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Opinión / A mí no me líe

Barcelona es de todos, quema tu parte

Por Javier Ancín 19 febrero, 2021 - 10:56

Vi como a dentelladas una lengua naranja acababa a la velocidad de la luz para traer oscuridad con la copa verde de un árbol en medio segundo. 

Un manifestante lanza una valla a la barricada en llamas en la calle Aragó en las protestas por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasel, a quien este jueves le fue confirmada otra condena a prisión por amenazar a un testigo, esta noche en Barcelona. EFE/Alejandro García
Un manifestante lanza una valla a la barricada en llamas en la calle Aragó en las protestas por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasel, a quien este jueves le fue confirmada otra condena a prisión por amenazar a un testigo, esta noche en Barcelona. EFE/Alejandro García

Nunca entendí muy bien cuál es el propósito, el fin último, de darle fuego a las calles, de destrozar escaparates más allá de robar, oh, sorpresa, productos de alta gama, de reventar cajeros o, en mis tiempos mozos, de acabar con todas las cabinas de teléfono que se cruzaran en el camino de los salvajes. Las esquirlas de cristal esparcidas por las aceras, como si fueran semillas, nunca germinan, de ahí no brota ningún árbol, no hay fruto, no hay nada. Acabar con los teléfonos, en una era en la que aún no había móviles, quizás fuera una metáfora de la incomunicación social que perseguían, yo qué sé. Que nadie nos contemos lo que estaba pasando, que todos estemos amordazados.

Pensaba en ello estos días al ver de nuevo arder las calles de Barcelona. Sigue sin haber nada más allá de que algún día habrá una desgracia, eufemismo de que morirá gente abrasada en sus casas, atrapada por las escaleras, tratando de huir del infierno, porque las llamas cada vez son más violentas, con más saña lamen el aire, y se acercan peligrosas a los balcones o a las lonas que cubren los andamios de las obras en alguna fachada. 

Vi como a dentelladas una lengua naranja acababa a la velocidad de la luz para traer oscuridad con la copa verde de un árbol en medio segundo. Algo tan inútil como cuando acercas un mechero a un diente de león y liquidas sus esporas, en vez de soplarlo y que siga el ciclo de la vida. Y de ese árbol paso a otro y de ahí a otro... las imágenes no mostraron más, desconozco si las fichas del dominó de la destrucción siguieron por la acera tiñendo de negro donde antes hubo verdes. 

De esta tortura de la naturaleza, pensé, nunca se oirá a ningún ecologista quejarse, como tampoco se quejan nunca los grinpises de Pamplona de los miles y miles de metros de plástico que utilizan los aberchándales al año para forrar de pancartas las vallas de las ciudades, las barandillas de los puentes en las carreteras. En fin.

Como no hay mucho más que explicar de que el caos solo genera caos, les contaré una gilipollez que me pasó, por pasar el rato, al hilo un poco de todo esto.

Durante un tiempo, cuando aún jugaba a que un día sería historiador, visitaba muchas mañanas el archivo diocesano. Aparcaba el coche en la plaza del palacio episcopal y pasaba algunas horas buscando casos de matrimonio clandestino entre los legajos. Solo con darse palabra matrimonio delante de un cura, donde fuera, yo te tomo a ti por esposa, blablablá... los contrayentes se convertían automáticamente en marido y mujer. Esto originaba escenas cómicas, porque los curas trataban a toda costa de no escucharlas, llegando incluso un sacerdote de San cernin en el siglo XVII a lanzarse por la ventana para que no se consumara el acto que requería en su forma más formal, de un protocolo que duraba semanas. Estaba chulo investigar aquello.

A lo que voy, que me enredo. Recuerdo una vez, tras unas horas provechosas sumergido en los papeles, con la sensación de estar haciendo algo útil para la ciudad rescatando su historia, cogí el coche devuelta a casa y cuando iba a salir a la cuesta de Labrit, unos boronos encapuchados me hicieron frenar a gritos y golpes el coche, aparecieron otros boronos igual de encapuchados empujando unos cuantos contenedores y les dieron fuego en un santiamén, bloqueándome la salida, dejándome allí solo frente a aquel muro de fuego. 

Llegó otro coche cuando yo ya estaba fuera del mío, fumando, mirando el espectáculo. Se bajó el conductor, me pidió un cigarro y me preguntó si tenía también fuego. Todo el que quieras, le dije señalando la fogata y nos entró un absurdo ataque de risa que nos duró un buen rato. Qué subnormales los que hacen esto, soltó el tipo. Y tanto, apostillé. 

Es la única vez que yo sepa que estas mierdas destructivas me han servido para algo útil... descojonarme, también de ellos. Y eso es todo.


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