Opinión / A mí no me líe

Busco habitantes de la tercera Pamplona

Por Javier Ancín 09 Febrero, 2018 - 9:36

Dos días mirando por el ojo de una cerradura que da a una Pamplona oscura y con frío, desde mi balcón de la parte vieja. Me he feriado un despacho en un piso escondido en la que operar con instrumental sucio, de cerca y sin miramientos, a la ciudad.

Un grupo de personas pasean por la Plaza del Castillo de Pamplona. EFE/ Jesús Diges.
Un grupo de personas pasean por la Plaza del Castillo de Pamplona. EFE/ Jesús Diges.

Pamplona la tengo tan vista ya, que me aburre. Paso de asepsia científica. No se puede teclear con guantes de látex en una pantalla táctil y nadie se va a enterar de que le meto la mano en las tripas sin ellos. Aquí nadie se da por enterado de nada, aunque le lleves por toda la calle Estafeta metiéndole el dedo en el ojo o con la mano apretándole los huevos. O eso dicen: “No, no tenía ni idea. Ni me había enterado, oye”.

No se ve mucho desde esta atalaya porque en esta ciudad no nos desnudamos ni cuando nos quedamos en pelotas. Hay que imaginarlo casi todo. Somos recatados hasta para odiarnos de tú a tú (las manadas batasunas son otra cosa. Importadas del otro lado de la muga entre otras cosas. Eso nunca ha sido Pamplona en realidad).

La escena que intuyo es la de siempre, ahora en color, antaño en un sepia mancha de café sobre fondo blanco de papel de carnicería. Es lo único que ha cambiado, la tramoya y el filtro. Dos personas que se cruzan, se saludan con una especie de sonrisa -mueca que nadie asociaría a nada amable- y cuando se alejan espalda contra espalda, se acercan al oído de sus acompañantes y dicen, a la vez, cada uno en su púlpito: “Este es un gilipollas de cuidado”. Y continúan su paseo como si nunca pasara nada.

En realidad nunca pasa nada, y supongo que por eso se siguen saludando con muecas que arrugan los contornos de los ojos, tensan las mandíbulas y avinagran los esófagos.

Pamplona y sus levantamientos de cejas y los labios prietos que se tensan. “Bien, habrá que decir” escucho a otro, y dos señoras que van con carros de tela por los que asoman ramas y rabos de verdura lo miran como diciéndole: “Calla, que lo sabemos todo de ti”. Y lo saben, no me cabe duda. Estoy convencido. De él y de toda su familia.

En Pamplona todo el mundo lo sabe todo de todo el mundo. Menos el interesado, que piensa que vive en el secreto. La ciudad de los visillos tiene ojos en el aire, aunque ya no queden cuerpo que los sostengan. Luego pasa lo que pasa, que con tanto saberlo y juzgar y ser juzgado, la vida transcurre por debajo de la vida.

Hay una tercera Pamplona claro, clandestina, que es una maldita junta de dilatación de ambas placas metálicas, telúricas, estúpidas, a la que nadie hace caso porque no se acaban de creer que exista. Esa Pamplona que camina por su tercera vía, como todos los fracasos, está cansada de tanto favoritismo de clan y no piensa perder un segundo de su vida en llorar de emoción por tradiciones de hace dos décadas porque se la soplan. A la mierda, que os den. Habéis matado el futuro, el lugar donde queremos vivir. Esa tercera Pamplona es un hervidero de creatividad y progreso desperdiciado.

Lo malo es que esa Pamplona que podría cambiarlo todo, es tan íntima que ni sus miembros suelen conocerse entre ellos, creyendo cada uno que está en completa soledad, cuando son legión... muda. Haciendo imposible cualquier acción para subvertir el orden establecido y por eso termina casi siempre como termina, asqueada y en el exilio: los más afortunados exterior, pirándose a ver cómo es el mundo, y los menos interior, sufriendo la incomprensión y el desprecio cada vez que deja un currículo en algún posible trabajo, por ejemplo. “En Pamplona no necesitas esas cosas, chaval” dicen. “En Irroña nos conocemos todos, y si no te conocemos, malo, porque no eres entonces de Irroña y nunca podrás trabajar entre nosotros”. Un puto paria. Un ser trasparente.

Hace tiempo que Pamplona me incomoda, me tira de la sisa, y si no fuera porque aquí tengo mi infancia y mi equipo de fútbol, las dos únicas cosas que no se eligen en la vida, no me acercaría a esta ciudad como viajero ni harto de clarete. Eso sí, si alguien tiene el valor de decirme cuando estoy dentro que me vaya, pienso contestarle para que me entienda, a la carita, ojo contra ojo y en su propia lengua: “No me sale de los cojones, gilipollas. Esta mierda de ciudad que habéis matado también es mía”. Y eso es todo.

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