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Opinión / A mí no me líe

La noche que Cuenca me arruinó en Madrid

Por Javier Ancín 09 marzo, 2018 - 10:15

Es bonito esto de la escritura, a veces lo que escribes se hace real, a su forma. Si el viernes pasado escribí que Jabois me había dado la luz para reseñar el Diario de Eduardo Laporte, el sábado, ese mismo sábado, por Madrid, en la puerta de un bar de madrugada, nos encontramos con el periodista Manuel Jabois.

La Comisión y la Gerencia de Urbanismo de Pamplona visitan el Rincón de Pellejerías. PABLO LASAOSA 10
Joseba Asirón y Armando Cuenca presumen de sus lechugas podridas en el Rincón de Pellejerías. PABLO LASAOSA

Fue tras una cena en un restaurante catalán en la que no faltó de nada, había que celebrar el nacimiento de Tabarnia: calçots, butifarra, vino tinto del Penedes y crema catalana. ¿Hostia puta, ese es Jabois, no?, le susurré como un grupi desbocado a Eduardo. Y por lo que pasó después debía de serlo.

Eduardo le dio un abrazo y yo me quedé con el acompañante del gallego hablando de lo mucho que nos gusta la vida, la noche, tomar copas y hablar de esas cosas que nos encantan a los que escribimos, el tiempo. Se ha quedado una noche cojonuda para que nos diluvie encima, ¿verdad? Y nos diluvio. Los del norte somos así, si no nos remojamos la juerga parece que no ha sido completa, aunque yo odio la lluvia y el frío y todo.

Cuando terminaron de ponerse al día y se volvieron hacia nosotros, nos presentamos. Es decir, me presenté yo, porque qué necesidad tiene de presentarse un tipo así, tan conocido, cansado de que le presenten a tuercebotas. Estuve tentado de decirle que yo también escribía, pero me dio tal ataque de risa mental que solo pude articular un enhorabuena por tus columnas, como un puto engendro que llama a la radio para dejar su cagada en un programa de éxito, y un me llamo Ancín, como si a alguien le importara.

 Ah, qué tal, encantado, dijo, ¿tú tampoco eres de Madrid? Y me vine arriba, mi gran especialidad. Bueno, yo qué sé, de Madrid cuando medio vives o has vivido una temporada por aquí, ya siempre eres de Madrid pero supongo que no, que sigo siendo del norte, como tú, por eso se nos ha puesto a diluviar, para que no nos olvidemos que somos mortales. Ya... dijo, y tentado estuve de irme a la barra para dejar de hacer el ridículo y para coger el móvil y cascarlo en tuiter, ansioso, como Dominguín después de follarse a Ava Gadner: estoy con Jabois en un bar y tú no. Las cosas nos pasan, pensé, para que las contemos. Y de noche, entre copazos, con amigos, escritores presentes, en esta ciudad de Max Estrella, rodeado de luces de bohemia y leds de bajo consumo. En esta ciudad de los metales nocturnos de Umbral. Cada noche son mil novelas, me dije, y qué suerte poder vivir algunas de ellas.

Un tipo encantador, robusto, inmenso el periodista gallego. En Madrid pasan estas cosas, que te vas a meter en un garito del barrio de las letras, muy de madrugada, y te encuestas con los párrafos de Manuel Jabois en carne en la puerta y recibes, justo en ese momento, un WhatsApp de un conocido, indignado, porque los huertos urbanos de DesArmando Cuenca, y Pamplona entera, están podridos, para que escribas algo de ello, me dice. Mierda, joder, por qué me tiene que pasar esto a mí.

Estoy con Ava Gadner, no me jodas, pienso, y cabreado, cojo el móvil, me lo acercó a los labios porque no me apetece escribir y contesto gritando. ¿Al gilipollas este nadie le ha dicho que se de una vuelta por las huertas de la Magdalena y vea lo que es un huerto urbano espectacular y que además no nos cuesta un puto euro? Yo cada vez que corro por Pamplona voy por allí, a contemplar el espectáculo de un campo de lechugas en mitad de la ciudad con el que algunos que se lo curran ganan pasta. ¿Necesitábamos que un chalado nos viniera a descubrir, y a cagarla, con algo que a Pamplona le sobra por sus cuatro costados... huertas? Vamos, no me jodas, copón.

Jabois me miró divertido, sin entender mucho de mi conversación con el móvil, y al final se lo casqué. Aquí, escribiendo un artículo de mi pueblo, qué te voy a contar que no sepas... y lo sabía todo porque las ha visto de mil colores. Y nos descojonamos unos segundos como dos putos chalados del norte por Madrid, sin hacer ruido, con una mueca. Y luego ya me fui, sí, para siempre, para no darle más el coñazo, camino de este artículo y del camarero, a que me pusiera otra, para olvidarme de esa sonrisa descompasada y fuera de lugar de Cuenca, que me saca siempre de quicio, mientras no deja nunca de cagarla siempre. Y eso es todo.


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La noche que Cuenca me arruinó en Madrid