Opinión /

La momia de Barba Azul

Por Iñaki Iriarte 26 agosto, 2018 - 11:19

El autor lamenta cómo la izquierda está empleando la exhumación de Franco para tratar de imponernos su visión sobre el debate entre izquierda y derecha.

El dictador Francisco Franco.
El dictador Francisco Franco.

Reconozco estar entre aquellos que, si se encontraran un día con la momia de Gilles de Rais, el famoso Barba Azul, en mi jardín, no sabrían bien qué hacer. Acaso les parezca una hipótesis descabellada (sobre todo, porque no tengo jardín), pero tampoco lo es tanto. Enterrado originariamente en la iglesia de los Carmelitas en Nantes, más de 300 años más tarde, durante la Revolución Francesa, unos amantes del género humano, la libertad y la fraternidad abrieron su tumba, pasearon sus restos para denunciar los crímenes de la aristocracia y nunca más se supo de ellos. Así que podrían muy bien haber terminado en ese jardín que todavía no tengo.

Como digo, no sé bien qué haría. Por un lado, acaso pensaría que los restos de cualquier persona, por amojamados que estén y por malvada que fuera en vida, merecen recibir eso que antes se llamaba “digna sepultura”. Descansar en paz, en definitiva. Por otro lado, la curiosidad me llevaría a consultar la Wikipedia, que nunca engaña, y esta me revelaría que este noble del siglo XV asesinó a decenas de niños (¿80?, ¿200?, ¿600?), de forma extremadamente cruel.

Acaso pensaría entonces que lo mejor sería desenterrar a este pionero de los asesinos en serie y esparcir sus huesos por un vertedero. Pero, tal vez, y como el proceso al que se sometió a Barba Azul en 1440 no contó con las debidas garantías jurídicas, optaría por repetir el juicio y decidir qué hacer con la momia (condenarla, rehabilitarla, condecorarla) en función del veredicto. Acaso, sin embargo, lo más acertado me parecería localizar a sus familiares, entregarles la momia y que ellos vieran qué hacer con ella. Pero también es posible que tirara por lo más práctico y tratara de ganarme un dinero construyendo un mausoleo y cobrando entrada (sin que ello supusiera, por supuesto, que avalara los crímenes de Barba Azul).

No voy a decir que el problema de los restos de Franco sea exactamente igual al de mi dilema con la momia de Gilles de Rais, porque, en el caso del dictador, es muy cierto que su mausoleo ha sido interpretado como una suerte de enaltecimiento arquitectónico de su obra política. Pero, por lo menos, hay ciertas analogías. Y pienso que estas deberían hacernos entender la serenidad con que deberíamos debatir sobre el asunto.

El pasado, ya lo lamentó Walter Benjamin, está lleno de crímenes, masacres, expolios e injusticias. Y la tentación de organizar una suerte de juicio final y dar satisfacción a todos los vencidos es muy grande. Sobre todo, entre aquellos que creen que la inocencia y la razón están siempre del lado de, casualidad, los suyos.

Es eso, precisamente, lo que más me molesta acerca de cómo la izquierda está abordando todo este asunto. El uso de una momia, que posiblemente debería ser entregada respetuosamente a sus familiares, para retratarse una vez más como la gran desfacedora de entuertos y remedadora de injusticias. Y, de paso, hacer pasar a sus oponentes como unos conspicuos nostálgicos de la dictadura. En definitiva, tratar de imponernos su visión, no ya de la Guerra civil, sino del debate entre izquierda y derecha.

Y no. Porque la democracia no puede funcionar si se persigue demonizar a quien te puede ganar las elecciones. Puestos a señalar complicidades, convendría recordar cómo se comportaron los adalides de la izquierda más pura e inmaculada cuando falleció el dictador Fidel Castro y cómo peregrinaron devotamente para participar en sus exequias. Entonces, la momia de otro Barba Azul no les pareció una afrenta a sus víctimas.


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