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Menores transexuales

Por Iñaki Iriarte 27 marzo, 2016 - 23:34

Hace unas semanas ejercí de portavoz de UPN en la Comisión de Relaciones Ciudadanas e Institucionales del Parlamento de Navarra.

Fue una sesión de trabajo con miembros de Chrysasllis, una asociación de padres y madres de menores transexuales. Con cierto retraso, compruebo que en las redes sociales se ha malinterpretado mi intervención, suponiéndome algún tipo de animadversión hacia los transexuales. Naturalmente, no es el caso. No puedo sentir animadversión hacia quien no me ha causado ningún mal y, menos aún, hacia unas personas que sé que han sufrido injustamente desprecio y rechazo.

En mi turno de palabra en la sesión de trabajo señalé que el caso de menores transexuales me provocaba “desconcierto”. No expresaba con ello una opinión política, sino una perplejidad personal que, perdónenme, no consigo resolver. Cuando un menor de tres, cinco o siete años, declara que su sexo es otro al que, no ya sus genitales, sino cada célula de su cuerpo muestra, me confieso incapaz de decidir qué actitud tomar.  

¿Deberíamos llanamente aceptarlo, como defendían los miembros de la asociación? ¿Deberíamos simplemente ignorarlo, dada la falta de madurez psicológica del menor? ¿Habría, por el contrario, que tratar de discutir con él y cambiar su opinión? ¿Qué significa exactamente “sentirse” mujer u hombre? ¿Hay una identidad masculina o femenina per sé, que “se sienta”? ¿En qué consiste? ¿En mostrar propensión por una estética y unas prácticas que socialmente se consideran masculinas o femeninas? Pero, ¿no habíamos quedado que, precisamente, se trataba de romper con esa lógica del “esto es de chicos” y “esto, de chicas”?

Hace algunos años tuve bastante trato con una persona transexual. Gracias a ello aprendí algunas cosas acerca de una cuestión muy complicada. Por ejemplo que aunque hay transexuales con anomalías cromosómicas (el síndrome de Klinelfelter, el de De la Chapelle, etc.), no es el caso de la mayoría de ellos. También que mientras algunos se declaran partidarios de la cirugía de cambio de sexo (o “reasignación”, que hasta en esto hay un lenguaje de lo políticamente correcto), muchos otros la rechazan como una forma de mutilación.

Algunos transexuales son partidarios de la llamada “terapia hormonal”; otros, la consideran antinatural y se sienten completamente conformes con su cuerpo. Los hay quienes se sienten “mujeres en cuerpo de hombres” y quienes ridiculizan ese lenguaje y se reivindican como “intersexuales”. Desde el punto de médico, tampoco existe ningún consenso.

Algunos especialistas han creído encontrar un fundamento físico para la transexualidad, mientras que otros contradicen dicho descubrimiento. Hay quienes todavía la consideran una patología (aquellos que como la OMS hablan de “disforia de género” o los que persisten en designarla como “trastorno de identidad de género”) y quienes son partidarios de su completa despatologización.

En la medida en que lo “patológico” es una categoría cultural que, casi inevitablemente, hace resonar en nuestra cabeza connotaciones de culpa y locura, es comprensible que los afectados reaccionen con hostilidad a cualquier término que cuestione su buena salud, física o mental. Por cierto, dos curiosidades: el segundo país con más operaciones de cambio-reasignación de sexo es Irán. Y en una provincia de Indonesia se reconocen hasta cinco géneros... mientras que en otras la homosexualidad es legalmente castigada. 

Estos datos pueden dar ya una ligera idea de lo complejo de un tema que cuestiona algunas de nuestras categorías mentales más arraigadas. Si a ello se le añade el caso específico de menores, con edades muy anteriores a la pubertad, es difícil no sentirse abrumado ante la disyuntiva de qué postura tomar. De ahí que mi intervención en el Parlamento apelase a la prudencia –lo que debió parecer, me temo, frustrante y vacuo para los padres y madres de los menores-. 

Humildemente, no creo que los políticos tengamos competencias para resolver la cuestión en su vertiente médica. Dudo que ese sea nuestro cometido, como tampoco lo es resolver problemas algebraicos o historiográficos. Para lo que, creo, debemos velar es para que nadie sea discriminado ni agredido de palabra u obra por ser lo que es (lo que sea), para que toda persona goce de los mismos derechos, deberes y libertades que los demás y para promover un espíritu de respeto y tolerancia. 

A la vez, creo que todos deberíamos asumir que vivimos en sociedades plurales, donde no cabe esperar que se produzca un consenso general acerca de este tema y otros similares. Por descontado, debemos exigir respeto hacia las personas, pero no esperar que nuestras ideas y puntos de vista sean compartidos por todo el mundo. Debe existir, también, libertad para disentir y, por lo tanto, también para quedarse perplejo. Prodigar esa lógica del: “todo el que no comulga conmigo en todo, está contra mí”, es un grave error que nos lleva a una tiranía de la opinión políticamente correcta.


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