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Arzalluz o la reencarnación de Sabino Arana (II)

Por Jaime Ignacio del Burgo 17 marzo, 2019 - 9:11

El autor prosigue en este texto con su reflexión sobre la figura del histórico militante del nacionalismo vasco, Xabier Arzalluz, recientemente fallecido. 

Xabier Arzalluz, político nacionalista del PNV recientemente fallecido.
Xabier Arzalluz, político nacionalista del PNV recientemente fallecido.

Javier Arzalluz irrumpe en la primera línea de la política al resultar elegido diputado por Guipúzcoa en las primeras elecciones del 15 de junio de 1977, las primeras elecciones auténticamente democráticas de la historia de nuestro país. Como ya relaté en la primera entrega, el presidente del PNV era Carlos Garaicoechea. Había sido elegido tres meses antes por la ejecutiva del partido compuesta por doce “burukides”, tres por cada territorio. Arzalluz ha referido en sus memorias que la propuesta a favor de Garaicoechea la hizo él, pues aunque todos tenían en mente que lo lógico hubiera sido nombrar al histórico dirigente Juan Ajuriaguerra, él argumento que había que rejuvenecer la imagen exterior del partido con una persona joven, bien formada y sobre todo por su condición de navarro. Su propuesta fue aceptada por unanimidad. Garaicoechea, por su parte, dice en sus memorias que fue Ajuriaguerra quien propició su nombramiento. Sea lo que fuere, Arzalluz reconoció en 2005 que, por su parte, “aquello fue una ligereza”.

El argumento principal de Arzalluz a favor de Garaicoechea había sido que “si persistimos en que Nafarroa forma parte de Euskadi y queremos poner esa reivindicación en primer plano, creo que sería acertado que eligiéramos a un navarro”. Visto con perspectiva, habría que decir que gracias a esa “ligereza” un desconocido como Arzalluz se convirtió en la voz del PNV en las Cortes constituyentes, lo que le daría un extraordinario protagonismo. No hay ninguna duda de que si Garaicoechea no hubiera cosechado un estrepitoso fracaso en Navarra, habría ejercido el liderazgo del partido durante el proceso constituyente.

En marzo de 2018, ETB emitió un documental titulado “Historia política de Euskadi” teniendo como principal invitado a Javier Arzalluz. Una de sus afirmaciones se refiere al papel desempeñado por los nacionalistas vascos en la elaboración de la Constitución. “Nosotros, los nacionalistas vascos, no estuvimos a la hora de hacer este texto, ni nos enteramos, por ejemplo, del artículo 8º. Nos enteramos después, cuando vimos el texto tan brutal como es el artículo 8º, en el que otorga a las fuerzas armadas la facultad de ser garantes de la Constitución y, por tanto, no ya todo el Parlamento, mientras las fuerzas armadas no acepten una modificación constitucional, tienen todo el derecho a impedirlo”. (...) “O sea que hacen una Constitución a la turca. Solo por eso, no aceptaríamos nosotros una Constitución, independientemente de que lo hiciéramos o no como vascos, solo como demócratas. Y a mí, hoy, me da vergüenza ajena, porque no veo que citen este artículo, no veo que nadie acuda a este artículo, no piensan el supuesto que, en un momento dado, como ahora en Catalunya, intervenga el ejército. Nadie quiere hablar de esto”.

No voy a utilizar ningún epíteto para calificar a Arzalluz. Simplemente diré que no resistiría la prueba del polígrafo, simplemente porque no dice la verdad. Es cierto que el PNV no tuvo representación en la ponencia que elaboró el anteproyecto de la Constitución. Pero en realidad ese fue el pistoletazo de salida para el gran debate que se produjo en el Congreso y en el Senado a renglón seguido y en el que el PNV y, en concreto, Arzalluz fueron objeto de un trato especial habida cuenta de que todas las fuerzas políticas deseaban lograr una solución definitiva a la cuestión vasca, vista la inutilidad de la Ley de amnistía para acabar con el terrorismo de ETA, y dar satisfacción a las reivindicaciones forales tanto de las Provincias vascas y  de Navarra.

Resulta inconcebible que Arzalluz hubiera dicho que los nacionalistas vascos no estuvieron a la hora de hacer la Constitución. “Nos enteramos después cuando vimos el texto tan brutal como es el artículo 8º…”.  Un precepto que encomienda a las Fuerzas Armadas la misión de ser garantes de la soberanía e independencia de España, la integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Pues bien, no sólo el PNV no presentó ninguna enmienda al referido precepto, ni en el Congreso ni en el Senado, sino que él mismo votó a favor en la Comisión del Congreso (sesión del 16 de mayo de 1978) donde fue aprobado por unanimidad. 

La verdad es que su actuación en el debate constitucional pesó siempre como una losa sobre la conciencia de Arzalluz. Porque en sus discursos tanto en Comisión como en Pleno no hay ni rastro del político combativo hasta la agresividad, peleón e incluso faltón [Fernando Múgica, al quien ETA asesinó a su padre, resalta “su aire de cacique antiguo, enfadado y pendenciero, dominador de su sociedad cerrada y amante de las conductas inducidas por el miedo”] que fue la característica de su actuación desde que consiguió alzarse con el poder absoluto siguiendo fielmente las huellas de su admirado Sabino Policarpo Arana Goiri.

Más aún, si de él hubiera dependido, el Grupo Parlamentario nacionalista hubiera votado a favor de la Constitución. Con toda probabilidad esa hubiera sido su postura, la de Juan de Ajuriaguerra, que falleció en agosto de 1978, la del histórico Manuel de Irujo, el navarro que llegó a calificar a la Constitución como “la más foral” de toda nuestra historia, y la de Mikel Unzueta, portavoz en el Senado. Tan pronto como se hizo público a primeros de enero el anteproyecto elaborado por la ponencia, Ajuriaguerra, Arzalluz y Unzueta decidieron entrar en conversaciones con la UCD para llegar a un acuerdo sobre la cuestión vasca. El 25 de enero se reunieron con el ponente centrista Miguel Herrero de Miñón. El entendimiento pasaba por la devolución formal de los derechos históricos, de la que se deduciría el total acatamiento a la Corona. El día 31 de enero, fecha límite de la presentación de enmiendas, en el Nuevo Club de la calle Cedaceros, uno de los más exclusivos de Madrid, tomando café mano a mano, Arzalluz y Herrero redactaron de consuno lo que sería la enmienda 689 que abriría el camino para la introducción de la disposición adicional primera donde se establece que la Constitución ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales. En el colmo de la desfachatez, Arzalluz omite estas conversaciones en sus memorias y no dice ni una palabra de la disposición adicional, ni de su voto favorable en la Comisión Constitucional del Congreso (sesión del 20 de junio de 1978).

Su gran problema era que no podía presumir de haber sacado músculo nacionalista en las Cortes constituyentes, porque en su enmienda ocultó el sueño de la nación vasca y se disfrazó de fuerista, palabra que le producía urticaria a Sabino Arana pues los Fueros son un pacto que limita el poder del soberano –rey o Estado españoles–, pero no amparan la legitimidad de ninguna reivindicación de independencia. 

Es verdad que los nacionalistas presentaron algunas  enmiendas testimoniales. Una de ellas pretendía modificar el apartado 2 del artículo 1º donde se establece que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado para  proclamar que éstos emanan de los pueblos que lo forman, en los que reside la soberanía. Y en consecuencia con  esta declaración de principio en otra enmienda al artículo 2º sostenían que la Constitución no se fundamentaba en la unidad de la nación española sino “en la unión, la solidaridad y el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que integran España”. Ambas enmiendas demuestran que Arzalluz no rechazaba la integración en España y aunque el País Vasco se considerase una nacionalidad de tal definición sólo se desprendía el derecho a la autonomía.

En los Diarios de Sesiones de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas se pone de manifiesto que el Grupo del PNV, cuyo portavoz era Arzalluz:

-Votó a favor de la unidad de España; votó a favor de las nacionalidades titulares únicamente del derecho a la autonomía;

-Votó a favor de la Corona –porque en palabras de Arzalluz (sesión del 11 de mayo de 1978) “la Monarquía es hoy más adecuada y se halla en condiciones reales para el aseguramiento y defensa de las instituciones democráticas” y “si la Corona cumple su palabra política de ser garantía de los derechos históricos de los pueblos de España”, según el compromiso manifestado ante las Cortes Generales, “si, en este marco, la institución monárquica cumple su papel histórico de ser eje y símbolo de la confluencia y de la integración en una estructura política común de los diferentes entes políticos históricos…, si la corona cumple esa doble función, no sólo aprobamos la monarquía con este voto, sino que la apoyaremos en la medida de nuestras fuerzas”;

-Votó a favor del castellano como lengua común;

-Votó a favor de la misión de las Fuerzas Armadas como garantes de la unidad, de la integridad y del orden constitucional; votó a favor de todo el título de derechos y libertades fundamentales;

-Votó a favor del Estado de las autonomías contenido en título VIII, donde consiguió incluir un artículo extraordinariamente perturbador, el 150,2 -el único que, a mi juicio, habría que suprimir con urgencia de la Constitución- que permite al Estado transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación, precepto distorsionador sin duda pero que fue aceptado con el fin de que los territorios forales titulares de derechos históricos pudieran desbordar el marco general estatutario;

-Votó a favor de la disposición adicional primera de amparo y respeto a los derechos históricos de los territorios forales;

-Votó a favor, de la derogación de la Ley de 25 de octubre de 1939 por considerarla abolitoria de los Fueros de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, así como por la misma razón de la Ley de 21 de julio de 1876, derogación vinculada al desarrollo de la disposición adicional primera.

Todo esto oculta Arzalluz. Pero además miente cuando afirma que “me habría cortado la mano que firmar una Constitución que negara nuestros derechos nacionales”. La realidad fue muy otra. La posibilidad de que se incorporase a la Ley de Leyes una disposición adicional que pusiera fin al secular conflicto con el Estado alertó a Carlos Garaicoechea. Si el PNV votaba a favor de la Constitución y si se restablecían como primera providencia las Juntas Generales y Diputaciones Forales de cada provincia con la facultad de pactar por separado con el Estado, el sueño de Euskadi como nación tendría que esperar. No podían votar de ninguna manera a una Constitución cuyo fundamento era la unidad de España. Sin duda en los batzokis los arrastrarían. Así que, con el respaldo de la mayoría de los burukides, decidió parar los pies en seco a Arzalluz. El mismo día del debate y votación de la disposición adicional, Garaicoechea llamó a su portavoz en el Congreso. Y así relata en sus memorias lo ocurrido: “Cuando yo le transmití a Arzalluz que no podía emitir ese voto en la comisión constitucional, él me explicó la dificultad que implicaba ir contra corriente en aquel clima de presión ambiental. Prosiguiendo la discusión en un momento determinado me dijo que estaba hablando desde una cabina y se le estaban acabando las monedas. Se cortó la comunicación, vino el voto favorable y luego vino una rectificación que fue incómoda para todos. Quizá ahí está el germen de determinadas actitudes posteriores”.

Arzalluz claudicó y en el pleno los nacionalistas votaron en contra de la disposición adicional. En el Senado se trabajaría hasta la extenuación para conseguir llegar a un acuerdo satisfactorio para el PNV. Esta vez Garaicoechea se fue a Madrid y siguió el debate final desde la tribuna de invitados. En los últimos momentos del debate en el pleno senatorial el guipuzcoano monárquico-liberal Joaquín Satrústegui, senador por Madrid,  propuso una redacción que parecía convencer a Mikel Unzueta, portavoz del Grupo y que había estado con Arzalluz en las conversaciones con Herrero de Miñón que cristalizaron en la enmienda 689 del PNV. En la sesión de 5 de octubre de 1978, el presidente Antonio Fontán preguntó si aceptaban la enmienda in voce suscrita por el Grupo de . En medio de una gran expectación, el portavoz nacionalista subió a la tribuna de oradores. Antes de tomar la palabra miró al palco de invitados donde Garaicoechea le gesticulaba ordenando el no. Visiblemente molesto, Unzueta se limitó a decir: “Recibo la indicación de respuesta negativa”. Y dicho esto abandonó la tribuna. La suerte estaba echada. El PNV ya tenía la excusa perfecta para recomendar la abstención en el referéndum constitucional evitando así dar su apoyo a una Constitución cuyo fundamento es la  unidad de la nación española..

Años más tarde, Carlos Garaicoechea dedicó a Arzalluz estas duras palabras: “Fue el único nacionalista que votó sí a la Constitución y tuvo que rectificar porque se lo ordenó la dirección del partido” (3 de octubre de 1994).

En vísperas del referéndum constitucional del 6 de diciembre de 1978, varios personajes del mundo de la política navarra –nacionalistas del PNV, aberzales proetarras, sindicalistas de izquierda, cargos políticos del régimen anterior y miembros de la derecha conservadora firmaron un “Acta de afirmación foral navarra” en la que advertían al pueblo navarro que “el texto de la Constitución no lo consideraban aceptable desde el punto de vista foral”. Según sus firmantes, entre ellos Carlos Garaicoechea, afirmaban que no les movía a hacer esta declaración pública interés partidista alguno, sino que únicamente consideran un deber de lealtad a Navarra el dar, en este momento histórico, testimonio público de esta reafirmación exclusivamente foral, que aglutina a los firmantes, al margen, por supuesto, de cualesquiera otras disposiciones ideológicos, o de otro matiz, que respetamos en todo caso”.

El manifiesto no consiguió evitar que en Navarra la Constitución fuera aprobada por mayoría absoluta del censo electoral, de modo que el siguiente paso sería la democratización de las instituciones forales para promover el Amejoramiento del Fuero.

En el País Vasco, el PNV se apropió de la abstención técnica –que en todas las elecciones suele oscilar entre el 25 al 40 por ciento– para proclamar a los cuatro vientos que Euzkadi había rechazado la Constitución al no alcanzar los síes la mayoría absoluta del censo electoral. En junio de 1979, Garaicoechea fue elegido presidente del Consejo General Vasco, órgano preautonómico constituido en enero de 1978, y su primera decisión fue negociar con el presidente Adolfo Suárez un Estatuto constitucional de autonomía. Ni siquiera exploró las posibilidades de la disposición adicional para reivindicar la reintegración foral de los territorios de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya. Su objetivo era invocar su condición de nacionalidad para dar carta de naturaleza política por vez primera al “pueblo vasco” o Euskal Herria.

Javier Arzalluz, reelegido diputado en abril de 1979, actuó según los dictados de Garaicoechea que fue a quien el mundo nacionalista debería reconocer la gloria de ser el creador del actual estatus autonómico que le permitió emprender la “reconstrucción” de la nación vasca. Arzalluz no tardaría en tomarse la revancha. Carlos Garaicoechea, el  primer lendakari de la historia democráticamente elegido, en 1985 tuvo que salir de Ajuria Enea por la puerta de atrás a causa de las maniobras maquiavélicas de quien sin duda se propuso corregir su “ligereza” al haberle propuesto como presidente del partido en 1977. Tras la caída de Garaicoechea, Arzalluz se convirtió en el factótum indiscutible de la política vasca. A él se debe el triste honor de haber apuntalado el régimen nacionalista gracias a la “entente cordiale” con el terrorismo de ETA. En esto no engañó a nadie: “Ellos mueven el árbol, nosotros cogemos las nueces”. Yerra Urkullu cuando pide a todos los vascos que reconozcan a Arzalluz por haber sido un impulsor de lo que es Euskadi desde el inicio de su institucionalización.


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