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Opinión / A mí no me líe

La ciudad pancarta

Por Javier Ancín 02 noviembre, 2016 - 8:30

Me tiro a la calle como Gambardella pasea por Roma en La gran belleza, buscándola.

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Una de las pancartas colocadas en Pamplona en el paseo de Sarasate.

Me he pasado a la fotografía, también al café americano pero eso es otra historia. Ahora solo quiero buscar la luz y los contornos, la belleza de las sombras y de los perfiles. La belleza de las líneas definidas o que se difuminan y las texturas de los objetos entre el frío y la lluvia o el calor y el espejismo. La belleza del silencio, vamos. Estoy del ruido hasta el ciruelo.

Obviando el absoluto insulto que es que en medio de un melancólico parque decimonónico haya una taberna de boronos chandaleros, que eso ya es el colmo de la náusea, en seguida se te cae el alma alma a los pies. Lo que iba a ser un transcurrir estético, se torna en un meter la mano hasta el hombro en el cesto de la ropa sucia de un equipo de rugby. Pamplona está horrible.

Cochambrosa, descuidada, llena de pancartas de plástico y desperdicios físicos y psíquicos por todos los rincones. La ciudad huele a calcetines olvidados bajo la cama. Apesta a los restos de una cena de sobras reivindicativas tirados por el salón. En comparación con lo cuidadas que están San Sebastián y Bilbao esto es una cuadra. Hay que joderse, con lo preciosas que  tienen los vascos sus ciudades y lo aceitosa que nos dejan la nuestra estos euskonversos. Ni en eso tenemos suerte con el aberchandalismo que nos ha caído encima. Me temo que no hemos avanzado nada desde que el Códice Calixtino nos caló a la perfección hace un porrón de siglos.

Pegatinas, pancartas, cuerdas, papeles, pintadas... Solo cuelgan de las paredes escombros. Las calles están llenas de banderas de plástico de sus neuras colocadas a conciencia en las farolas que se supone que son de todos.

El otro día seguí a un okupa de los que el ayuntamiento les ha regalado un chalet, como los padres ricos cuando su hijo terminaba el COU, para que pueda echar sus polvos en casa y no se tenga que buscar la vida en coches sin calefacción; para que no tenga que emborracharse en las plazas, que llega el frío y pilla anginas el mocete.

Decía que seguí a un okupa pegando carteles por todo lo que se le ponía a tiro. Cristales de ascensores públicos, persianas de comercios, paredes de casas, vallas de la construcción, señales de tráfico, árboles... Lo estuve observando de lejos en mi paseo de flaneur provinciano y me llamó la atención la cara de cabreo que tenía, como si aún el mundo le debiera algo más que todos los regalos que ya le han dado sin merecer.

También me llamó la atención cómo la gente desviaba su mirada al suelo para no verlo operar. La gente está deprimida y no tiene ganas de bronca. Pamplona es una habitación de adolescentes tiránicos que no contentos con enguarrar su estancia mental quieren emporcar la que es común a todos, que tendría que ser aséptica como un quirófano.

Vivimos sometidos por un niño caprichoso y sobreprotegido, un tirano malcriado que como aún no sabe ni lo que es, tiene la necesidad de autoafirmación constante, haciéndonos, de paso, a todos rehenes de sus gustos. Me recordó a mí de adolescente, cuando llenaba mi cuarto de pósters de películas y grupos de música que creía que todos tenían que adorar porque eran sin discusión los mejores.

Si me hubieran dejado mis padres, habría empapelado también los baños y la cocina, pero de todo se sale, hasta de la adolescencia y del mal gusto. Hoy no escucho ninguno de aquellos grupos, aquellas pelis me parecen una mierda y en mi casa predomina el blanco tanto en paredes como en los muebles. Madurar es dejar de comportarte como un cretino autoritario que piensa que sus gustos tienen que ser los gustos de todos. Y con limpiarse los mocos, madurar es también dejar de ser un mocoso, que Gambardella no tiene porque vernos con los mocos colgando cuando se vaya a pasear, joder. Y eso es todo.


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