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Opinión / A mí no me líe

Ferragosto en Pamplona

Por Javier Ancín 15 agosto, 2022 - 14:06

Nunca he sabido muy bien qué pintaba un consulado de Italia en Pamplona, pero para una ciudad que básicamente es fundada y desarrollada por italianos, no está de más que exista.

Me alegré de ver de nuevo izada la bandera italiana, cuando entraba al aparcamiento del Rincón de la Aduana. Pensé que se la había llevado por delante la riada del tiempo y que tras la restauración del edificio, había desaparecido para siempre. Pero al menos este finde, ondeaba tan alegre, dolce far niente, contra la noche de verano. Si aguzabas el oído, casi podía oírse hasta el saltarín y pizpireto himno que tienen.

Nunca he sabido muy bien qué pintaba un consulado de Italia en Pamplona, pero para una ciudad que básicamente es fundada y desarrollada por italianos -sus descendientes directos, vamos, Pompeyo, que nos da nombre, con sus miles de legionarios camino de darse de leches con Sertorio- no está de más que exista, para que no se olvide de donde venimos. 

Me entretuve un rato mirando el palacete de la calle Taconera, siempre tan italiano, tan romano, tan perfecto en su decadencia anterior con sus desconchados y sus ennegrecidos sillares, como en sus renovados muros, briosos, molduras blanqueadas de sus balcones, aleros de madera recién barnizados... y me descojoné un poco recordando una leyenda que se contaba a propósito de ese lugar en mis años escolares.

Dicen que un chaval de mi cole, después de cosechar un carro de pencos y temeroso del follón que le iban a montar en casa por tan desastrosas notas, se plantó en aquel consulado y con sus santos cojones, soltó a quien le abrió la puerta un rotundo 'hola, vengo a pedir asilo político'. 

No sé más. Seguramente sea una anécdota apócrifa pero se non è vero, è ben trovato, como todas las buenas historias que consiguen llegar al presente.

Hay mucho de italiano en Pamplona, pero como todo hay que saber mirarlo. Por ejemplo esa vista tan napolitana de los tejados de la calle Mañueta desde la plaza de los Burgos o ese edificio primero tras la catedral, ya en la calle Dormitaleria, con su estucado de la fachada mordido y sus frescos florentinos diluidos pero aún presentes. 

Si escudriñas bien, incluso puedes tomarte algo entre restos arqueológicos de hace casi dos mil años. En un local de la calle Compañía, en su sótano, además de mesas para pimplarte un buen un café, también tienes el arco de entrada a las termas romanas. Eso sí que es un ristretto a la italiana. 

Y eso lo que se ve, que lo que no se ve, también es fruto de la herencia latina. Pamplona aún conserva el trazado original de aquel asentamiento llamado Pompaelo, que la propia calle Dormitaleria y la calle Curia, no son sino el decumano y el cardo que hay en el origen de toda ciudad romana. 

Espacial y también temporal, lo italiano, digo, que hoy es Ferragosto, esa fiesta italiana por antonomasia, y Pamplona un 15 de agosto está tan desierta como la Roma de Il Sorpasso. Así que, cojamos el coche y como si fuéramos Vittorio Gassman, huyamos de aquí a vivir aventuras. Ya volveremos en invierno... o no. Y eso es todo.


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Ferragosto en Pamplona