Opinión / A mí no me líe

Han vuelto a matar a Gregorio Ordóñez

Por Javier Ancín 24 enero, 2020 - 8:23

A Gregorio Ordóñez el nacionalismo vasco lo asesinó no solo por ser del PP, que también, sino porque era un líder que trascendía a su partido, incluso a su ciudad. Lo mató porque era libre y por querer que sus vecinos fueran igual de libres, es decir, era peligroso para el régimen.

Ana Iríbar, viuda del expresidente del PP de Gipuzkoa, ha presentado este jueves la exposición "Gregorio Ordóñez. La vida posible", con la que se conmemoran los 25 años de su asesinato a manos de ETA. EFE/Javier Etxezarreta
Ana Iríbar, viuda del expresidente del PP de Gipuzkoa, ha presentado este jueves la exposición "Gregorio Ordóñez. La vida posible", con la que se conmemoran los 25 años de su asesinato a manos de ETA. EFE/Javier Etxezarreta

Como soy medio donostiarra, vivo en San Sebastián todo lo que puedo, paso muchas veces por su calle. A veces suelo ir a correr por ahí. Conecta Amara con Riberas de Loyola, barrio al que entras pasando por delante de la Iglesia de Iesu, otro cubo de Moneo más que por dentro es una maravilla de luz y atmósfera casi física, de las que puedes meterle una caricia al aire con los dedos.

Propiamente no es ni una calle, es un ramal. No está desangelada porque asciende y al final de todo, si miras, se intuye el mar, pero sí que está como él, sola en mitad de la nada. Más que tristeza, la calle Gregorio Ordóñez transmite melancolía. Lo que pudo haber sido este hombre... y no se lo permitieron porque lo mataron cuando solo tenía 36 años.

A Gregorio Ordóñez el nacionalismo vasco lo asesinó no solo por ser del PP, que también, sino porque era un líder que trascendía a su partido, incluso a su ciudad. Lo mató porque era libre y por querer que sus vecinos fueran igual de libres, es decir, era peligroso para el régimen.

61 años tendría hoy, podría estar perfectamente en activo. ¿Qué habría sido de esa Euskadi nacionalista homogénea, hegemónica, de hoy si llega a ser alcalde de San Sebastián ayer, como así tenía pinta de que iba a ocurrir, -el PP llegó a ser el partido más votado en las siguientes elecciones tras su asesinato- metiendo una cuña en ese mundo monolítico? ¿Habría llegado a lendakari? Nunca lo sabremos.

Lo que sí conocemos es cómo se aceleraron los acontecimientos... y sus consecuencias nos llegan hasta la orilla presente.

Amenazas de muerte dejadas a diario en el contestador: vete de Euskadi, cabrón, tu familia corre peligro de muerte como sigas haciendo declaraciones; Egibar llamándole fascista sin rehabilitar y que de dónde venía y que a dónde iba, poniéndolo en el disparadero cada día...

En ese ambiente hostil, la Mesa Nacional de HBildu aprueba la ponencia "Oldartzen", la de la "socialización del dolor", la de vamos a matar a políticos, periodistas, lo que sea, no sólo a policías y militares, que fue la que llevó al asesinato de Gregorio Ordóñez o Miguel Ángel Blanco. En Navarra son asesinados Tomas Caballero en Pamplona o José Javier Múgica en Leiza gracias a la misma estrategia de aterrorizar y liquidar a todos los enemigos del nacionalismo vasco.

En aquel grupo dirigente que dio el visto bueno a que se ascendiera un escalón más en la crueldad de los asesinatos estaba Adolfo Araiz.

Pues bien, HBildu, consciente de la importancia de los gestos, de los símbolos, manda a la reunión donde se pacta los presupuestos de Navarra del 2020 con la socialista Txibite precisamente a Araiz, para exponer con una foto su victoria: que se entere todo el mundo, claro que somos eta y estamos orgullosos de nuestro pasado, por eso lo mostramos, lo exhibimos y nunca lo repudiamos, por eso enviamos a que salga en todas las fotos, que de su firma en los documentos a quien también rubricó aquella macabra ponencia Oldartzen que se llevó por delante la vida de Gregorio Ordóñez. Con ese pasado asesino es con el que está pactando Txibite y por lo tanto, ante ese pasado se arrodilla el Psoe de Sánchez para construir el futuro más macabro que podamos imaginar.

Quizás no sirva de nada pero como decía Orwell, “nos hemos hundido hasta una profundidad en la que la repetición de lo obvio es el primer deber de los hombres decentes”.

Y aquí estamos, volviendo a contar lo obvio las veces que haga falta. Y eso es todo.


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