Opinión / A mí no me líe

Estoy a favor de los homenajes a etarras

Por Javier Ancín 17 agosto, 2018 - 9:20

Desayunaba hace unos días como solo se desayuna en verano, de vacaciones, mirando al mar desde la terraza de un ático francés con la mesa llena de mermeladas y bollería de pâtisserie, con la brisa tibia barriéndome las legañas, cuando me volví a topar con su retrato leyendo el periódico, oscureciéndolo todo durante un par de segundos.

Santi Potros sale de prisión. EL ESPAÑOL
Santi Potros sale de prisión. EL ESPAÑOL

Santi Potros, asesino nacionalismo vasco, saliendo de la cárcel, después de cumplir 31 años de condena por casi medio centenar de asesinatos, hecho un puto pintas.

Míralo, me dije, un abuelo de más de 70 años con zapatillas de andar deprisa por prescripción médica, calceto blanco bien subidico por la garrilla de pellejo, camiseta sin mangas que dejan ver los brazos de un viejo y gorra beisbolera Adidas, que podría ser cualquier anodino jubilado anglosajón de los que te encuentras cuando sales a corre por el paseo de la playa al caer la tarde, antes de que se ilumine el faro.

Haber dedicado tu vida a cargar en la mochila biliar, esa que todos estos criminales nacionalistas vascos tienen rebosante de mierda, cuarenta y pico muertes, para terminar siendo como cualquier hortera yankee que viene al sur de Francia a ponerse rojo de sol y de cerveza tiene que pesarte a la fuerza.

Te tienen que comer los remordimientos, o al menos, tienes que tener la conciencia absoluta de que has tirado tu vida por el desagüe, de que has sido un puto gilipollas. La euscalerría por la que asesinaste no existe, y tú, en realidad, ya tampoco. Con tus años es imposible empezar de nuevo y solo puedes prepararte para morir, si acaso, en Benidorm, evocando la juventud, la madurez malgastada escuchando la trikitixa de María Jesús con sus Pajaritos.

Pensé, lo ve con esas pintas Otegui, el que dijo en La pelota vasca, aquel publirreportaje que les hizo a todos estos miserables Julio Medem hace 20 años, que un mundo donde todos vistiéramos como horteras yankees no merecería ser vivido y lo mata. Pero luego pensé que no, que perro no come perro y que perro lleva también unas camisetas impropias para su edad, marcando carne flácida, de dar terror.

Pero la fiesta de freaks, no acaba aquí, la parada de los monstruos continúa porque cuando llegan a sus destinos deprimentes los viejos etarras acabados, esos barrios siempre como tristes de ladrillo triste, como de extrarradio de ciudad dormitorio de una ciudad que tampoco es gran cosa, los reciben como héroes. Es un decir lo de héroes y lo de recibir.

Una panda de frikis esperan al abuelo a pie de coche. Lo saludan como desganados con sus banderas deshilachadas. Le enseñan un poco los pelos de los pies que se les cuelan por las sandalias que calzan –me recibe a mí un tío con sandalias y le doy dos hostias-, la sobaquera pelona si deciden encender bengalas con el brazo en alto.

Le dan a besar los cuatro críos que ponen delante, como diciendo que hay cantera, cuando ya solo hay escombrera, cuatro gritos desganados, un aurresku tikitikitiki preceptivo, como el striptease cutre de las despedidas de soltera baratas donde el striper va con los pelos del culo mal depilados, y a otra cosa pinpilinpauxa.

Hay que cargar la furgo que mañana salimos para pasar unos días de en la costa de Cádiz, que mola un huevo pero que no se entere el abuelo, que nos mata. Llegado a este punto absurdo del relato recordemos, amados lectores, un asunto que muchas veces se pasa por alto: el vasco es el único pueblo oprimido que se va de vacaciones al país opresor.

En fin, que esos homenajes solo son un vertedero estético que se les cae por la cabeza al homenajeado y a los homenajeadores como el liquidillo que se derrama de las bolsas de basura cuando las bajas al contenedor. Por mí que hagan todos los que quieran. Cuantos más hagan, más grotesca será la caricatura que siempre han sido. Quién haya visto el peliculón Good Bye, Lenin! entenderá lo que intento explicar. Y eso es todo.


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