Opinión / A mí no me líe

Aquel 6 de julio en Manhattan

Por Javier Ancín 06 julio, 2020 - 9:42

Y al enterarse de que yo era de Pamplona, entre risotadas, no puede ser, no es posible, decía, comenzó a interrogarme sobre los Sanfermines. Quería saberlo todo.

Primer encierro de los Sanfermines de 2019 en Pamplona. REUTERS/Susana Vera
Primer encierro de los Sanfermines de 2019 en Pamplona. REUTERS/Susana Vera

Hoy, para qué jugar a que no veo los cascotes de mi recuerdo, que aunque tirados todos ya por el suelo, no los he terminado de desescombrar de mis calles nunca, no es un día cualquiera. Es lunes, 6 de julio, no sé cómo será después, pero a estas horas madrugadoras desde mi ventana no se ven pantalones sanfermineros, ni fajas rojas, alguna camisa blanca de incógnito, pocas. A las doce del medio día no hay cohete. Este año la mecha del chupinazo chisporroteará en silencio, hará subir la carcasa llena de pólvora al cielo sin moverse y detonará solo en nuestra cabeza dando comienzo a unas fiestas que no van a existir.

Hay cosas que nos trascienden y es inútil resistirse a ellas: los Sanfermines son universales. Yo no fui consciente de ello hasta una madrugada de hace algo más de diez años, en el patio trasero de un garito en Nueva York.

Alejado un poco del circuito turístico tradicional, me fui a un club de jazz, el St. Nick's Pub, que estaba en la calle San Nicolás, pero no la de Pamplona sino la de Harlem. Me senté en una mesa desvencijada cubierta con hule de cuadros rojos y blancos, casualidades de la vida, tenía que haberlo sospechado nada más pedir mi primera cerveza Budweiser de las muchas que cayeron esa noche, pero no reparé en las señales.

A la segunda ronda, por entonces fumaba, salí a la trasera con mi botellín y mi paquete de Lucky Strike. Mientras encendía el cigarro, un negro de los de manual, de película, un tiarrón inmenso con cazadora de cuero oscura, collares dorados, anillo gordo me pidió un cigarro -y luego otro y otro más- y conversación.

Me contó que era profesor de literatura en el Bronx y empezamos a hablar de libros, hasta que en una de esas, dos desconocidos en la capital del mundo buscando puntos de conexión, al caer en Hemingway, descubrí que Fiesta era una de las novelas preferidas de aquel tipo con tono de santo morenico. Y al enterarse de que yo era de Pamplona, entre risotadas, no puede ser, no es posible, decía, comenzó a interrogarme sobre los Sanfermines. Quería saberlo todo.

Y así fue pasando la noche, dibujando con cigarros el recorrido del encierro en una mesa de madera carcomida, explicándole con chapas de cerveza que había por el suelo cómo tomar la curva de la Estafeta con seguridad, cerrándote para no acabar estampado entre el vallado y los toros. Enseñándole a plegar un Wall Street Journal que había por allí olvidado en un banco del patio, nunca enrollándolo -no es una porra, es un capote que tiene que desplegarse sobre la cara del toro-, cantando frente a una hornacina imaginaría que solo yo y él veíamos contra el cielo de Nueva York, al principio de nuestra cuesta de Santo Domingo.

Hay que joderse, pensé, yo que quería charlar de Manhattan transfer, por ejemplo, la novela de John Dos Passos, o de las letras de Lou Reed, o de los cenadores solitarios de los neoyorquinos cuadros de Hopper, y aquí me tienes, hablando de que la calle Estafeta pica hacia arriba, de cómo los gigantes de Pamplona una vez bailaron en la 5ª Avenida, de la música del maestro Turrillas o de los churros de la Mañueta para desayunar.

Justo cuando estábamos despidiéndonos de esa noche fascinante, antes de perderse para siempre en la oscuridad de las calles me soltó un ‘The sun also rise’, my friend... señalando arriba. Y se fue. No recuerdo ni cómo se llamaba, no recuerdo ni que me lo dijera.

El sol también sale... y el año que viene, en el 2021, volverá a salir. Al mediodía del domingo 6 de julio la fiesta estallará de nuevo. No hay otro modo de decirlo... Y lo viviremos, claro que lo volveremos a vivir. Ya falta menos. Y eso es todo.


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