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Opinión / A mí no me líe

El fanatismo aberchandal en San Fermín

Por Javier Ancín 07 julio, 2022 - 16:16

De nuevo ha habido bronca. Su bronca, que nunca es de ida y vuelta. Siempre es igual, unos destrozan y otros somos los eternos destrozados.

El fanatismo aberchandal en San Fermín, por Javier Ancín
El fanatismo aberchandal en San Fermín, por Javier Ancín

Tuve un conocido que murió hace unos años en Amiens. Muy joven. Enfermó allí y no quiso regresar a Pamplona, pese a que era de aquí y se sentía muy de aquí y quería mucho a su ciudad. Nunca se lo pregunté porque no teníamos tanta confianza, pero siempre sospeché que una vez que le informaron de que no había nada que hacer, quiso morir en el mismo lugar donde la tradición dice que murió San Fermín.

Todas las muertes tienen mucho de soledad y de búsqueda de la trascendencia y él encontró fortaleza compartiendo su sacrificio con el santo de Pamplona. Los dos eran de la misma edad, unos 35 años. Los dos llegaron a Amiens para formar un familia. San Fermín lo acompañó en ese tránsito traumático, echándole un capotico para abrigarle el alma y yo se lo agradezco yendo a visitarlo a su capilla de vez en cuando.

Me acuerdo de ellos cada 7 de julio, cuando la ciudad se viste de domingo, se perfuma, las calles están impecables, los abuelos, las abuelas y sus nietos y sus nietas esperan felices, y de punta en blanco, a que San Fermín salga por la puerta de la Iglesia de San Lorenzo.

La procesión es imponente, no por grandiosa, que el paso es pequeño, sino porque es capaz de crear una atmósfera íntima, familiar, cada uno con sus pensamientos, sus recogimientos individuales, en mitad de una ciudad dada al jolgorio. San Fermín recorriendo las calles es de una elegancia tan indescriptible que ordena con su sola presencia el caos que es Pamplona durante su día grande. Cada momentico es eterno y cada uno tendrá el suyo. Yo me quedo con los colores y los ropajes de los gigantes girando y girando, como los derviches de Battiato, en el atrio de la catedral.  

Yo no soy creyente pero me gusta estar en los lugares donde sé que estarían esas personas queridas que ya no están, para rendirles homenaje, para recordarles, para, ojalá esté yo equivocado, mi presencia les reconforte de alguna manera en el más allá. Yo estoy aquí para agradecer al santo que una vez acompañó uno a uno de la mano a todos nuestro seres amados cuando vinieron mal dadas. En Pamplona cada familia tiene sus episodios, muchas de ellos con final feliz, que los milagros haberlos, 'haylos'. Por eso mientras pueda cada 7 de julio regresaré a ver a ese santo con capote por estas calles.

Leo que de nuevo ha habido bronca. Su bronca, que nunca es de ida y vuelta. Siempre es igual, unos destrozan y otros somos los eternos destrozados.

Cuando los aberchándales revientan, insultan, agreden esta procesión de San Fermín, en realidad lo que están haciendo es joder decenas de historias como la que yo os he contado. Si no te gusta, no vayas, si respetaras, callarías.

Cuando se ataca esta tradición, en realidad, lo que se destroza es la memoria de lo que un día fueron para que hoy la ciudad siga siendo. Desgarrando este cordón umbilical con el pasado, con lo que se acaba es con la ciudad entera, demostrando un absoluto despreció por ella.

El fanatismo aberchándal es así, una escombrera sin ningún respeto ni por la historia, la memoria, la tradición y el ser humano. El fanatismo solo es un ciclón de violencia que quiere imponer una fantasmagórica visión del mundo, su mundo, donde todo está supeditado a su sagrada ideología. En su mundo no cabe ningún vivo, ninguna historia, ni la memoria de los que nos precedieron. En su mundo solo existe la nada. Y eso es todo.


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