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Opinión / A mí no me líe

La España constitucional ha muerto

Por Javier Ancín 06 noviembre, 2020 - 10:26

Habitamos ya en un estado vacío formado por tribus hiperlocales donde no se admite ni la disidencia.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ofrece la última rueda de prensa  posterior a la reunión del Consejo de Ministros y antes de las vacaciones, en Moncloa, en Madrid (España), a 4 de agosto de 2020

04 AGOSTO 2020 POLÍTICA;GOBIERNO;PSOE

4/8/2020
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ofrece una rueda de prensa. ARCHIVO

Y en mitad de un estado de alarma que dota de poderes tiránicos a Sánchez, recordemos que no tiene que rendir cuentas de su gestión al parlamento durante seis meses, ha aprobado una ley de educación abiertamente inconstitucional, donde dinamita los derechos de los padres que quieren que sus hijos tengan el español como lengua vehicular para la educación de sus hijos.

En mitad de un estado alarma en el que tendría que estar luchando Sánchez día y noche contra un problema sanitario que nos está matando, a lo que se dedica, una vez más, es a aplicar sin control alguno su agenda de demolición del estado para mantenerse en el poder. O vete tú a saber ya para qué.

Si durante la primera ola del covid fue la firma de acuerdos del PSOE con el partido de la eta, ese partido que sigue sin condenar los asesinatos destinados a limpiar étnica/ideológicamente el País Vasco -en realidad ya se jactan de ellos, hicieron lo que tuvieron que hacer y lo volverían a hacer, dijo el abuelo Otegi hace poco-, hoy es el acuerdo con el nacionalismo golpista catalán para convertir al español en España en un idioma ilegal.

España, ese espacio de libertad que teníamos los que nos la pelan los pedigríes, está muerto. Habitamos ya en un estado vacío formado por tribus hiperlocales donde no se admite ni la disidencia, vete tú a crear partidos antitribales en mitad de esos clanes que todo lo controlan, intenta decir algo malo de tu comunidad. Imposible.

No podrás porque la élite que se enriquece con ello le dice a la tropa que su pequeña patria es perfecta. La discrepancia autonómica es de traidores. 17 autonomías sin mácula que incomprensiblemente forman un país que es el demonio en su cabeza. Algo no cuadra en este razonamiento que, sin embargo, es el razonamiento que controla hoy nuestra vida.

España, para los que nos la sopla el folclore como motor vital y el pueblo como sujeto de derechos molaba porque no pedía adhesión inquebrantable, admitía infinidad de matices e incluso toleraba constantemente, que es lo que la ha matado, ser atacada desde dentro, desde sus propias instituciones por el nacionalismo tribal, el de los derechos históricos, el del rh que te da privilegio, el de la raza catalana o el ADN vasco, el formado por el clan de estamentos férreos e impermeables.

España, la idea, el marco sentimental, era un refugio para los que no queremos ser nada más que libres, para los que no queremos vivir bajo la ascendencia genealógica pura, para los que los derechos de sangre nos parecen irrelevantes, para los que nos conformábamos con ser ciudadanos iguales ante la ley. Eso ya no existe. El votante de izquierda compró esa mercancía tóxica identitaria que todo lo ha envenenado y la sociedad ha volado por los aires.

La tribu ha vencido. Es cuestión de tiempo que se articulen como paisitos étnicos monolíticos, monocromos a la vez que irrelevantes. Unas tribus insignificantes que caerán en la órbita de potencias extranjeras nada democráticas al día siguiente de la disgregación de España. ¿Qué sé piensa el catalán o el vasco nacionalista, que van a ser paraísos en la tierra con la posición tan estrategia que tienen en Europa? Pardillos. Y eso es todo.

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