Opinión / Periodista, escritor y comentarista político.

Obama en Hiroshima

Por Isaías Lafuente 12 mayo, 2016 - 7:52

Barack Obama será el primer presidente de EE.UU. que pisará Hiroshima, la ciudad sobre la que su país lanzó en agosto de 1945 una de las dos bombas atómicas que acabaron con la vida de 200.000 personas

y dejaron secuelas en decenas de miles de supervivientes y en su descendencia. El gesto del presidente estadounidense tiene un altísimo valor simbólico y por eso la Casa Blanca ha querido templar las expectativas a través de un asesor presidencial que ha afirmado que Obama no pedirá perdón por esa acción militar.

Y cuesta mucho entenderlo, porque aquel bombardeo sobre una población civil inadvertida e indefensa es una de las mayores barbaridades de la historia de la humanidad. Es verdad que Obama, a pesar de encontrarse en la recta final de un mandato marcado por el acercamiento a antiguos enemigos y por su lucha para frenar la proliferación de armas nucleares en el mundo, representa a un país en el que todavía hoy más del 60% de los ciudadanos justifican aquellos macabros ataques a Hiroshima y Nagasaki porque permitieron acabar con la guerra y evitar otras muertes. Lo primero es evidente, a la luz de la rápida rendición japonesa una semana después de los bombardeos.

Pero no podemos dar por válido que no hubiese alternativas a la decisión de masacrar indiscriminadamente a decenas de miles de civiles para lograrlo. Porque el fin no siempre justifica los medios.

También la esclavitud contribuyó al progreso económico de los EE.UU. y, sin embargo, el presidente Clinton, en 1998, y la Cámara de Representantes, diez años después, pidieron perdón a la población afroamericana sometida. Son gestos que nunca pueden enjugar el sufrimiento de las generaciones esclavizadas o masacradas, pero que tienen un alto valor terapéutico.

Como el que realizó el canciller Willy Brandt en 1970 al arrodillarse ante el monumento del gueto de Varsovia, en el que más de 70.000 judíos fueron asesinados o deportados. El mandatario alemán sólo tenía previsto depositar un ramo de flores en aquel lugar simbólico, pero su sorpresiva genuflexión se convirtió en un gesto que pasó a la historia. Quizás Obama improvise una disculpa. Y estaría muy bien que lo hiciera, porque el perdón no sólo es un acto de justicia hacia las víctimas sino que, además, dignifica a los herederos de quienes tomaron decisiones tan aberrantes.


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