Opinión /

Arzalluz o la reencarnación de Sabino Arana (y III)

Por Jaime Ignacio del Burgo 21 Marzo, 2019 - 9:35

El autor concluye con este texto su reflexión sobre la figura del histórico militante del nacionalismo vasco, Xabier Arzalluz, recientemente fallecido. 

El expresidente del PNV Xabier Arzallus junto al el lehendakari actual Iñigo Urkullu. EFE
El expresidente del PNV Xabier Arzallus junto al el lehendakari actual Iñigo Urkullu. EFE

En la entrega anterior expliqué el por qué del rechazo de Garaicoechea a cualquier fórmula de reintegración foral, a pesar de haberla propuesto, en un gesto testimonial, similar al que el Partido Socialista había hecho con su enmienda sobre la República. Garaicoechea le soltó los perros por el error cometido y Arzalluz tuvo que tragarse su orgullo y rectificar en la votación definitiva producida en el Pleno de la Cámara. Toda su labor de consenso había sido inútil, pese a que Arzalluz era plenamente consciente del triunfo que suponía la disposición adicional y la disposición derogatoria de las leyes de 1839 y 1876. 

El sabía muy bien que la disposición vituperada por Garaicoechea garantizaba la reintegración de los regímenes forales, dentro del pleno amparo a sus derechos históricos y que, como proponía la enmienda nacionalista, el proceso de reintegración o actualización general de los regímenes forales se habría llevado a cabo mediante negociación o pacto con el Estado, como lo demostró Navarra en 1982. Lo único que no se había incorporado era la insólita propuesta de renovación del Pacto Foral con la Corona, pero el propio Arzalluz no había hecho de ella cuestión de principio, máxime cuando él mismo había aceptado en el artículo 1º que la titularidad de la soberanía correspondía al pueblo español por lo que difícilmente podía renovarse pacto alguno con un rey carente de ningún poder efectivo.

Arzalluz volvió, pues, a Bilbao con el rabo entre piernas y mantuvo una discreta intervención a la hora de negociar el Estatuto vasco, cuya gloria es atribuible a Carlos Garaicoechea.  Pero Arzalluz defendió con entusiasmo el voto favorable de la ciudadanía vasca al Estatuto. Cuando en 1980 Carlos Garaicoechea se convierte en lendakari Arzalluz invoca los  estatutos del partido que establecían la incompatibilidad de cargos institucionales, al menos el de lendakari con los de dirección del partido, por lo que se vio precisado a dimitir. Una dimisión que proporcionará a Arzalluz una oportunidad de oro, pues los “burukides” le nombran presidente del Euzkadi Buru Batzar. Desde entonces, maneja todos los hilos de la política vasca.

Cuando Garaicoechea ya no pudo soportar el maquiavelismo de Arzalluz, tiró la toalla, dimitió y se puso al frente de Eusko Alkartasuna, una escisión del PNV. Es un milagro que consiguiera sobrevivir frente a un adversario tan poderoso. Quizás la causa haya que encontrarla en la tradicional rivalidad entre vizcaínos y guipuzcoanos. A pesar de su origen guipuzcoano, Arzalluz tenía su feudo en Vizcaya. Son dignas de ver unas declaraciones de Arzalluz a ETB en las que expresa su desprecio a la Real Sociedad, el equipo de San Sebastián, por llamarse Real. En cambio, Garaicoechea se mantuvo gracias al apoyo de Guipúzcoa. Hay algo que lo distingue de su adversario. A diferencia de Arzalluz, Garaicoechea ha acudido siempre a las elecciones y mantenido una postura nítida respecto a los objetivos últimos de su partido. Arzalluz ha sido el maestro del doble juego y del lenguaje trampa. En las campas del País Vasco su verbo electriza a sus seguidores cuando les anuncia el camino para la ansiada independencia. En Madrid, logró hacer creer a muchos  que sus excesos verbales no tenían otro objetivo que el de hacer frente al acoso del abertzalismo radical sobre sus bases, pero que a la hora de la verdad era un colaborador leal al que había que dejar el campo libre en Euzkadi. ¡Qué gran equivocación!

Una vez conseguido el poder omnímodo en el seno de su partido, Arzalluz decidió dos cosas. La primera, no volver a presentarse a ninguna elección para el desempeño de una función representativa en las instituciones estatales o autonómicas y mucho menos para ser lendakari. A tal efecto le venía como anillo al dedo la incompatibilidad establecida en los estatutos nacionalistas entre la dirección política del partido y la función ejecutiva. La segunda, que en lo sucesivo, y tras el ajuste de cuentas con Garaicoechea, él se ocuparía de que los lendakaris fueran personas de lealtad acrisolada al partido, es decir, a su persona. Ardanza e Ibarreche son un claro ejemplo.

Para llevar a cabo ambos propósitos, Arzalluz necesitaba hacerse con el dominio total del partido y para ello suscitar la adhesión de los militantes. Puso manos a la obra. Para enardecer a las masas nacionalistas se convirtió en un provocador nato, papel que desempeña a la perfección. Estar en el centro de la polémica le permitió un acusado protagonismo y, además, presentarse ante sus fieles como una víctima del acoso españolista. Todo lo que sirva para remover el poso del nacionalismo auténtico o, mejor dicho, sabiniano que subyace en buena parte de los militantes del partido era bueno para su supervivencia política.

Arzalluz fue un ferviente aranista. Su pensamiento está presente incluso cuando finge apartarse de él. A la pregunta de si comparte el racismo que rezuman los escritos de Sabino Arana, Arzalluz no duda en negar al fundador hasta tres veces, si hace falta. Pero a renglón seguido le encuentra una disculpa. En tiempos de Arana -Arzalluz dixit- la idea de la raza como fundamento de la nacionalidad era valor comúnmente aceptado en Europa.

El País Vasco se encontraba postrado por la pérdida de los Fueros y había que inyectarle un nuevo espíritu de resistencia. Para ello nada mejor que exaltar sus características raciales y su limpieza de sangre frente a la invasión maketa. En esas explicaciones andaba un día, cuando Arzalluz soltó una de sus frases más célebres: “Prefiero un negro que hable el euskera a un blanco que lo ignore”. Con esta barbaridad pretendía demostrar su rechazo al racismo, pero -si se analiza detenidamente- la cosa es bien distinta. En efecto, Arzalluz -al igual que Arana- divide la sociedad vasca en dos bandos. Para el fundador en Euzkadi viven dos clases de ciudadanos: los vascos de raza y los maketos. Para el moderno conductor nacionalista la sociedad vasca se divide en dos clases de ciudadanos: los que saben euskera y lo que no lo saben. En ambos casos, se acentúa la diversidad étnica para sacar de ella consecuencias políticas. Dicho con crudeza, a Arzalluz le traicionó el subconsciente. Para él, un blanco es mejor que un negro, salvo que éste sepa euskera, en cuyo caso la negritud es mejor que la blancura de todos los vascos no euskaldunes.

Para Arzalluz lo esencial es conseguir el mayor número posible de vascos euskaldunes. Por eso cuando se entera de la posibilidad de que a Bilbao vaya de obispo “un tal Blázquez”, reacciona airadamente porque el designado ni es vasco ni sabe euskera. Es tanta su santa indignación que amenaza incluso con provocar un grave conflicto con la Iglesia.

Atiza constantemente, erga omnes, el fuego del victimismo vasco. Predica la animadversión que según él se profesa "en España" a todo lo vasco. Tenemos a todos en contra. Nos odian por ser vascos, repite una vez tras otra con ese tono despreciativo e irritado que le caracteriza. Arzalluz se refiere siempre a “ellos” -el enemigo- frente a “nosotros”. Es la dicotomía favorita del patriarca nacionalista que parece estar siempre de mal humor. “Ellos" son la Iglesia, por su falta de sensibilidad, o el rey, porque defiende una idea trasnochada de la unidad de España, o las Fuerzas Armadas porque, según su peculiar interpretación, mantienen a España en libertad vigilada a tenor de lo dispuesto en el artículo 8º de la Constitución, o, simplemente, los partidos no nacionalistas. “Ellos” son también los medios de comunicación invasores -si son de "allí"- o españolistas -si son de "aquí"-, contra los que el nacionalismo lucha en condición de inferioridad, pese al uso y abuso de dos canales de televisión -“la televisión de aquí”- y de varias emisoras de radio.

Un buen día, Arzalluz, en perfecta coordinación con sus amigos de EH, denunció públicamente a un grupo de periodistas por su fobia antinacionalista. Con el lenguaje belicoso que le caracteriza se refirió a su pertenencia a “la Brunete mediática”, en alusión a la unidad militar situada en las cercanías de Madrid y en la que los golpistas del 23-F habían depositado vanamente sus esperanzas. "Estamos ante un auténtico 18 de julio sin cañones, que ya no son presentables en Europa", aunque "todo 18 de julio contra los vascos desembocará en la decisión de plantar cara a cualquier invasión, sea mediática o masiva. No van a amilanarnos en el ejercicio de nuestra libertad de expresión y de nuestro elemental derecho de autodefensa". En su delirio, Arzalluz arremete también contra Angel Arnedo, director del periódico bilbaíno "El Correo" del que dice que es militar (hizo milicias universitarias) y nada menos que "utiliza la violencia mediática". Ataque que no era nuevo, pues en 1996 la ejecutiva del PNV había declarado el "boicot" al mismo periódico, cuyo director era por aquel entonces José Antonio Zarzalejos, víctima de una especial campaña de acoso por parte de las juventudes nacionalistas. Pues bien, poco después de esta denuncia, publicada en el periódico nacionalista "Deia", algunos de los miembros de esa supuesta división acorazada mediática fueron amenazados por los elementos proetarras y, en algún caso, recibió cartas bomba. Y es que los “chicos de ETA” o “los chicos de la gasolina”, o los “patriotas” que practican la lucha armada, que de todas esas maneras los llama cariñosamente Arzalluz, siguen atentos a sus palabras y llevan sus enseñanzas hasta sus últimas consecuencias.

El componente xenófobo del pensamiento de Arzalluz se pone de manifiesto cuando afirma que la culpa de que el País Vasco no haya alcanzado la independencia es de los inmigrantes: “En este país, durante cuarenta años, hubo una inmigración tremenda.... Muy bien, buscaban su trabajo. Pero ellos diluyeron el mal que había hecho Franco, porque si no hubiera sido por la inmigración habríamos podido hacer un referéndum de autodeterminación y ganarlo tranquilamente”.  Les reprocha que sus hijos no aprendan vascuence, como si fuera el idioma universal de todos los nacidos en el País Vasco: “¿Es mucho pedir que no pisen lo nuestro y que sus hijos aprendan la lengua de aquí?”.

Los vascos recorrieron el mundo bajo las banderas de Castilla. En cualquier parte de España fueron, son y serán bien recibidos. Es más, las estadísticas demuestran que hay casi cuatro millones de españoles que tienen algún apellido de origen vasco. Nadie pasó factura a quienes por una razón u otra se afincaron fuera del País Vasco. Pero, si es a la inversa, Arzalluz sí lo hace: “Tenemos un pueblo dividido Ha venido mucha gente de fuera. No creo que los vascos nos hayamos portado mal con la gente de fuera, y ahora parece que éstos quieren apropiarse de nuestro país”. Por si quedaran dudas remachó el clavo: “No puede concebirse que los de fuera se conviertan por los votos en dueños de nuestra casa, que así se vaya perdiendo nuestra identidad, ya que a algunos no les importa nada, y no estoy hablando de limpieza étnica”. Consciente de las críticas que estas palabras le iban a reportar aclaró, consiguiendo sólo estropearlo aún más: “Y una cosa es todo eso de la limpieza étnica e historias parecidas, y estamos en contra de todo eso (no creo que los vascos hemos sido nunca así), y otra el que los de fuera, con el voto de fuera sean los dueños de la casa. Y perdamos todo nuestro ser y nuestra esencia porque a algunos no les interesa en absoluto. Y menos aún, si las cosas van así por medio de la colaboración de algunos de aquí”.

El pensamiento sabiniano sigue, pues, bien presente. A Arzalluz no le gustaban los de fuera, es decir, quienes por razones de trabajo y para contribuir a la prosperidad del País Vasco se establecen en él procedentes de otros lugares de España. Y no le gustaban porque los de fuera, en colaboración con algunos descastados de dentro, destruyen la identidad vasca.

Lo expresó con toda claridad en una entrevista concedida al periódico alemán "Die Welt". Cuando el periodista le hizo la consideración de que en el País Vasco vive mucha gente que no quiere una ruptura con España, volvió a surgir su obsesión por los inmigrantes a los que culpabiliza de la actual situación de Euzkadi. Su respuesta es de las que hacen época: "Nosotros tenemos muchos inmigrantes que llegaron bajo el régimen de Franco. Entonces se plantea la misma pregunta que en Alemania: ¿Es alemán un turco que haya vivido varias décadas en Alemania? ¿Quiere serlo? No todos los que viven con nosotros quieren ser vascos". Para Arzalluz un español no vasco que decida ir a vivir al País Vasco es como un turco en Alemania, es decir, alguien de otro pueblo, de otra lengua, de otra cultura que por razones de necesidad se ve obligado a abandonar su país de origen, pero que en todo caso sigue siendo un extranjero. Sabino Arana está siempre presente en la mente de Arzalluz. Ya lo dijo con su sabiduría característica, y lo he recordado al comienzo de este capítulo, otro gran vasco y vascófilo, escéptico y zumbón, como fue Julio Caro Baroja: "Uno puede presumir de marxista, de liberal, de conservador, de lo que quiera, porque tienen un camino y una formulación dialéctica. Pero tener las ideas de Sabino Arana como base, para eso es mejor suicidarse". Arzalluz no acepta, claro es, el consejo. Prefiere conducir a su pueblo al suicidio colectivo.

Las alusiones al tamaño del cráneo y al RH negativo por parte de Arzalluz han sido también motivo de chirigota. Para el dirigente nacionalista no son para tomarlas a broma, pues se trata de un elemento objetivo que demuestra la singularidad del pueblo vasco.

Arzalluz no tiene en cuenta dos realidades básicas. La primera, que el nivel de pobreza del País Vasco era tal que entre los siglos XVI a XIX se produjo una emigración masiva de vascos en búsqueda de mejor suerte a través de las oportunidades ofrecidas a lo largo y ancho del extenso imperio español y que no tuvieron el menor empacho en mezclar su RH con individuos/as de otras razas o de otras etnias. La segunda, que cuando la Revolución industrial convirtió al hierro en la principal materia prima, el País Vasco -singularmente Vizcaya- acogió una primera oleada de gentes llegadas de muchos lugares de España, a la que siguió otra gran oleada, en pleno siglo XX, al amparo del espectacular desarrollo de la industria vasca impulsado por el régimen franquista.

Hablar por eso de características raciales en los vascos de hoy carece del menor rigor científico, salvo para Arzalluz, que en el fondo de su alma repudia el mestizaje. "Si antes -explicó en una conferencia pronunciada en 1993, al margen por tanto de toda improvisación- andaban los antropólogos con sus craneometrías, y luego los hematólogos con el RH de la sangre y demás y encontraban siempre entre los vascos alguna característica especial, vienen ahora los biólogos, como Cavalli-Sforza y otros a cuenta del neomonogenismo, es decir, en la tesis de que esta humanidad a la que pertenecemos viene de una pareja. Y va y nos dicen que surgió en África y cómo vinieron a Europa, y, ¡cosa admirable! que la sangre de aquellos hombres que se asentaron en Europa hace 35.000 años, diríamos los hombres de Cromagnon, sólo corre hoy por las venas de los vascos. Esto puede ser importante para unos y no tener importancia para otros. Esa es una cuestión diferente. Pero esto trae consigo una realidad: la singularidad de este pueblo. Nos hallamos, sin duda, ante un dato objetivo". En el coloquio precisó aún más esta idea: "Cuando he dicho que Cavalli-Sforza, los antropólogos, la craneometría, el "factor Rhesus" o de cuestiones de sangre, estoy hablando de razas. Ese es un dato objetivo. El racismo comienza cuando alguien, por el hecho de tener ojos azules o cabellos rubios o porque el otro es negro, cree que es más que el otro. Ahí comienza el racismo. Eso es lo que hicieron Hitler, y Chamberlan y Rosemberg y todos esos. [¿No fue Arana el que hablaba de la superioridad del vasco frente al español?] Ahí estropearon el concepto. Cuando digo que el pueblo vasco es un pueblo singular; que un pueblo tan pequeño, después de pasar todo lo que ha pasado, ha conservado una lengua tan antigua, anterior a los romanos, que haya conservado una especificidad sanguínea, etc., no estoy diciendo que el euskera es mejor que el inglés. Eso sólo quiere decir una cosa: que aquí ha convivido entre sí durante tanto tiempo una serie de gente. Y si aún conserva una especificidad sanguínea (y no sé si el RH positivo es mejor que el negativo o no), el convivir durante tantísimo tiempo, sólo significa que ha desarrollado en su seno una serie de cosas, y no sólo la lengua, sino la filosofía que contiene está en su categoría de valores. Todo esto es lo que crea la singularidad y no la sangre. La sangre es una característica que indica que hemos vivido aquí durante milenios. Y si hemos convivido todos esos milenios hemos desarrollado nuestro ser, el suyo y el mío, que nos diferencian de otros, ¿no tenemos derecho a vivir conforme a nuestro modo de ser? ¿a vivir tal como somos?"

Ahí está una vez más presente la diferencia de raza como fundamento de la nacionalidad, pues de ella se derivan todos los demás caracteres como la lengua y la cultura. ¿Y si somos un pueblo racial y étnicamente distinto de los demás -piensa Arzalluz-, por qué se nos niega el derecho a la independencia, mientras que sí se reconoce a estonianos, eslovenos y eslovacos? El País Vasco no es en absoluto un trozo de tierra española, donde los españoles puedan establecerse libremente sin sentirse extraños en su propia casa. Es una tierra donde vive una etnia con características raciales y lingüísticas distintas invadida por quienes, salvo excepciones, no respetan la identidad vasca. Los no nacidos en el País Vasco no deberían tener derecho a voto. La consecuencia del mestizaje es para Arzalluz la pérdida de la identidad nacional.

Después de lo que acabo de exponer, es evidente que Sabino Arana volvió a hablar por boca de Arzalluz, aunque hubiera dulcificado su pensamiento rabiosamente racista, ante la realidad social existente en el País Vasco desde hace siglo y medio. Y me refiero al País Vasco propiamente dicho, es decir, al integrado únicamente por las Provincias Vascongadas. Porque Arzalluz, para el que Navarra forma parte de Euzkadi o Euskal Herria, olvida que en el viejo Reino la pluralidad étnica -el mestizaje- ha sido desde la antigüedad  una característica histórica.

Pero para Arzalluz, Navarra no es nada o sólo un incordio. Cometió una grave equivocación en tiempos de la transición, cuando quiso doblegar la voluntad de los navarros tratando de aplicar una política de hechos consumados. Desde entonces se siente incómodo en Navarra. Tiene la sensación -lo ha dicho y se irrita por ello- de que es tratado como un invasor. En agosto de 1977 amenazó con traer la "guerra política" y cosechó la primera derrota gracias a la primera rebelión de los demócratas­­­­­­­­ que se produjo en nuestra tierra frente al acoso nacionalista y a la acción combinada del radicalismo abertzale.

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(*) Antología de textos sobre el pensamiento racista, xenófobo y machista de Sabino Arana, fundador del PNV, extraídos del libro titulado “Obras completas de Arana-Goiri, Tar Sabin (Sabino de Arana-Goiri”, segunda edición, tres tomos, Editorial Sendoa argitaldaria”, San Sebastián, 1980:

“Bizkaya se constituirá, si no exclusivamente, principalmente con familias de raza euskeriana”.

“Nosotros odiamos a España con toda nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de esta vitanda esclavitud”.

“Si a esta nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas, como agobia y aflige al ánimo del náufrago el no divisar en el horizonte ni costa ni embarcación, el que España prosperara y se engrandeciera”. [He aquí la versión sabiniana del precepto evangélico del amor a los semejantes: odiarás a tu prójimo y no le desearás ningún mal, y eso sin citar la heroica exigencia de no perdonar jamás a los enemigos].

“El odio cordial que nosotros profesamos a España se funda en el amor igualmente vivo que tenemos a Euskeria, nuestra Patria...”.

“Las dos bases fundamentales de la unión de los estados euskerianos [Laburdi y Zuberoa, al norte del Bidasoa y el Pirineo; Bizkaya, Gipuzkoa y Araba al Sur, Nabarra –así la llamaba Arana, no “Nafarroa” que es una imposición vasco-labortana de los creadores del “batua”, que nunca identificó al Reino de Navarra, al igual que Iruña tampoco identificó históricamente a Pamplona- a un lado y otro de dicha línea] para constituir la Confederación nacional: unidad de raza en lo posible; unidad católica”.

“Hablamos de raza en el sentido de conjunto de familias que proceden directamente de un mismo origen más o menos remoto. En este sentido concreto, raza es lo mismo que nación, gente o pueblo”.

“Si fuese moralmente posible una Bizkaya foral y euzkeldun (o con Euzkera), pero con raza maketa, su realización sería la cosa más odiosa del mundo, la más rastrera aberración de un pueblo, la evolución política más inicua y la falsedad más estupenda de la historia”.

“Vuestra raza, singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española, ni con la francesa, que son sus vecinas, ni con raza alguna del mundo, era la que constituía a vuestra Patria Bizkaya; y vosotros, sin pizca de dignidad y sin respeto a vuestros padres, habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa, y estáis procurando que esta raza envilecida sustituya a la vuestra en el territorio de vuestra Patria”. [No puedo dejar de apostillar. Si según Arana se ha producido tan vil mezcla -y eso antes de tener lugar la segunda gran inmigración al País Vasco después de la guerra civil de 1936- la conclusión sería la de que ya no existe ninguna raza vasca y, en consecuencia, tampoco la nación sustentada en ella. La culpa de tal desastre la tendría lo que parece una secular afición vasca: acostarse con españoles/as y traer al mundo maketitos/as].

“¡Ya lo sabéis, euzkeldunes, para amar el Euzkera tenéis que odiar a España!”.

“Si nos dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que solo hablasen el Euzkera y una Bizkaya poblada de bizkainos que solo hablasen el castellano, escogeríamos sin dubitar esta segunda, porque es preferible la sustancia bizkaina con accidentes exóticos que pueden eliminarse y sustituirse por los naturales, a una sustancia exótica con propiedades bizkainas que nunca podrían cambiarla”.

“Si hubieran estudiado una miaja de Geografía política y hubiesen tenido al estudiarla una pizca de sentido común, sabrían que al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez, y que al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas nacionales son honestas y decorosas hasta la perfección; y entonces no les chocaría que el alcalde de un pueblo euskeriano prohibiese el bailar al uso maketo, como es el hacerlo abrazado asquerosamente a la pareja, para restaurar en su lugar el baile nacional de Euskeria”. [Como dirían los jóvenes de hoy, ¡qué fuerte!].

“Vuestros usos y costumbres eran dignos de la nobleza, virtud y virilidad de nuestro pueblo; y vosotros, degenerados y corrompidos por la influencia española, o los habéis adulterado por completo, o los habéis reemplazado por los usos y costumbres de un pueblo a la vez afeminado y embrutecido”.

“Si se diera una Bizkaya, libre sí, pero constituida por la raza española, ¿sería de verdad Bizkaya? Sólo en los mapas...”.

“Si desapareciese nuestra raza de estas montañas, y en éstas y con el nombre de Euzkadi se constituyese la confederación de sus seis estados parciales... esta Euzkadi no sería nuestra Patria, sino otra Euzkadi diferente”.

“Nosotros, los euskerianos, debemos saber que la Patria se mide por la raza, la historia, las leyes, las costumbres, el carácter y la lengua, y que esta Euskeria nuestra podría ser tan Euskeria asentada en las estribaciones occidentales del Pirineo y en el golfo de Bizkaya, como trasladada a una isla del Pacífico o a las costas de los Grandes Lagos africanos”. [No he caído en la tentación de comentar esta machada o necedad, aunque me viene a la memoria el pasaje de un libro publicado en los años treinta que refleja hasta qué punto las ideas sabinianas influían incluso en sectores no nacionalistas de la sociedad vasca. Me refiero a José María Salaverria, defensor a ultranza de la españolidad del País Vasco, que sin embargo se lamentaba de la posible extinción de la raza vasca ante las inevitables migraciones de gentes forasteras y proponía para evitarlo “reservar o acotar un territorio de algunos kilómetros cuadrados de superficie y meter en él cinco o diez mil ejemplares escogidos (de vascos puros) para que vivieran de sus recursos, según sus necesidades antropológicas y exentos de toda contaminación y mestizaje. Así se guardaría ese tesoro racial, que es, lo repito, tan digno de protección como un monumento arquitectónico. Para las investigaciones del porvenir, como documento científico vivo y hasta como motivo de curiosidad y de belleza, el coto cerrado de la raza vascongada sería una obra de importancia grandísima” (Del libro Iparraguirre. El último bardo. Espasa Calpe, 1932, págs. 176 y ss.).

“En Cataluña todo elemento procedente del resto de España lo catalanizan, y les place a sus naturales que hasta los municipales aragoneses y castellanos de Barcelona hablen catalán; aquí padecemos muy mucho cuando vemos la firma de un Pérez al pie de unos versos euzkéricos, oímos hablar nuestra lengua a un cochero riojano o a un liencero pasiego [vendedor de telas procedente de la localidad cántabra de Pas] o a un gitano, o cuando al leer la lista de marineros náufragos de Bizkaya tropezamos con un apellido maketo”.

“Para los catalanes sería una gloria el que el Gobierno español designase al idioma catalán para lengua oficial de toda España; al paso que si eso se hiciera con el Euzkera, sería para nosotros el golpe inevitable de muerte asestado por la diplomacia más refinada”. [Estas referencias a Cataluña ponen de manifiesto la distinta naturaleza de los nacionalismos vasco y catalán en su origen. Mientras que el catalán tenía un componente cultural, cuyo reconocimiento era lo fundamental sin que de él se desprendiera una voluntad separatista, el vasco se asentaba en un racismo exacerbado, dogmático y excluyente incompatible no sólo con el resto de España sino incluso con los vascos peyorativamente tildados de españolismo. Recientemente, Arzalluz ha actualizado este pensamiento de Arana. Para justificar a un periodista extranjero por qué el nacionalismo catalán era pacífico mientras el vasco no,  no se le ocurrió nada mejor que hacer esta comparación: “Uno no se imagina a un catalán con un arma en la mano. A un vasco, sí. Esto no es bueno, pero es así. Es una cuestión de carácter”. Es tremenda esta frase porque para Arzalluz los asesinatos de ETA son consecuencia del instinto homicida que, al parecer, lleva el vasco en sus genes. No cabe mayor despropósito ni mayor insulto al pueblo vasco].

“Nosotros a ningún maketo, a ningún españolista odiamos tanto como al español o españolista, que, conociendo de alguna manera la historia de Bizkaya, se la da falseada, adulterada y españolizada al pueblo bizkaino, para servirse de él en provecho de algún partido español”.

“Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada”.

“Si nuestros invasores aprendieran Euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego o cualquier otro idioma desconocido para ellos, mientras estuviésemos sujetos a su dominio”. [¿Cabe mayor estupidez?]

“En pueblos tan degenerados como el maketo y maketizado, resulta el universal sufragio un verdadero crimen, un suicidio”.

“Gran daño hacen a la Patria cien maketos que no saben euzkera. Mayor es el que le hace un solo maketo que lo sepa”.

“Para el corazón de la Patria, cada vasco que no sabe euzkera es una espina; dos espinas cada vasco que lo sabe y no es patriota; tres espinas cada español que habla el euzkera”.

***

Por último, transcribo en su integridad otro de los textos más relevantes del pensamiento racista y xenófobo de Sabino Arana, que figura en las páginas 626 a 628, del tomo I de sus Obras Completas (Editorial Sendoa, San Sebastián, 1980).

"Por el tipo, el carácter y las costumbres, ¿es español el bizkaino?

La fisonomía del bizkaino es inteligente y noble; la del español inexpresiva y adusta.

El bizkaino es de andar apuesto y varonil; el español, o no sabe andar (ejemplo, los quintos) o si es apuesto, es tipo femenil (ejemplo, el torero).

El bizkaino es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe.

El bizcaino es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos. Preguntádselo a cualquier contratista de obras, y sabréis que un bizkaino hace en igual tiempo tanto como tres maketos juntos.

El bizkaino es laborioso (ved labradas sus montañas hasta la cumbre); el español, perezoso y vago (contemplad sus inmensas llanuras desprovistas en absoluto de vegetación).

El bizkaino es emprendedor (leed la historia y miradlo hoy ocupando elevados y considerados puestos en todas partes... menos en su Patria); el español nada emprende, a nada se atreve, para nada vale (examinad el estado de sus colonias).

El bizkaino no vale para servir, ha nacido para ser señor (etxejaun); el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo (pulsad la empleomanía dentro de España, y si vais fuera de ella le veréis ejerciendo los oficios más humildes).

El bizkaino degenera en carácter si roza con el extraño; el español necesita de cuando en cuando una invasión extranjera que le civilice.

El bizkaino es caritativo aun para sus enemigos (que lo digan los lisiados españoles que atestan las romerías del interior y mendigan de caserío en caserío); el español es avaro aun para sus hermanos (testigo Santander cuando pidió auxilio a las ciudades españolas en la consabida catástrofe).

El bizkaino es digno, a veces con exceso, y si cae en la indigencia, capaz de dejarse morir de hambre antes de pedir limosna (preguntádselo a las Conferencias de San Vicente de Paul); el español es bajo hasta el colmo, y aunque se encuentre sano, prefiere vivir a cuenta del prójimo antes que trabajar (contad, si podéis, los millares de mendigos de profesión que hay en España y sumadlos con los que anualmente nos envía a Euskeria).

Interrogad al bizkaino qué es lo que quiere, y os dirá trabajo el día laborable e iglesia y tamboril el día festivo; haced lo mismo con los españoles y os contestarán pan y toros un día y otro también, cubierto por el manto azul de su puro cielo y calentado al ardiente sol de Marruecos y España).

Ved un baile bizkaino presidido por las autoridades eclesiástica y civil, y sentiréis regocijarse el ánimo al son del txistu, la alboka o la dulzaina y al ver unidos en admirable consorcio el más sencillo candor y la más loca alegría; presenciad un baile español, y si no os causa náuseas el liviano, asqueroso y cínico abrazo de los dos sexos queda acreditada la robustez de vuestro estómago, pero decidnos luego si os ha divertido el espectáculo o más bien os ha producido hastío y tristeza. [Arana, además de xenófobo y reaccionario era un reprimido sexual].

En romerías de bizkainos, rara vez ocurren riñas, y si acaso se inicia alguna reyerta, oiréis sonar una media docena de puñetazos, y todo concluido; asistid a una romería española, y si no veis brillar la traidora navaja y enrojecerse el suelo, seguros podéis estar de que aquel día el sol ha salido por el oeste.

El aseo del bizkaino es proverbial (recordad que, cuando en la última guerra [se refiere a la tercera guerra carlista de 1872 a 1876] andaban hasta por Nabarra, ninguna semana les faltaba la muda interior completa que sus madres o hermanos les llevaban recorriendo a pie la distancia); el español apenas se lava una vez en su vida y se muda una vez al año.

La familia vizcaína atiende más a la alimentación que al vestido, que aunque limpio siempre es modesto; id a España y veréis familias cuyas hijas no comen en casa más que cebolla, pimientos y tomate crudo, pero que en la calle visten sombrero, si bien su ropa interior es peor menealla.

El bizkaino que vive en las montañas, que es el verdadero bizkaino, es, por natural carácter, religioso (asistid a una misa en aldea apartada, y quedaréis edificados); el español que habita lejos de las poblaciones, que es el verdadero español, o no sabe una palabra de religión, o es fanático, o es impío (ejemplos de lo primero en cualquier región española; de lo segundo entre los bandidos andaluces, que usan escapulario, y de lo tercero aquí en Bizkaya, en Sestao, donde todos los españoles, que no son pocos, son librepensadores).

Oídle hablar a un bizkaino, y escucharéis la más eufónica, moral y culta de las lenguas; oídle a un español, y si sólo le oís rebuznar, podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias.

El bizkaino es amante de su familia y su hogar (cuanto a lo primero, sabido es que el adulterio es muy raro en familias no inficionadas de la influencia maketa, esto es, en las familias genuinamente bizkainas; y cuanto a lo segundo, si el bizkaino por su carácter emprendedor, se ausenta de su hogar, no le pasa día en que no suspire por volver a él); entre los españoles, el adulterio es frecuente así en las clases elevadas como en las humildes, y la afección al hogar en estas últimas nula, porque no la tienen.

Por último, según la estadística, el noventa y cinco por ciento de los crímenes que se perpetran en Bizkaya se deben a mano española, y de cuatro de los cinco restantes son autores, bizkainos españolizados.

Decid, pues, ahora si el bizkaino es español por su tipo, carácter y costumbres".


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