funcionario, de tres a seis de la mañana, y punto, para no quedarnos sin futuro. En cualquier caso, esta forma de llover, sin horizonte donde escampe, sin esperanza, es una puta mierda.

Hay una teoría que se está abriendo camino entre un grupo de climatólogos francófonos canadienses, liderados por el doctor Valenciene, silenciados por el mester de progresía habitual, que afirma que el cambio climático es real, sí, pero que en vez de hacia una desertización del planeta, a donde nos está conduciendo es de lleno a una glaciación.

¿Y si nos estamos equivocando con tanta bici y tanta monserga verde y somos los que aún usamos el coche, los que quemamos gas para calentar nuestras casas, los denostados héroes anónimos que aún amamos los combustible fósiles, los que en completa soledad gubernamental e ideológica, estamos sosteniendo a la humanidad, evitando que caiga en un congelador para los restos? Piénsalo.

Aún nos tendréis que dar las gracias, putos jipis, pero ya será tarde, ya será ayer para siempre. El eternamente ayer que es la muerte. Y eso es todo.


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No ha parado de llover en tres semanas