Opinión / A mí no me líe

Un alicate es más útil que el euskera

Por Javier Ancín 21 noviembre, 2017 - 20:31

Agitemos un rato la ciudad en la que nací, que hace días que no lo hago y tengo mono. A veces vuelvo y la paseo y me espanto y no puedo evitar escribirlo luego, para sacudirme el frío que me produce.

Itziar Gómez (Geroa Bai-PNV) y el alcalde Joseba Asirón (Bildu) corren con la ikurriña durante la Korrika en Pamplona.
Itziar Gómez (Geroa Bai-PNV) y el alcalde Joseba Asirón (Bildu) corren con la ikurriña durante la Korrika en Pamplona.

Pasear y mirar, por las calles de Pamplona, como un jubilado, y terminar luego en los textos cuando me voy. Pasear y escuchar en las esquinas y en los callejones que se forman entre los párrafos y no dejar de asombrarse nunca para contarlo una y otra vez, a ver si espabila. Pero ni por esas. Para que las cosas mejoraran en Pamplona primero habría que tomar conciencia de que existe un problema. A ver si alguien se da por aludido alguna vez y reacciona.

Esta ciudad, así en general, excepciones sigue habiendo, es una ciudad de pinchos recalentados y caros. Quizás bastaría con quitar los microondas de los bares para empezar la reconstrucción por alguna parte concreta. No lo sé. Al menos se le quitaría a mucha gente esa sensación de que te están timando cuando te cobran por un par de cosas abrasadas y blandengues -un chicle de textura rancia- más un dedal de mosto y un vermú la cantidad de 10 euros. Un astillazo de colorines. En barra.

Algo así me dijo hace poco, como si yo tuviera la culpa por nacer aquí, un viajero cuando se enteró de que yo era de Pamplona. Tendría que estar prohibido vender comida caliente que no saliera directamente de los fogones de las cocinas, pensé. Eso, o que te la cobren a precio de comida basura, que ahí ya me callaría. Con algo así podríamos empezar a desentumecer a esta reumática Pamplona que se nos/os muere sin remedio.

Podían empezar a prestigiar por ahí, por el estomago de todos y no sólo de unos pocos, como leo que quieren hacer con el euskera de marras, prestigiarlo dicen, que es, digamos, como intentar prestigiar una llave inglesa o un serrucho de carpintero. Un idioma es una herramienta, solo es una herramienta, únicamente es una herramienta y subvencionarlo a cascoporro es como meter pasta a raudales en una fábrica de tenazas o de martillos haciéndonos creer que eso es invertir en muebles o televisiones o coches.

Un destornillador no es un ingeniero en telecomunicaciones y un idioma no es cultura. Para muchos el euskera solo es una forma de ganarse la vida con el dinero de todos. Enhorabuena a los premiados. Contra eso no se puede argumentar nada, sólo decir que es una pena el agravio con los fabricantes de alicates, que también les gustaría que con el dinero de todos pudieran vivir igual de bien llenando la sociedad de prestigiosos utensilios.

Un alicate me parece más útil para el día a día que despilfarrar pasta en fomentar artificialmente un idioma concreto euskera, español, lapón o inglés, me da igual, solo con la monserga de que es nuestro. También son nuestras las tunas y no veo que nadie haga nada ante su inexorable (loados sean los cielos) declive.

Yo he pedido cañas en Pamplona en inglés y hablado en español con un madero yankee de fronteras en el aeropuerto de Nueva York. No pasa nada. El caso es comunicarse, como sea, y no dar la matraca con una lengua en concreto, que las matracas consiguen lo que ya se está viendo en Pamplona, que la gente vea el euskera como un artefacto agresivo contra una gran parte de la población.

La tirria sorda que se le está cogiendo al euskera es de las que hacen época, cosa que a mí me la sopla porque yo soy partidario del esperanto y no tengo idioma propio, mío. Ellos sabrán. Los que viven del idioma, digo, porque es suyo, como una gallina de huevos de oro particular suya, de ellos.

En Pamplona se vive de forma desquiciada. Quizás sea nuestro hecho diferencial. El único. Como la ciudad es un aburrimiento, un barrio de Berichitos es lo que es, necesita sacarse de sus casillas cíclicamente para creer que aún está viva. Este punto me lo confirmaba el otro día un colega que me escribió para decirme que, andando por una zona peatonal con los auriculares puestos y la bici en la mano, sin ir montado en ella, un munipa se puso a correr hacia él, haciendo aspavientos, para recriminarle que con la bici no podía ir escuchando música y que la próxima vez lo multaría.

Jodida ciudad de locos en la que se vive tan bien como en un manicomio. Otro día seguimos. Y eso es todo.


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