Opinión /

Esta es mi Navidad

Por Iñaki Iriarte 23 Diciembre, 2018 - 8:38

 No es que no esté bien que la gente se quiera –y mucho menos que se enamore- en esta época de año. Pero la Navidad, creo, va de algo diferente a ese sentimiento.

Un Belén representado con las figuras del niño, la Virgen y San José.
Un Belén representado con las figuras del niño, la Virgen y San José.

Lo malo de tener pareja o niños es que a veces toca hacer cosas que no te apetece, como ver hasta el final películas que, si estuvieras solo, descartarías a los cinco minutos de empezar. La última que he tenido que tragarme es “Love actually”, cuyo argumento se resume en una serie de historias de amor (para mí un poco ñoñas) que se desarrollan de manera simultánea en los días previos a la Navidad.

 -¿Cómo es que no te ha gustado? ¿Es que tienes que odiar también la Navidad?

En realidad, me había horrorizado, precisamente, porque me gusta la Navidad.

Esta tiene para mí poco que ver con el argumento de la peli de marras o de otras como la saga de “Solo en casa”. No es que no esté bien que la gente se quiera –y mucho menos que se enamore- en esta época de año. Pero la Navidad, creo, va de algo diferente a ese sentimiento que ahora algunas feministas llaman con desdén “el amor romántico”. De lo que va la Navidad, para mí, su núcleo, su corazón, es, sin duda, del nacimiento de Jesús. Y en esas películas no hay nada de eso. Como mucho, la estrofa de un Villancico.

No es que me esté volviendo un integrista religioso. Creo. Es que lo que da densidad al Adviento es únicamente, en el fondo, esa historia.

Se lo he tratado de explicar a mi mujer, que, aunque nacida en Tierra Santa, lleva toda su vida pensando que el Eid al Milad, la “fiesta del nacimiento” era lo que veía en las películas americanas: cosas como ponerse un gorro de Papá Noel y poner un árbol con bolas rojas y espumillones en el salón.

 “Imagínate”, le he contado, “que en uno de esos pueblos de alrededor de Jerusalén (Al Azariye, Beit Jala o digamos Betlehem) se encuentra ahora mismo una extraña pareja. Sabemos poco de ellos. De él, algunos dicen que es un hombre mayor, pero acaso sea solo una invención. Ella, en cambio, es una chica muy joven y está al final de su embarazo. Es de noche, llueve, los hoteles están llenos y no encuentran donde dormir. Para colmo de males, ella se pone de parto y tiene que dar a luz en las ruinas de una casa abandonada. Sin médicos, sin calefacción, sin bombones, sin peluches. Cuando, por fin, alumbra a su niño, se hace consciente del terrible silencio que hay a su alrededor. Solo la lluvia, acaso el viento furioso.

Imagina también que ese niño que duerme o que busca el pecho de su madre, ese ser tan frágil, está destinado nada menos que a salvar el mundo. A rescatarnos de nuestras miserias, de nuestra pequeñez, nuestros odios y de la avaricia. Es extraño, sí, que alguien tan importante no haya nacido en un palacio, sino rodeado de pobreza, como el más humilde de los seres…. Pues, escucha, aún hay más: enterado por la imprudencia de unos magos de su nacimiento y su destino, un rey muy poderoso ha ordenado su asesinato. Como no sabe con exactitud quién es ni dónde se encuentra, ha enviado a sus soldados a matar todos nos niños pequeños que haya en su reino.

Por suerte, el niño escapará de la matanza. Pero, cuando crezca, le aguardarán terribles pruebas. Su misión, fíjate, es morir horriblemente torturado. No porque haya hecho nada malo. Sino porque en esta historia, en la historia del mundo, alguien tiene que hacer de cordero y ser sacrificado. Para que todo termine bien y, digamos, haya un banquete y seamos felices.

Navidad para mí no es la música en la calle (que a veces me cansa, pero que, otras, me agrada), no son las comidas familiares (que antes eran una obligación fastidiosa y ahora son algo que espero con una ilusión un poco tonta). No son los regalos, que hago o me hacen. No es ni siquiera una fe que perdí, no me acuerdo ya bien cómo, hace más de treinta años y que, sin darme cuenta, volvió a mi hace unos pocos.

Es mirar por la ventana una noche de principios del invierno, como hoy. Pensar en ese bebé que está a punto de nacer en Al Azariye o Betlehem, en su pequeñez y la enormidad de su destino. Y en esa paradoja de que, acaso, el gran drama de la humanidad solo pueda resolverse a través de quien ha sido el más pequeño y desvalido de los hombres. Sin batallas, sin ejércitos, sin oropeles. Y, al imaginarlo, no puedo evitar sobrecogerme. Sentirme nervioso por ese recién nacido y su destino. Y también confiado. Escéptico y esperanzado a la vez. Feliz y nostálgico. “¿Sería posible, después de todo?”, me digo, “Un Salvador…”. E inevitablemente me vienen las ganas de recogerme en torno a una luz, a un fuego, y cenar en la compañía de aquellos que amo…

Esa es mi Navidad. Pero no sé si hay películas que hablen de ella. 


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