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¿Por qué soy de centro? (II): la evolución hacia el centro reformista

Por Jaime Ignacio del Burgo 05 noviembre, 2019 - 18:42

El autor analiza en una serie de cuatro artículos su posición política de centro durante su trayectoria política y el papel de esta postura en el pasado y futuro. 

Felipe González y Alfonso Guerra celebran la victoria socialista en 1982.
Felipe González y Alfonso Guerra celebran la victoria socialista en 1982.

En las elecciones de 1986, el PSOE volvió a tener mayoría absoluta con 8,9 millones de votos y 184 escaños. La Coalición Popular con 5,2 millones de votos consiguió 105 escaños. Adolfo Suárez había regresado a la política con un nuevo partido: Centro Democrático y Social (CDS). Obtuvo 19 escaños con 1,8 millones de votos. Izquierda Unida (PC) sobrevivió con 7 escaños y 0,93 millones de votos y Convergencia Democrática de Cataluña, bajo el liderazgo de Jordi Pujol,  18 escaños con 1 millón de votos.  El resultado electoral provocó la dimisión de Manuel Fraga y su sustitución en la presidencia de Alianza Popular por Antonio Hernández Mancha. Poco después se produjo la ruptura de la Coalición Popular. El estrepitoso fracaso del nuevo presidente de AP al presentar una desdichada moción de censura contra Felipe González impulsó a Fraga a retomar las riendas dispuesto a convertir al partido conservador en un partido de convergencia ideológica. Consiguió que la Democracia Cristiana (denominación adoptada por el PDP) y el Partido Liberal se fundieran con AP para participar en la refundación del partido que pasó a denominarse Partido Popular. Pero los resultados electorales fueron similares a los anteriores. En las elecciones de octubre de 1989, el PSOE perdió la mayoría absoluta por un escaño (175), pero aunque el Partido Popular no mejoró los resultados (107 diputados y 5,3 millones de votos), la candidatura de José María Aznar en la circunscripción de Madrid venció a la de Felipe González lo que era un buen presagio.

En el Congreso de Sevilla de enero de 1990, Fraga “abdicó” y postuló como sucesor a José María Aznar, que resultó elegido presidente. En su discurso de clausura del Congreso, definió al PP como un partido de “centro reformista”.

Buena parte de la ciudadanía recibió con entusiasmo este giro al centro del PP, que por vez primera desde 1982 se sintió con posibilidades de poner fin a la década socialista. Hubo encuestas que vaticinaron el triunfo de los populares en las elecciones anticipadas convocadas por Felipe González para el 6 de junio de 1993. Pero en aquella ocasión no se cumplió el sueño.  El PP obtuvo un magnífico resultado con 141 diputados y 8,2 millones de votos, mientras el PSOE se quedaba lejos de la mayoría absoluta con 159 diputados y 9,1 millones de votos. Felipe González se mantuvo en el poder gracias al apoyo de Convergencia y Unión, que un año antes del final de la legislatura le dejó caer obligándole a convocar elecciones anticipadas.

En las elecciones del 3 de marzo de 1996, el PP obtuvo el triunfo electoral que estuvo a punto de ser una victoria pírrica pues con 9,7 millones de votos y 156 escaños, seguido a escasa distancia por el PSOE con 9,4 millones de votos y 141 escaños, le faltaban 20 escaños para la mayoría absoluta. IU consiguió 2,6 millones y 21 escaños. La llave del Gobierno estuvo en Convergencia y Unió (CiU), la formación liderada por Jordi Pujol, que con 16 escaños podía dar el Gobierno al PSOE que contaba con el apoyo de IU. Puesto que CIU había hecho caer a Felipe González resultaba incongruente prestarle de nuevo su apoyo. Aznar negoció con habilidad y consiguió el apoyo de Convergencia y de los cuatro diputados de Coalición Canaria. Con 176 escaños ya no necesitaba de más apoyos para la investidura. Mas por insistencia de Jaime Mayor Oreja -que logró convencerle para pactar con el Partido Nacionalista Vasco (PNV)- el presidente popular consiguió el apoyo de los 5 diputados nacionalistas. De modo que Aznar resultó investido por 181 votos a favor y 161 en contra (PSOE e IU) y una abstención. 

El electorado percibió que se podía confiar en el PP por su buen gobierno y esta es la razón por la que el centro reformista de Aznar alcanzaría una amplia mayoría absoluta en las elecciones generales de 2000 con el respaldo de 10,3 millones de votos y 183 escaños, mientras el PSOE descendió a 125 escaños con 7,9 millones de votos.

Todo inducía a pensar que en las elecciones del 14 de marzo de 2004 el PP volvería a revalidar la mayoría absoluta. Pero los atentados del 11-M truncaron las expectativas de Mariano Rajoy, como sucesor de un Aznar que se había impuesto voluntariamente la limitación de su mandato presidencial a dos legislaturas. A causa de la demagogia sembrada por el  PSOE y otros partidos de izquierda, las sedes del PP en muchas ciudades españolas fueron asediadas el día de la reflexión por una muchedumbre enfurecida. El PSOE había hecho creer que el Gobierno había mentido sobre la autoría del atentado y era el responsable de la masacre de Atocha por haber secundado a Bush en la guerra de Irak. Llegaron a inventarse la existencia de un terrorista suicida, información determinante para esclarecer la autoría y el Gobierno lo ocultaba. Estas acusaciones, todas ellas, eran falsas. Pero sirvieron al PSOE para derrotar al PP, aunque éste no cayó en picado pues obtuvo 9,76 millones de votos con 148 escaños, insuficientes frente a los 11 millones de votos y 164 diputados del PSOE. Rodríguez Zapatero resultaría investido con 183 votos (PSOE, IU, CIU, PNV, Coalición Canaria, BNG y  Xunta Aragonesista).

El nuevo presidente del Gobierno no dudó en poner en marcha una serie de medidas que suponían colocar cargas de profundidad en el edificio constitucional español tales como el anuncio de la reforma de la Constitución so pretexto de eliminar la discriminación por razones de sexo en la sucesión a la Corona; la ley de una Memoria Historia sesgada y sectaria, contraria al espíritu de concordia nacional de la Transición que volvía a reavivar el rescoldo de las dos Españas; la promesa de aprobar el proyecto de nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña tal como resultara aprobado por  el Parlamento de Cataluña, que está en el origen del actual estado sedicioso del Principado; la apertura de negociaciones políticas con ETA y HB para un final dialogado de la violencia;  y los bandazos en la política exterior como la retirada de las tropas españolas de la coalición internacional de Iraq, que se mantendrían en Afganistán, al tiempo que tendía la mano al Islam mediante la “Alianza de Civilizaciones” promovida junto a Recep Tayyip Erdogan, dictador turco disfrazado de demócrata, que de cuando en cuando chantajea a la Unión Europea con la amenaza de enviarnos varios millones de migrantes sirios.

A pesar de todo, en las generales de 2008 el PP no consiguió vencer al PSOE si bien Rodríguez Zapatero perdió la mayoría absoluta con 169 diputados y 11,2 millones de votos y, frente a los 154 escaños del PP que obtuvo 10,2 millones de votos. De nuevo fue decisivo para conseguir ser investido el apoyo de los diez diputados de CiU. La irresponsabilidad del presidente socialista al negarse a aceptar la existencia de la crisis económica mundial y practicar una ruinosa política de gasto fue su ruina y provocó un gravísimo daño a la economía nacional con la destrucción de cientos de miles de empleos y el cierre de numerosas empresas.  La ciudadanía volvió sus ojos al PP y en las elecciones generales de noviembre de 2011 fue cuando el partido alcanzará su cénit político. Mariano Rajoy obtuvo 183 escaños con 10,86 millones de votos frente a los 7 millones y 110 escaños del PSOE de Zapatero.

Pero todo induce a pensar que la de Rajoy de 2011 será la última investidura por mayoría absoluta sin necesidad de apoyos externos en mucho tiempo. En las elecciones de 2015, el PP conservó el poder con 137 escaños gracias a la abstención del PSOE que se había quedado en 85. Hubo cambio de líder en el PP en el XIX Congreso de 21 de julio de 2018, que eligió a Pablo Casado. Pero nueve meses después, el nuevo presidente hubo de enfrentarse a unas elecciones generales donde estuvo en juego la propia supervivencia del partido. Entre 2011 y 2016 el PP había perdido 117 escaños. Se puede hablar por todo ello del fin del bipartidismo. No obstante, los 66 escaños obtenidos le permitieron a Casado seguir adelante y al mes siguiente consiguió salvar los muebles en las elecciones autonómicas y municipales. El PP mantiene al día de hoy la presidencia de las Comunidades Autónomas de Madrid, donde además ha recuperado la alcaldía de la capital, Andalucía, Castilla y León, Galicia y Murcia, además de numerosas alcaldías. Es el segundo partido en número de concejales con 20.235 munícipes y 5.058.542 votos, sólo superado por el PSOE con 22.329 actas y 6.657,119 votos. En cuanto al número de diputados provinciales, el  PP es el primer partido con 415 diputados frente a 391 del PSOE.

Tenía razón el actual presidente del PP, Pablo Casado, cuando dijo entonces que la pérdida de votos del PP se inició hace ocho años. Ahora bien, la causa de la gravísima sangría que se materializó en las elecciones de 2015 por la incomprensión sobre las duras políticas que hubo que aplicar para sacar a España de la crisis económica agravada por la irresponsabilidad de Rodríguez Zapatero, no lo explican todo. Lo determinante fue el estallido de los casos de corrupción. Se transmitió la idea, sin que se hiciera nada para evitarlo, que el PP de modo especial en Madrid y en Valencia estaba podrido. El “sé fuerte” de Rajoy a Bárcenas tuvo un efecto letal. A esta página negra de la historia del partido, jaleado hasta el infinito por los partidos rivales que tienen –alguno de ellos– tanto o más corrupción que el PP, se unió la sensación de que no se afrontaba con decisión la crisis catalana y de que se había perdido la legislatura sin utilizar la mayoría absoluta para introducir reformas legislativas en línea con los postulados ideológicos del partido. Todo esto fue el caldo de cultivo que sirvió para que paulatinamente Ciudadanos primero y después Vox encontraran en los votantes del PP un enorme caladero de votos.

El panorama político comenzó a cambiar en Andalucía, donde tras las elecciones autonómicas del 2 de diciembre de 2019 una coalición del PP con Ciudadanos, con el apoyo parlamentario de Vox, consiguió desalojar del poder autonómico al PSOE y poner fin a cuarenta años de socialismo que había implantado en Andalucía un verdadero régimen clientelar y corrupto.

El cambio de Andalucía dio nuevas alas al partido de Santiago Abascal pero también contribuyó a frenar la caída libre del PP, asediado por su derecha (Vox) y por su izquierda (Ciudadanos).  Como ya hemos dicho anteriormente, los 66 escaños obtenidos en mayo de 2019 fue la tabla de salvación. Resulta paradójico que se presentara como un gran éxito electoral los 123 escaños obtenidos por Pedro Sánchez con 7,48 millones de votos. Aun suponiendo que los 3,11 millones de votos a Podemos hubieran sido de votantes potenciales del PSOE, cosa incierta pues en dicha formación se integra Izquierda Unida, el total hubiera sido de 10.598.946 votos. Ahora bien, la suma de votos obtenidos por “las derechas” -expresión guerracivilista- fue de 11,1869.796 votos, si se suman los 4,35 millones del PP, los 4,13 de Ciudadanos y los 2,67 de Vox. 

Algunos analistas políticos consideraron que la causa de la caída del PP era directa consecuencia de  haber cedido el centro a Ciudadanos. Para taponar la hemorragia de votos hacia Vox que auguraban las encuestas, que fueron magnificadas por los medios proclives al socialismo espoleados desde el poder encuestas (llegaron a concederle hasta 70 escaños), el PP sostuvo que no era necesario votar a Vox porque defendía lo mismo e incluso llegó a ofrecerle el último día de la campaña electoral la participación en un futuro gobierno de coalición. Todo ello a pesar de la creciente radicalización del mensaje de Vox, cuya puesta en escena con gestos que recordaban épocas felizmente superadas, permitió al PSOE tocar a rebato al electorado de izquierdas alertando de que el fascismo había resucitado y estaba a punto de alcanzar el poder.

Dos días después del sofocón producido por la aciaga noche electoral del 28 de abril, en el comité ejecutivo del PP se llegó a la conclusión de que resultaba imprescindible volver al centro político. Pero la transmisión de este sentir generalizado pecó de improvisación pues tildar de extrema derecha a Vox, aunque pudiera no ser una exageración, se interpretó como un gesto oportunista. El líder de Vox respondió diciendo que al PP se le estaba poniendo “cara de UCD”.  Pronto había olvidado sus largos años de militancia en un partido como el Partido Popular que en su Congreso de Sevilla de 1990 se consideraba heredero del legado de la UCD. El próximo domingo sabremos si el electorado valora el regreso del PP a la senda del centrismo político reformista.

Doy a la luz estas reflexiones porque si de algo me enorgullezco es de haber pertenecido a una formación política como la UCD, que fue clave para la instauración de la democracia en España y, en lo que a Navarra se refiere impidió que el pueblo navarro fuera abducido al margen de su voluntad por  el nacionalismo vasco y quedara incorporado por la brava a Euskadi. Además de reflejar en la Constitución que sólo el pueblo navarro, y nadie más, tiene derecho a decidir sobre su propio destino en el seno de España, se consiguió otro hito histórico como el amparo y respeto de la Carta Magna a los derechos históricos de los territorios forales, sentando así las bases para negociar con el Estado la plena democratización de nuestras instituciones y el fortalecimiento de nuestro autogobierno mediante la Reintegración y Amejoramiento del Fuero de 1982. Este Estatus Político, que no Estatuto, es el fruto de un nuevo pacto con el Estado que el Partido Popular ha defendido en todo momento y ocasión.


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