Opinión / A mí no me líe

Cagadero de perros de la Insumisión

Por Javier Ancín 05 octubre, 2018 - 9:42

Tanta épica y mística que nos trae el nacionalismo a diario, de puesto de melocotones de rastro de la Chantrea, sin tx, se me hace pelota y no la digiero.

Vista del cagaderro de perros que Asirón va a bautizar como plaza de la insumisión.
Vista del cagaderro de perros que Asirón va a bautizar como plaza de la insumisión.

Me atraganto, como cuando estás comiendo un polvorón de golpe y alguien te dice que digas la cacofónica Iruñea, que rima con mea.

El otro día vi, por empezar por algún sitio, al Torra, el Muy Honorable President (MHP) de la turra, en su particular manicomio nacionalista catalán, aplaudiendo a una puerta a la que consideraban prácticamente una diosa porque se rompió el día que sacaron a la calle los tupper de guardar la ropa de invierno, el uno de octubre del año pasado. La tenían ahí, rodeada, con una raja en el cristal y la aplaudían, con gesto grave, con una leve inclinación de cabeza en señal de respeto y sumisión. Como putas cabras.

Aterricemos en la aldea, que Barcelona pilla lejísimos, a cuatro horas en coche y casi cien pavos en peajes. Aquí, en la Irroña del más descojono todavía, al alcalde Asirón, que rima con estadista trucho tocado con gorro de papel de periódico de Napoleón, le va a poner al hierbín que hay donde estuvo la cárcel en el Barrio de San Juan, el nombre de parque de la insumisión.

Hace tiempo que no paso por ahí, pero si mal no recuerdo aquello tenía más pinta del típico cagadero de perros que hay por algunas zonas de Pamplona que de parque. Yo qué sé, el caso será ponerle a algo el nombre de una de sus monsergas. Cagadero de perros de la insumisión. No suena mal... a lo mejor han acertado esta vez.

¿Y qué fue aquello de la insumisión, neskitos eta neskitas, phoskitos eta phoskitas? Otra euskomatraca más que conviene desmitificar.

La insumisión fue el relevo anti épico, otro más, de la campañita ‘Nuklearrik ez’ con la que tenían entretenidos a su grey el nacionalismo vasco en los ochenta. Tras paralizar la central nuclear de Lemoniz, condenándonos a dos décadas más de energía sucia producida por combustibles fósiles, con el triste balance de un ‘peligrosísimo represor del pueblo vasco’, un ingeniero del proyecto, asesinado por ellos, por los aberchándales, había que trazar un nuevo objetivo para que su base no se les volviera fofa.

Mientras creen llegar a la tierra prometida, a la que no van a llegar nunca, hay que darles jugueticos con los que enredar creyendo que están cambiando el mundo y haciendo historia. Historia vasca. Ahora están entretenidos con lo de matxete al matxote, ese eslogan tan tranquilizador para todos los tíos que pasamos por ahí... y que en realidad no significa nada porque cuando el agresor es vasquito ,callan.

A lo que íbamos, la insumisión esa que se homenajea en Irroña no fue un movimiento antimilitarista. El nacionalismo vasco nunca ha tenido problemas con las armas, solo con quien las empuña. Fue un movimiento antisocial. Mientras los jóvenes objetores realizábamos trabajos de voluntariado en beneficio de la comunidad, ellos adoptaron la postura egoísta de que había que acabar con todo, mili y prestación social sustitutoria, porque era cosa de españoles, tanto la mili como la de trabajar por la sociedad.

Lo social, una vez más, se demostraba que les importaba una higa tan grande como la de Monreal. No hubo nada honorable en ese movimiento. Ruido, pegatinas y dinero para unos pocos. Lo de siempre.

Mientras algunos escuchábamos a Bowie o Iggy Pop en los bares, ellos se dedicaron a cantar rancheritas, a lo Bertín Osborne, haciéndoles millonarios a los Guajalotes -antes de que Tonino Carotone se forrara de nuevo cagándose en el amor, movimiento con el que sí comulgo a pies juntillas-.

Resumiendo, la mili desapareció porque la OTAN profesionalizó sus ejércitos, renunciando a los soldados de reemplazo, por ineficientes, no porque cuatro colgados calzados con aquellos pisamierdas de los noventa torcieran voluntad alguna. Fue Aznar quién se cargó la mili, por cierto, y con ella la prestación social sustitutoria, que es lo que me jode. En el fondo es a él a quien le homenajean, porque también se cargó, como ellos, la posibilidad de tener un rito iniciático social para transitar de la niñez a la juventud, siendo objetores de conciencia, como lo fui yo. Y eso es todo.


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