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La refundación del hacha y la serpiente (IX): una presidenta aberzale en una comunidad no aberzale.

Por Jaime Ignacio del Burgo 01 junio, 2018 - 10:01

Se avecinan tiempos difíciles, aunque ya no hay quien sacuda el árbol para beneficio del PNV. 

Uxue Barkos, presidenta del Gobierno de Navarra interviene en el Parlamento. PABLO LASAOSA
Uxue Barkos, presidenta del Gobierno de Navarra interviene en el Parlamento. PABLO LASAOSA

Ocurre que Navarra, por tan solo un puñado de votos, está hoy en manos de un Gobierno aberzale, cuya presidenta no oculta su sumisión a los dictados del inquilino de Ajuria Enea y tiene como socios a los herederos políticos de ETA, cuyos postulados últimos coinciden con los del Partido Nacionalista Vasco. La última prueba ha sido la presencia de Uxue Barcos en Bértiz, el pasado 4 de mayo, junto al lendakari, Iñigo Urkullu, para exigir a Mariano Rajoy la creación de una mesa conjunta para tratar del agrupamiento de los presos la banda terrorista. Tal vez, el cambio de Gobierno en España, les permita replantear esta pretensión.

Uxúe Barcos dijo el 22 de julio de 2015 en su toma de posesión como presidenta: “Soy consciente de ser una presidenta abertzale en una región no abertzale”. Pero este reconocimiento no le ha impedido desarrollar una actuación dirigida precisamente a destruir los pilares de la navarridad e imponer el panvasquismo nacionalista.

En línea con el pensamiento histórico del nacionalismo de todos los colores, el PNV ha sostenido siempre que “el euskera y el sentido de pertenencia a una misma comunidad política en conjunción con el resto de factores precisados son los que forjan la identidad nacional vasca”. 

No es casual que a finales del año pasado, la presidenta Uxúe Barcos mantuviera la misma línea argumental al decir que el euskera, “la lengua de los navarros… fraguó la identidad de un territorio, Navarra, y de sus habitantes los navarros”.

La frase no puede ser más desafortunada. Porque la huella del vascuence como forjador de la identidad navarra es inapreciable. Nunca fue idioma oficial. A estas alturas seríamos un pueblo sin identidad propia, pues poco más de un seis por ciento de la población navarra lo utiliza habitualmente en sus relaciones personales.

Y no se diga que el vascuence es una lengua “minorizada” por haber sufrido marginación, persecución e incluso prohibición. Lo correcto es decir que se trata de una lengua “minoritaria”, es decir, hablada en el conjunto de Navarra por un grupo reducido de su población. Es evidente que somos una comunidad plural desde el punto de vista lingüístico y cultural, pero no puede desconocerse que en el “idiomate navarre terre”, es decir, en el  romance al que hoy llamamos castellano o español, desenvuelve su vida la gran mayoría de la ciudadanía navarra.

Todo eso lo sabe muy bien el nacionalismo vasco. De ahí su obsesión por imponer el euskera para demostrar que todos los navarros somos vascos, pues en tal caso la integración en Euzkadi –palabra que ahora pretenden ocultar–, Euskal Herría o como quiera llamársele caería como fruta madura.

Otro hecho incontrovertible es que los partidos aberzales que pertenecieron al mundo político de ETA o son sus herederos políticos, desde HB hasta Sortu o Bildu, han manifestado su oposición a la disposición transitoria cuarta de la Constitución y, por tanto, se han negado hasta ahora a reconocer que sólo el pueblo navarro tiene derecho a decidir sobre si quiere o no integrarse en ese único “sujeto jurídico-político” con el que ahora se les llena la boca. Siempre han sostenido que Navarra es parte integrante de Euzkadi o de Euskal Herria por lo que hay que rechazar cualquier planteamiento que ponga en cuestión la unidad de la nación vasca. Admitir el referéndum, y así lo proclamaron, es reconocer el separatismo o colaboracionismo españolista. La autodeterminación es un derecho que corresponde al pueblo vasco en su conjunto para definir si desea o no permanecer vinculado al Estado español. Navarra no puede cuestionar si es o no vasca, porque ello sería "contra natura".

El vascuence es una lengua venerable por su antigüedad y por tanto ha de ser considerada como parte integrante del patrimonio cultural de Navarra, pero establecer la cooficialidad del “batua” en todo el territorio foral y exigir la obligatoriedad de su estudio en la enseñanza y su preferencia a la hora de ingresar en la Administración son aberraciones que conculcan los derechos lingüísticos de la gran mayoría de los ciudadanos cuyo idioma materno es el castellano o español.

Tenía razón Uxúe Barcos cuando tuvo aquel rasgo de sinceridad al reconocer que iba a ser una presidenta aberzale en una comunidad no aberzale y añadir que gobernaría para todos los navarro. Es pues plenamente consciente de que la mayoría del pueblo navarro está satisfecho con su actual estatus foral, concretado en el Amejoramiento del Fuero. Navarra es hoy una comunidad dotada de un elevado nivel de autogobierno y  bienestar. Sólo unos pocos están ansiosos por sumarse al Nuevo Estatus Político de una nación que por ahora no ha pasado de ser ciencia ficción.

Sin embargo, no debemos olvidar que nuestro autogobierno está en manos de quienes quieren destruir la unidad de España mediante la aplicación de políticas que rechaza la mayoría, ponen en riesgo la convivencia pacífica y generan una inestabilidad que compromete el futuro económico.

Nuestra integración en Euzkadi o Euskal Herria sería el fin del derecho de Navarra a su auto­gobierno y a la pervivencia de sus derechos históricos. La integración acabaría con su relación bilateral y directa con el Estado y tendríamos que renunciar a buena parte de nues­tras actuales competencias (educación, sanidad o cultura) para someternos a los dictados del Parlamento o del Gobierno vasco.

En materia fiscal, la renovación de nuestro Convenio Económico con el Estado habría de hacerse en el seno de una Comisión Mixta, junto a la representación de las Diputaciones vascas, bajo la presidencia del titular de la cartera de Hacienda del Gobierno vasco. Pasaríamos a ser uno de los cuatro «territorios históricos» que compondrían la nación de Euskal Herria tras la integración de Navarra. En el Palacio de Navarra nuestra bandera quedaría relegada al tercer lugar, detrás de la de Euskadi, una bandera inven­tada por Sabino Arana que el PNV consiguió impo­ner como enseña del País Vasco. Y en los actos oficiales, antes que el himno de Navarra, habría que interpretar el de Euskadi, impuesto también —aunque sin letra— por el propio del PNV. Nuestra Policía Foral quedaría absorbida por la «Ertzaintza» que, en cualquier caso, en su condición de poli­cía integral de Euskadi se desplegaría en nuestro territorio. En suma, descenderíamos a la segunda división en la que juegan las Diputaciones vascas. Sería la puntilla para nuestro Fuero.

Al aberzalismo radical ni siquiera le gusta nombre de Navarra. Quisieran eliminarlo para sustituirlo por el de Nafarroa. No es cierto que esta sea la denominación de Navarra en vascuence. Los escritores eúskaros del siglo XIX y principios del XX, encabezados por Arturo Campión, e incluso el propio Sabino Arana, escribían Navarra con b, aunque en algunas zonas de la Montaña se dijera Naparra. De modo que no somos Nafarroa ni nafarroakos.

La estrategia del cuatripartito, impulsada por Uxue Barcos, es bien clara. Sabe que, al menos por el momento, activar la transitoria cuarta y convocar el referéndum previsto en la disposición transitoria cuarta de la Constitución, conduciría al fracaso. El rechazo del pueblo navarro supondría un golpe mortal para la pretendida Euskal Herria. Por eso, no ha dicho ni una palabra sobre lo que se cuece en el Parlamento vasco.

Su estrategia es otra. Se trata de demostrar que Navarra ya es parte integrante de la Nación vasca de los siete territorios y tres Comunidades diferenciadas (la Comunidad Vasca, la Comunidad Foral y los territorios vasco-franceses). De ahí la política de euskaldunización. Si toda Navarra es vasca su destino no es otro que el de la unión política con las demás regiones vascas.

Navarra ha sobrevivido a numerosas crisis políticas. De la de 1977 se salvó gracias al entendimiento del centrismo navarro con el Partido Socialista Obrero Español. Hoy han cambiado parte de los actores políticos de entonces.

Es preocupante que el PSN, por boca de su secretaria general, hubiera manifestado cuando se publicó hace un par de meses que la propuesta para un Nuevo Estatus Político “pone claramente que se respeta la decisión y el marco institucional de Navarra”. Esto revela que hizo una lectura superficial del texto propuesto por el PNV, cuyo punto de partida es que somos Pueblo Vasco y pertenecemos a ese “sujeto político-jurídico” vasco al que todavía no le han puesto nombre.

También es preocupante que el tsunami podemista del 15-M llegara a nuestra Comunidad con una “txapela” calada hasta las orejas en materia lingüística y cultural, con propuestas que parecen cocinadas en una “Herriko taberna”.

Todavía resuenan las palabras de Pablo Iglesias en 2014 cuando manifestó en Pamplona que “cuando finalmente os vayáis y decidáis como pueblo, os echaremos mucho de menos y lo que sí nos gustaría es que dejarais a Pradilla como cónsul o embajador de algo”. (Pradilla era un periodista del periódico Gara, organizador del acto con el líder podemita en la “Herriko taberna” de Pamplona.).

Para hacer frente a este desafío resulta indispensable la unidad de las fuerzas democráticas navarras, de todas aquellas que respeten el orden constitucional, defiendan la foralidad y no quieran dar la espalda a la vocación española de Navarra. Es preciso luchar contra el virus antidemocrático nacionalista, cuyos síntomas son la intolerancia, la imposición totalitaria y la demonización de todos los que discrepan de su pensamiento único. Nuestros antepasados, allá por el siglo XIII, nos marcaron el camino en Obanos, casualmente en latín: “Pro libertate patria gens libera state”, lo que quiere decir “Por la libertad de Navarra, pueblo libre en pié”. Hoy como ayer, está en juego la libertad colectiva de nuestro pueblo.


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