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Opinión / A mí no me líe

A fiestas de Tudela hemos de ir

Por Javier Ancín 22 julio, 2022 - 10:52

 Yo ya no tengo edad para pasar la noche en vela, pero como buen señoro que ya soy, para echar el vermut sí que tengo aún el cuerpo jotero.

Ambiente por las calles de Tudela tras del Chupinazo. ARCHIVO

Nunca he sido mucho de fiestas patronales. Una vez estuve en el Pilar, porque tocaban Los Planetas, y si hicimos noche en Zaragoza fue porque la abuela de un colega de la uni nos cedió amablemente un piso en la calle Alfonso I para que durmiéramos la mona. Si no tuviera mi cama, mi ducha y mi plato de lentejas de mamá listo al despertar, no se me hubiera pasado por la cabeza venir a los Sanfermines en la vida. Eso de amanecer a medio día en un coche veraniego, recalentado y con resaca tiene que ser lo más parecido a hacerlo directamente en el infierno. 

No me ha llamado Dios por el camino del sacrificio, del sufrimiento ni de la incomodidad. Quizás por eso nunca he estado de joven en eso que tan genéricamente se denomina como Navarra en fiestas. Cerrada Pamplona tras San Fermín, cuando el personal se iba de juerga como los antiguos feriantes, de pueblo en pueblo, con su carromato y sus cachivaches, allí donde surcaba un cohete en el cielo, yo me iba a la playa o a la piscina Amaya, que tampoco era mal plan.

No me ha llamado Dios por ese camino, digo, hasta este año, que tras la pandemia, los cimientos personales, las certezas con las que nos hemos ido manejando por la vida, se me han visto tambaleadas. 

En uno de eso días absurdos del arresto domiciliario que sufrimos, cuando no podíamos bajar ni al banco del parque porque podían multarte, me dio por mirar un mapa, imaginando rutas exóticas, destinos idílicos en los que recalar cuando todo esto hubiera terminado. Iba saltando de continente en continente, creando senderos con el dedo, por los que dar la vuelta al mundo de mil formas diferentes.

Y me di cuenta en ese periplo fantasioso que emprendí para sentirme algo más libre, que hay ciudades del mundo, yo que sé, Londres, Berlín, París que conozco mejor que Tudela. He dormido más veces en Nueva York que en la capital ribera, donde solo lo hice una vez y porque me invitaron a una boda, es decir, más por inercia de los acontecimientos que por iniciativa propia. 

En Navarra, por lo que sea, hay un muro de silencio entre sus dos principales ciudades. Un muro invisible que hace que las dos capitales no se den la mano, se den la espalda. El ‘por lo que sea’ vosotros lo sabéis tan bien como yo, que si no se mira no ya más, que no se mira nada, sino simplemente algo, aunque sea de reojo, de Pamplona para abajo es porque se rompe la uniformidad de la Navarra del relato aberchándal.

Y por nuestra propia desidia, claro, que lo dejamos crecer delante de nuestras narices, haciendo extraños a nuestros propios compatriotas, sin hacer nada. Si el mal triunfa casi siempre es es porque el bien se va de vacaciones. Es hora de sacar el mazo como aquellos berlineses en el 89 y reencontrarnos.

100.000 navarros viven en la Ribera y parece que no existen. 40.000 habitantes tiene Tudela, una señora ciudad, de la que desconocemos prácticamente todo. Creo que ya ha llegado la hora de ponerle remedio. Yo ya no tengo edad para pasar la noche en vela, pero como buen señoro que ya soy, para echar el vermut sí que tengo aún el cuerpo jotero.

El domingo empiezan las fiestas de Santa Ana... ¿a que no hay huevos de ir a pasar alguna mañana con su tarde a Tudela? ¿Que no? Venga, arranca el coche, que en una hora estamos. Y eso es todo.


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