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Opinión /

Trump, el comercio y las guerras

Por Iñaki Iriarte 02 febrero, 2017 - 8:55

Acaso, en el plano de la filosofía política, Donald Trump no represente más novedad que un chorretón de kétchup sobre la cosmología de nuestro Torrente, genialmente encarnado por Santiago Segura.

Donald Trump
Donald Trump

Sin embargo, es muy dudoso que Trump sea un idiota. Y mucho menos que sea un “idiota solitario”, como esos lobos que cometen actos terroristas artesanales. Por lo mismo, y como han evidenciado los pocos días que han transcurrido desde que asumiera la presidencia de los Estados Unidos, su mandato no va a resultar inocuo. Ni para los ciudadanos norteamericanos, ni para los europeos, ni para los del conjunto del planeta.

Cuando hace casi diez años, en mayo de 2008, Fareed Zakaria se aventuraba a prever –con relativa fortuna, es cierto-  “El mundo después de USA”  (The Post-American World) el escenario que planteaba se antojaba exagerado. Estados Unidos continuaba siendo una superpotencia militar y económica, sin rivales dignos de tal nombre. Además, a finales de año, Barak Obama arrasaba en las elecciones presidenciales y los comentaristas saludarían  unánimemente su llegada como el inicio de una era de paz, progreso y sensatez para Norteamérica y el resto del mundo, tras ocho años de Bush hijo, marcados por el 11-S y las desastrosas guerras en Afganistán e Irak. Sin embargo, hoy pocos podrán negar los síntomas de la decadencia norteamericana. Militar, política y económica. Un solo dato: el año de los atentados contra las Torres Gemelas, la deuda pública de EEUU  representaba en 53% del PIB; hoy, duplica esa cifra. La inmensidad de esa riqueza robada al futuro –y que los que vienen habrán de pagar- echa por tierra cualquier otra cifra que invite al daltonismo, es decir, a ver en rosa lo que no es sino gris oscuro.  

Sin duda, y por muy inverosímil que parezca cuando se halla en el cénit, ningún imperio es para siempre. E igual de cierto es que resulta anómalo que un imperio caiga sin intentar remediarlo y sin estrépito. Además, los espacios que abandona en el transcurso de su decadencia son ocupados por otros poderes y estos dirimen sus diferencias por medio de la fuerza, a la postre el único derecho que suele hacerse valer en tiempos de incertidumbre.   

Hay una célebre frase del economista liberal Frédéric Bastiat sobre la que, creo, merecería la pena meditar ahora: “Cuando los bienes no cruzan las fronteras, lo hacen los ejércitos”. No se trata de una maldición bíblica, naturalmente, sino de una constatación empírica y, además, rebosante de lógica. Quien quiere comerciar, tiene que abrir sus puertas, algo que no puede hacer si se pelea en el zoco. Y quien se dispone para el combate tiene que restringir el comercio y preparar a su sistema productivo para una economía de guerra, en la que no importa tanto vender y comprar menos, sino mantenerse. Trump, como es sabido, ha optado por retirar a Estados Unidos de los tratados de libre comercio del Pacífico y con México y Canadá. De seguir cumpliendo sus promesas, pronto establecerá altos aranceles para las mercancías chinas. Los bienes, en definitiva, van a dejar de cruzar las fronteras... Dado que Trump no sólo no es un idiota, sino tampoco un “idiota solitario”, tiene que haber previsto eso que todos sus detractores anuncian: que los iphone triplicarán su precio, que las exportaciones se colapsarán, etc. Pero algo en los cálculos de Trump ha debido hacerle ver que esas consecuencias nocivas podrían verse largamente compensadas por ventajas de otra índole. ¿Cuáles? Aquellas que se obtienen cuando el comercio se interrumpe y los ejércitos marchan.

Todo esto, en definitiva, parece anunciarnos un escenario muy complicado en un plazo de tiempo más bien corto, un escenario en el que encerrarse puede ser  acaso una opción más segura que mantener las puertas abiertas.


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