Opinión / A mí no me líe

El elogio de la quietud de Cuartango

Por Javier Ancín 24 julio, 2020 - 10:38

Cuando el fútbol me dejó porque yo no daba para más, me hice profesional de la lectura, eso, afortunadamente, se me da de miedo.

El periodista Pedro Cuartango en su despacho lleno de libros. JORGE BARRENO / EL ESPAÑOL.
El periodista Pedro Cuartango en su despacho lleno de libros. JORGE BARRENO / EL ESPAÑOL.

Mi universo no se va a las estrellas, como le pasa a Cuartango, el mío se queda bajo el azul del verano, entre las calles. A Cuartango le impresiona que la luz que ve de las estrellas saliera hace 500 años o mil. A mí me impresiona el sol, que oculta toda la oscuridad que hay ahí fuera. Me parece un milagro sobrecogedor estar vivo, achinando los ojos sobre el acantilado de los bordillos, para mirar más lejos, cada nuevo día que salimos de casa.

Me gusta la cafetería nueva -Afortunato se llama, como un buen presagio-, con los portones subidos contra el techo, abierta a la calle. Me gusta el café en la terraza sentado a la sombra de las seis, ocho, diez ventanas que se me viene encima las mañanas de calor de julio. Siempre corre aquí una brisa como de mar que da gusto meterse en los pulmones. Respirar no duele.

A la izquierda la ladera del monte (más alto que el horizonte), a la derecha un edificio lejano de ladrillo de hace cincuenta o sesenta años. ¿Cada cuantos años se vacía un edificio en Pamplona para llenarse de nuevas vidas?, me pregunto, entre sorbo, entre dos párrafos de los artículos que le han encuadernado en la editorial Círculo de Tiza.

A mi alrededor ruido de grúas que levantan un barrio, a mi espalda un convento con ventanas apuntadas neogóticas. En la mesa un libro nuevo, seis meses tiene, de Pedro Cuartango, periodista y nostálgico, donde habla en sus primeras páginas de que hay que tumbarse a mirar las nubes. Yo prefiero sentarme a mirar mis calles y escribirlas mientras leo su ‘Elogio de la quietud’, pero el objetivo es el mismo, intentar captar el tiempo hasta hacer que cada segundo tenga un sentido, antes de ser memoria.

El cielo está raso, mis nubes son los contrapesos blancos de las grúas que se mueven por arriba si tiras la cabeza hacia atrás en esta silla de tijera, como de parque inglés frente al quiosco donde los domingos por la mañana toca la banda municipal. Aquí suenan martillazos y sierras, que a mí, inexplicablemente, me saben a gloria. El sonido de los motores eléctricos de las grúas es la magdalena de Proust que hace que mi niñez surja, sin esfuerzo, como una sucesión de olas que rompen en la orilla a su ritmo, dejando el agua ascender tranquila por la arena compacta antes de volver al mar.

Aquí hubo un campo de fútbol de tierra donde yo marqué un gol realmente increíble, como el de la canción de Los Planetas. Hoy también hace un buen día, aunque yo nunca fuera Mendieta, aunque nunca consiguiera tocar la guitarra ni subir al escenario del FIB a jugar con mi canción junto al grupo granaíno. Me acuerdo del vestuario pequeño donde nos apiñábamos embarrados, antes de ir a una ducha con tan poca agua caliente que más que lavarnos nos matábamos de frío.

Nada queda de aquello. Me acuerdo de las botas de tacos de aluminio que era como llevar chistera. Nunca me he sentido tan elegante como uniformado para aquellas batallas intrascendentes. Me fascina desde entonces la dignidad de la intrascendencia.

Una vez desee ser futbolista, no lo conseguí. Luego deseé ser escritor, no lo estoy consiguiendo. Nunca he sabido usar ni la palabra buganvilla ni la palabra promontorio, imprescindibles para tener el carnet. Cuando el fútbol me dejó porque yo no daba para más, me hice profesional de la lectura, eso, afortunadamente, se me da de miedo.

Se está a gusto aquí, cuando reconoces un libro redondo como este que vas untándolo despacio, para desayunártelo entero.

Relájate y disfruta de la vida, que es lo único que tenemos por un rato, leo al principio de sus capítulos. Y yo no puedo ser más obediente. Otro café, por favor. El tiempo no se detiene pero esta mañana parece que me ha dado una tregua que espero que sea larga pero no tanto como la siesta de San Virila en Leyre que duró 300 años porque el coche se me ha quedado al sol y no va a haber Dios que se monte luego. Comeré un gazpacho. Por la tarde iré a nadar. Al anochecer tomaré una cerveza con algún amigo... Y eso es todo.


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