Opinión / A mí no me líe

La depresión es un huracán que te tumba al instante

Por Javier Ancín 23 marzo, 2018 - 9:26

Una vez, un muy buen amigo me dijo que le ayudara a escribir un texto sincero sobre su enfermedad. Si algo merece amabilizarse son las enfermedades mentales.

Una persona pasea entre la lluvia en Pamplona. PABLO LASAOSA
Una persona pasea entre la lluvia en Pamplona. PABLO LASAOSA

“Ni una pizca de suerte” oigo que dice Jack Nicholson en “Mejor... Imposible” y así me sentí yo también en ese instante, tirado en el sofá viendo la película. Ni una pizca de buena suerte porque al final lo que me estaba pasando era más grave de lo que creía.

Se me hizo un bolo en el ánimo y mi existencia explotó haciéndose la noche más noche y la niebla más niebla. No tenía palabras para explicarlo y tuve que buscarlas, pero de eso me fui enterando más adelante.

Estaba convencido de que en mi vida podía con todo hasta que la última gota, yo qué sé, ponle el nombre que quieras, que la persona que querías se va cansada de ti con otro, por ejemplo, o que se te muere un familiar cercano o que te despiden del trabajo.

Incluso puedes llamarla así, una tontería que nadie entendería que fuera la causa de tus males, te hunde en un estado extraño de ansiedad, tristeza viscosa y llanto desbocado y traicionero que no eres tú, que eres tú, que no sabes que eres tú. Y que te jode en cualquier momento del día o durante el sueño, a su antojo.

Eres su esclavo. Dejas de controlar tu vida. La depresión te sube en un vagón y te lleva por toda su montaña rusa a una velocidad endiablaba, por todo el tren de la bruja sacudiéndote en la cara sopapos hasta la desesperación. Date por jodido. En ese parque de atracciones hay hasta casa del terror, sé consciente de ello cuanto antes.

Sinceramente hoy creo que la causa es lo de menos, al final te caes, da igual qué haya hecho que te vengas abajo. La última gota puede ser espectacular pero solo es la última gota. La mía fue después de cruzar toda una noche en soledad buscando una última respuesta, mi último acto heroico e inútil y absurdo.

Llegué a casa de milagro, fue un tránsito muy peligroso, me metí en la cama y ya no me volví a levantar en mucho tiempo. Oficialmente me declaré enfermo, aunque ya lo estaba hace bastante. Tomé conciencia de que se me había roto el alma al ver cómo el mundo conocido desapareció en dos tardes y una noche conduciendo desvelado. Dejas de tener retaguardia hacia la que volver y tampoco tienes frente a ti nada hacia dónde ir. La depresión a mí me empujó a ese limbo. El proceso había sido agotador y me rendí y me quedé postrado. Pero eso fue luego, la última estación del descenso a mí infierno mental.

De una depresión no se sale improvisando. Yo improvisé mucho durante esos meses anteriores a asumir mi convalecencia. Hice de todo, me obligué. Obligarte a hacer algo, con tu voluntad tan arrasada, es durísimo.

De una depresión no se sale dando vueltas hacia abajo en espiral cada vez más deprisa, como en la que estaba, pero como nadie me había explicado nada, pensaba que con no estar quieto, con salir de la cama y hacer lo que fuera iba a remitir.

Al final solo conseguí marearme más. De una depresión no se sale solo cambiando rutinas por cambiarlas, aunque lo necesites y lo hagas. En mi caso llegó hasta ser contraproducente. Cuanto más cambiaba mi forma de vida más me desesperaba porque no obtenía resultado alguno. Tocaba botones de un panel de mandos que no conocía y solo conseguía que saltaran más alarmas. Cada vez tenía más ansiedad y más episodios de fuerte tristeza. La tristeza se me presentaba en oleadas, como ataques de aviones bombardeando. Llegaba, me devastaba y se iba, cada vez con periodos de calma más débiles.

Da igual lo que hiciera, la tristeza venía y me reducía a escombros. Solo quiero volver a casa, coger la bici y subir montes hasta que me reviente el corazón o la cabeza, pensaba. Y lo hacía, y lo hago, cuando conseguía ponerme en pie de semejante tralla insufrible. El deporte de alta intensidad me ayudó a no pensar en aquel periodo donde no sabía qué ocurría. No sé si es bueno o malo no pensar, pero aliviaba los síntomas que estaba sufriendo y a eso me tiré, como un náufrago desesperado. Mi tabla de salvación era agotarme tanto que no podía luego ni articular palabra.

En una depresión se entra corriendo cuesta abajo y se sale, si se sale, gateando cuesta arriba. Eso nadie lo explica. De la tristeza nadie habla, de la tristeza solo escuchamos sobreentendidos, eufemismos que no hacen honor a este horror animal, salvaje, insufrible que es.

Te rompes tanto por dentro que no te reconoces. Nada. Tus recuerdos o tus planes futuros que ya nunca harás, acuden a tu memoria o fantasía para torturarte a su antojo, desordenados.

Habría ido contigo a París este verano si no me hubieras dejado, te repites una y otra vez, o habría escrito un reportaje en el periódico sobre tal tema si no me hubieran echado antes, te dices convencido. El descontrol cada vez ocupa un espacio mayor. Quieres frenar tu cabeza y solo la aceleras.

Cuanto más sereno quieres estar, más te emborrachas de enfermedad. Es desquiciante. Parece una juerga salvaje, pero al revés. El bar está vacío, el camarero barre y tú en un rincón pensando en todo lo que has perdido y que ya no volverá, agarrado a la máquina de tabaco que está apagada buscando respuestas que no existen, completamente sobrio.

No sé cómo se llega a este punto donde no puedes tomarte ni un café tranquilo porque esa oleada de tristeza, devastadora, te nubla los ojos con lágrimas que te avergüenzan porque te dominan. Es el momento de tu vida donde más débil tienes la voluntad y es la etapa de tu vida en la que tienes que ser más fuerte. El esfuerzo es incluso físico. Te deja baldado la mente girando en vertiginosos pensamientos circulares.

Cuando menos te lo esperas, te encuentras con algo que te hace retroceder emocionalmente semanas. Eres la bolsa de plástico de American Beauty dando vueltas frente a la cámara mecido por fuerzas con las que no puedes pelear. Pero no es bello, es una mierda.

Cualquier viento que te roza es un huracán que te tumba al instante. ¿Cómo evitas soñar con todo lo que te hace tanto daño? No puedes. Esa es la conclusión a la que he llegado, pero eso nadie me lo había dicho nunca y peleaba y me ofuscaba porque otra vez estaba ahí ese sueño. Vas descubriendo cada día que los granos que te salen son los síntomas de la varicela que es tu depresión.

Aprender a estar enfermo, conocer cada síntoma y descartar los que no son a la vez que estás enfermo es un calvario. Es todo tan raro, tan nuevo, tan desconcertante. Imagínate a un afectado por apendicitis que tuviera que aprender primero que ese dolor de su vientre es muy preocupante y requiere con urgencia atención para que no se convierta en peritonitis, pero que esa tos que arrastra, y en la que ha fijado su atención, es un irrelevante catarro de otoño.

Al principio la causa de la tristeza es real, el llanto por una pérdida de algo que tenias, pero conforme vas avanzando descubres que esa tristeza ya no posee un motivo tan definido, se vuelve una tristeza con un motivo más difuso, más endeble, y aunque te esfuerzas en que siga teniendo aquella causa por la que todo crees que empezó, cada vez te cuesta más enfocarla así, terminando por ser una tristeza por la tristeza, una tristeza por sí misma, una tristeza que no sabes cómo remediar porque no tiene una causa que ya la origine contra la que pelear.

A los deprimidos no les digan nada, es una inutilidad, ellos son plenamente conscientes de todo. Lo mejor que pueden hacer es acompañar, dejarles hablar y como mucho, lo que hizo un amigo mío, y que creo me salvó la vida. Me dio una tarjeta de una psicóloga y ya está, sin palabras, y luego nos fuimos a ver cuadros en algunas galerías de arte porque quería comprar algo para su despacho y me pidió que le acompañara para elegirlo juntos.

Y ahí empezó a cambiar algo, pero retrocedamos, que esto es una sacudida tras otra. De nada sirve que le digas a un deprimido que se anime, salvo para minar su autoestima por no poder conseguirlo, claro. Es como que le digas a uno que tiene un tumor que se lo extirpe él con sus manos y ya está, solucionado. El depresivo sabe que tiene que animarse, pero se frustra porque no consigue lograrlo, o mantenerlo en el tiempo lo suficiente como para ir ganando confianza. No se vuelven tontos de golpe, su inteligencia sigue intacta, no es un problema de no saber qué hacer, es un problema de no saber cómo hacer. Todo preso sabe que con saltar el muro es libre. ¿Cómo salto el muro? Pues eso.

No sé qué es una depresión porque yo no soy médico, sino paciente. Yo solo intento ponerle las palabras precisas a lo que siento para poder transmitir de manera más eficaz lo que me ocurre a mi psicóloga. No quiero ayudar a nadie, esto no es un artículo de autoayuda, aquí solo te vas a ayudar tú con un profesional adecuado. No hay más camino. Eso lo tengo claro. La ciencia no produce soluciones mágicas y todo proceso de curación es complejo y duro.

Uno de los problemas con el que me he encontrado al aprender a estar deprimido es que los males psíquicos están llenos más que de metáforas de eufemismos, de diminutivos, de sobrentendidos que en vez de ayudar a la gente, lo que hacen es liarle más, justo cuando está en un momento tan delicado de su existencia, flotando en la nada. Cuanto antes reconozca un deprimido los síntomas de la tristeza, de la ansiedad, del aburrimiento, porque yo empecé aburriéndome, cosa que no me había pasado nunca, antes podrá asumir que algo ocurre en tu interior para pedir ayuda profesional.

Aburrimiento, sensación de claustrofobia, ganas de dormir constantemente, de no querer salir de la cama, incapacidad para concentrarme realizando actividades que antes eran casi rutina, tristeza más o menos generalizada con episodios de gran tristeza, de congoja, que producían unos llantos desconsolados incontrolables. Esos han sido mis síntomas más claros. Y supongo que habrá más, claro.

Lo importante es que todo eso no son pozos, ni nubes negras ni bajones, ni charcos... ni milongas. Todos esos síntomas no son metáforas ni eufemismos, son realidades concretas. Hay que ayudar a la gente a reconocer sus realidades con realidades, porque las metáforas las carga el diablo, o sea, el desconocimiento, y pueden alargarles tanto el proceso de curación como el proceso de asimilación de que tienen un problema grave del que deben tratase.

A mí lo que más me ha ayudado es buscar la palabra precisa cuando tengo mis sesiones de psicoterapia, por eso pienso que cuanto mejor te expreses, antes te estarás curando. Por eso creo que es tan importante hablar mucho sobre el tema de la depresión y conseguir entre todos expresiones certeras para que la gente que sufre y que no se sabe expresar con tanta diligencia como otros, pueda apoyarse en estas palabras que entre todos ponemos en común. Es muy importante conseguir transmitir todo de la forma más asépticamente posible, menos literaria, más quirúrgica. A mí es lo que me funciona mejor, pero yo qué sé

Hoy sigo fastidiado pero de forma cada vez más suave, aunque a veces me hunda de nuevo en los síntomas más espectaculares y parezca que retroceda meses. Hay que tener paciencia y yo no la tengo, pero puedo suplirla con tenacidad. Cabezonería me sobra

Mi psicóloga me ha proporcionado un camino, el mío, hacia el nuevo horizonte que en mi espiral primigenia del proceso, esa en la que gastaba tantas fuerzas inútilmente, no existía. También me propuso después de una primera evaluación el uso de medicamentos, supongo que antidepresivos, tranquilizantes, cosas así. No indagué más, pero siempre tuve claro que si lo podía aguantar, no iba a tomar nada.

Si había bajado a mi infierno salvaje de tristeza y ansiedad, quería dar una vuelta con los ojos bien abiertos, a ver si había algo que mereciera la pena aprender o algo que tuviera que esquivar de improviso para no abrirme la cabeza con más brechas. Esta fue mi decisión personal, pero no se la recomendaría a nadie, cada uno que tome sus decisiones individuales. Creo que todas son válidas, como todos los métodos para dejar de fumar son los correctos si al final consiguen su objetivo.

Esto es lo más jodido por lo que he pasado, estoy pasando, estoy transitando, estoy cruzando y estoy saliendo, reptando. Me empiezo a sentir de nuevo, a ráfagas, destellos, muy de tarde en tarde, otra vez yo. Un yo diferente, un yo que tiene menos miedo que el anterior y que tiene más determinación para conseguir las cosas que desea. 

No sé si es algo común o solo se dio en mi caso pero me di pronto cuenta de una circunstancia extraña que me sucedía. Cuanto más triste estaba, menos miedo sentía. No sé qué significa, pero me resulta curioso y por eso lo señalo. Miedo o tristeza parecen estar comunicados de alguna forma, al menos en mí. ¿El miedo solo está hecho para la felicidad? ¿El miedo solo está para recordarte que eres mortal y que todo lo bueno es pasajero? Cuando el pico de tristeza fue máximo el miedo se esfumó de mí por completo. Me sentía capaz de caminar por el alféizar de un rascacielos aunque tuviera un vértigo insufrible diez minutos antes de estar oficialmente deprimido.

Nunca voy a decir la burrada de que pasar por una depresión estuvo bien, porque es la peor experiencia que he sufrido, que estoy sufriendo en mi vida, pero con el tiempo sospecho, intuyo que podré decir que ya que me tocó pasear por todos mis miedos, frustraciones, tristezas, ansiedades, complejos de la forma más cruda posible, logré salir de ahí convertido en una persona que me gusta más. Espero... Y eso es todo.


  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.
La depresión es un huracán que te tumba al instante