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Opinión / A mí no me líe

La peligrosa locura nacionalista ante la democracia

Por Javier Ancín 15 septiembre, 2017 - 9:30

Ahora que tanto nacionalista quiere destruir nuestro sistema democrático, vamos a intentar explicar algunas obviedades que, por obvias, son las evidencias más difíciles de demostrar: ¿cómo demostrarías la existencia del Sol o del color amarillo?

El presidente de una mesa electoral en Pamplona deposita los votos de la urna sobre una mesa en las elecciones del 20 de diciembre de 2015. EFE
El presidente de una mesa electoral en Pamplona deposita los votos de la urna sobre una mesa en las elecciones del 20 de diciembre de 2015. EFE

La democracia no existe. Ni la democracia, ni ningún otro convencionalismo humano. La democracia no es como una montaña que va a seguir estando ahí mientras nos encontremos en el planeta Tierra o desaparezcamos. La democracia tampoco nos precede. Antes de que el ser humano decidiera crearla, no existía en la naturaleza una organización semejante. La democracia es, por lo tanto, el sistema de organización social más humano.

Si la democracia existe es porque los seres humanos, todos, libremente, deciden vivir bajo ella. No nos hace iguales tanto el hecho de ser humanos, como el de someternos a las mismas leyes. Somos iguales porque las leyes que los seres humanos creamos nos hacen iguales. La democracia es un sistema muy frágil porque es suficiente que un grupo, no necesariamente mayoritario, pero sí con suficiente capacidad de coacción sobre el resto, decida que se deroga para que desaparezca.

También es importante señalar que la democracia es una anomalía en la historia de la humanidad. Los países democráticos son minoría y su existencia se remonta a pocos siglos, que es un tiempo histórico muy corto. La democracia en la historia es un hecho, por lo tanto, casi exótico.

La democracia es un pacto entre todos los humanos que vivimos en un territorio que queda recogido en una constitución, cuya finalidad es organizar la convivencia según unas reglas que decidimos que sean incuestionables para evitar que el más fuerte se haga con el control del grupo. Por lo tanto, la democracia es una forma de defensa de los más pacíficos sobre los más violentos.

La democracia no es inmutable, pero su reforma debe de ser complicada, porque de lo contrario, nos pasaríamos el día discutiendo sobre ella, haciéndola inservible y volviendo al punto de partida: el más violento podría llegar al extremo de tomar el control de toda la sociedad desde dentro. Si se puede cuestionar lo más se puede cuestionar lo menos con mayor facilidad, si se puede romper lo más se puede romper lo menos y si se puede violentar lo más no habrá freno para violentar lo menos: a todos los individuos.

Si se instala en la sociedad la idea de que una ley sólo va a tener vigencia un periodo muy corto de tiempo porque otra, en sentido contrario, puede sustituirla, no habrá motivación para cumplir las leyes, haciendo caótica la convivencia. Lo mismo ocurriría si empieza a no tener consecuencias el incumplimiento de las leyes. De nuevo el caos. Pocas leyes, que duren en el tiempo y que se cumplan. Ese tendría que ser el objetivo para conseguir una sociedad libre y próspera.

Si alguna parte de esa sociedad decidiera unilateralmente que no quiere seguir aceptando las leyes, la democracia dejaría de existir. Un grupo social siempre tiende a la tiranía como forma de organizarse. El más fuerte domina, el más débil obedece o muere. La libertad sólo puede darse bajo la aceptación por todos del pacto democrático, de lo contrario, el más violento tiende a expandir su poder hasta el infinito.

La democracia es la forma más eficaz que tenemos los humanos para vivir en libertad y, por lo tanto, sin sufrir violencia. El débil y el fuerte viven sometidos no a la capacidad de coacción de cada uno hacia el otro, sino por un elemento externo llamado ley que los hace iguales, esta es la razón por la que no tendríamos que despreciar la democracia tan alegremente y querer marchar con tanta inconsciencia por los caminos de las desobediencias y de las revoluciones.

La democracia merece ser cuidada por la libertad que nos proporciona. Si legitimamos cambiar la realidad con violencia contra el sistema, legitimaremos también que otros nos puedan someter con violencia a un nuevo sistema seguro peor que el de la actual democracia.

¿Tan seguro estás de que tu bando es el correcto como para querer imponerlo a todos saltándote las leyes? ¿Tan seguro estás de que además es el de los fuertes, como para romper con todo el sistema de leyes que te protegen? ¿Tan soberbio eres que piensas que una vez desencadenada la batalla no puedes ser tú el perdedor, y por lo tanto, el sometido? ¿Ninguna de esas preguntas te detiene? Yo, como no quiero que nadie me someta, a nada, ni quiero someter a nadie a nada, por eso espero que toda la estructura de leyes que hemos creado para protegernos de charlatanes que predican paraísos terrenales, nos siga protegiendo toda la vida. Y eso es todo. 


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La peligrosa locura nacionalista ante la democracia