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Opinión / A mí no me líe

Esperando a San Fermín

Por Javier Ancín 04 julio, 2022 - 9:41

 Aún quedan dos días para el chupinazo y la gente pasea como perdida, sin saber muy bien qué hacer, sin saber cómo acortar la eternidad de los trescientos años de San Virila escuchando el trino de un pájaro.

Calma chicha dentro de lo razonable para Pamplona, es decir, frío y sin rastro del verano. Se nubla siempre. Llueve. Siempre llueve. Siempre acaba lloviendo. Que es la meta climática a la que llegamos sin remedio en esta ciudad húmeda y por lo tanto oxidada. Y hace frío. Un frío que ya no esperábamos y que nos obliga a rebuscar en el armario para sacar una prenda de abrigo que nadie quiere pero que todos necesitamos.

Los adoquines de la Estafeta ascienden al cielo y cubren las bóvedas como si todo fuera románico. El último sábado estuve en Leyre y pensaba en ello mirando las bóvedas de cañón del ábside de la iglesia. El cielo de Pamplona es así, empedrado con la misma diligencia.

Fue un milagro poder concluir algo porque las naves del templo estaban siendo transformadas en un set de rodaje, con sus estructuras metálicas, sus focos de luz, sus decenas de metros de cable tirados por paredes y suelo, sus cajoneras negras con ruedas. Un jaleo mundano del recopón bendito.

¿Quién actúa aquí?, pregunté a un operario que sofocado se afanaba en el montaje. Viene mañana Txibite, pero para descargar, señalándome un camión aparcado frente a la portada majestuosa del monasterio, no la verás.

Vas buscando sosiego y solo encuentras un triste plató de televisión para la función de una presidenta de cuarta regional.

No me hagas hablar, me soltó, que es la fórmula que en Navarra utilizamos cuando no queremos callar pero tanteamos al interlocutor para descubrir de qué pie cojea. Opino como tú, le dije, con media sonrisa de compinche a compinche, que no compromete a nada pero lo dice todo. A cargar de nuevo todo esto no se quedará tampoco, soltó más relajado, subiéndose entre cómplices del mismo pensamiento. Y se perdió en la capilla lateral con una bobina de cable, otra más, que allí había cable como para unir Europa con América bajo el Atlántico, al tiempo que soltaba un hasta los cojones me tienen, así, en abstracto.

De vuelta al coche, al mirar atrás, vi a un fraile con su negro hábito benedictino que nos miraba y en vez de a los que Umberto Eco dibujó en El nombre de la Rosa, me recordó al caballero cruzado que despide a los doctores Jones después de que su milenaria morada fuera destruida por sacar más allá del sello el santo grial. Todo tenía un triste regusto a remake cinematográfico sin glamour. Allí no sonaba la melodía de John Williams para enmarcar la escena. Volveremos cuando solo se escuche gregoriano. Prometido.

Calma chicha, decía. La gente se compra en los supermercados sus mejores galas blancas: pantalones, camisetas, polos... Todo de saldo. Esperamos a San Fermín como quien espera el diluvio, elegantes con las zapatillas viejas, las que guardamos para estos días y que al finalizar acabarán ya, por fin, en la basura. Aún quedan dos días para el chupinazo y la gente pasea como perdida, sin saber muy bien qué hacer, sin saber cómo acortar la eternidad de los trescientos años de San Virila escuchando el trino de un pájaro.

Pamplona hoy es un poco la sala de espera de un paritorio y otro poco la de embarque de un aeropuerto, aguardando a despegar de nuevo. A ver cómo se nos da el parto, a ver cómo se nos da el vuelo. Y eso es todo.


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Esperando a San Fermín