Opinión / A mí no me líe

La gran belleza

Por Javier Ancín 20 enero, 2017 - 7:25

Me despierto entre sudores, mirando al techo. Febril. Desanimado, cansado, hecho un asco. Me despierto más que febril, con mucha fiebre en realidad.

Sigo con los ojos contra el techo todo el rato que puedo hasta que no lo soporto más y apartó la mirada. Sigue blanco, imperturbable. Me deslumbra la nada. Es insoportable la nada. A Gambardella se le ilumina y se le llena de mar, cuando está tumbado en la cama, fumando, recordando la gran belleza con la que un día cruzó su mirada, mientras una lancha motora, que casi lo parte en dos porque no le atropella de milagro, cruza la escena a toda velocidad.

Lo mío es una gripe, sospecho, porque toso y no puedo moverme. Supongo que no quiere matarme, solo dejarme hecho un trapo húmedo en un rincón, por eso en el techo solo veo el gotelé blanco. El cielo y el mar se me confunden en la imaginación. Ojalá poder verlo a diario, azul, todo azul. Adoro el azul, adoro Roma.

Roma de paseos por el Tíber. El azul de la Fontana dell'Acqua Paola, al lado de Iglesia de San Pietro in Montorio, o de la fuente de Los Cuatro Ríos de Bernini, en la plaza Navona. El azul del mar Mediterráneo en Italia. Entero. El azul de todo el agua que recorre la ciudad, su sonido, metáfora de la laguna Estigia. La laguna Estigia también será azul cuando no la veas de noche y sonará igual. El agua nos conduce al otro lado siempre con el mismo color... azul. Es bello morir con ese tono, con calma. Mi amiga Carmen dice que la ausencia es de color azul, y tiene toda la razón.

Gambardella era un escritor que no escribía y yo soy un vividor que no vive. Otro tosido, los bronquios rotos, la mirada acuosa, el dolor de pulsar las letras en un teclado táctil. Mis dedos resquebrajándose sin nada que decir. Vuelvo a mirar el techo pero sigue sin aparecer nada. Cierro el iPad y sufro. Vuelvo a abrir al rato para poner la banda sonora de la película sin dejar de sufrir. Busco escenas de la película en YouTube y me sumerjo en un estado de serenidad indescriptible. Rendido. No sé ni dónde está ya mi habitación. Tras la ventana, sobre los tejados, el cielo azul congelado de un día sepultado por una ola siberiana. Es a lo máximo que llego, a vislumbrar Siberia.

Hace sol pero en mis hombros los escalofríos no cesan. Las piezas corales me inundan los oídos y pienso en no pensar. La banda sonora es perfecta. Pensar pesa. Todo hoy es una carga y nada recarga mi ánimo quejumbroso. Bajo este edredón verde voy licuándome con un azul que se vuelve al mezclarlo en amarillo enfermo. Al final encuentro la versión íntegra en internet y me veo la película completa. Soy así. Un exceso tras otro. Es una película magistral. Esta película es una obra de arte. Cada vez que la veo me parece mejor, más perfecta de lo perfecta que siempre ha sido.

Es horrible la gripe, el sentirse enfermo, apeado del camino. Quieto en la cuneta, cubierto de polvo que la existencia que circula a una velocidad endiablada levanta a tu lado. Si hubiera un charco me llenaría de barro al pasar, pero hoy no llueve. Hoy el charco, sólido y en un rato sublimado, soy yo. Se me mete en los pulmones como si fuera polvo de talco o harina. Hoy solo retumban en mis oídos todos los silencios mientras suena en la habitación viciada de aire estancado, mi aire estancado que hago circular como única gran creación, El Cordero, que es una obra del compositor británico John Taverner y que pone música al poema de William Blake que lleva el mismo nombre.

Odio el silencio. Quizás por eso me gustan las películas donde no me dejan solo y una voz en off me va contando la historia, de la mano. Las voces de esta pieza coral me reconfortan, me acompañan en el tránsito hacia sabe Dios dónde. El más allá, supongo, pero yo como Gambardella tampoco me ocupo del más allá. Ojalá allí se puede escribir novelas para que nos escriba una, otra, por fin. Ojalá deshelar Siberia.

El termómetro marca 39'5°C. Algo más de 39'5°C. Me hierve la frente. La mano la tengo fría y el estómago vacío. El cerebro lo tengo poroso. La semana que viene me meto con el gobierno. Hoy solo puedo meterme ibuprofenos con zumo de naranja. Las naranjas en el Padrino, recuerdo, el mar de Sorrentino y el verde en Lorca son metáforas de la muerte. El faro que se divisa desde el barco es el anhelo, el lugar perfecto en el que retirarse a escribir sobre La gran belleza, el lugar perfecto donde vivir eternamente toda la muerte azul, que se ve desde más allá de la costa, cuando la navegas. Gambardella fuma sentado en una escalerilla de proa. Hace un día radiante para comenzar por fin esa novela en esa escena. Es la mejor película que recuerdo y verla de nuevo, por primera vez en este estado tan delirante, es lo mejor que me ha pasado desde hace mucho tiempo.

"Todos estamos al borde de la desesperación y no tenemos más remedio que mirarnos a la cara, hacernos compañía y tomarnos un poco el pelo". Jep Gambardella. Y eso es todo.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
La gran belleza