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El convenio y el cupo. Lo que está en juego

Por Iñaki Iriarte 14 octubre, 2015 - 11:09

Olvidémonos por un momento de los números, ese inevitable "¿cuánto pago, cuánto recibo?" que revela nuestra alma de contables. No porque que los números no sean importantes.

Nadie -ni siquiera los seres más solidarios, esos a los que se les encoge el corazón pensando en los yazidíes o los mapuches- vive del aire. Todos pretendemos cobrar más por nuestro trabajo y, en cambio, no desaprovechamos la ocasión para comprar cosas en oferta, es decir, para pagar menos por el trabajo de los demás. Pero si por un momento dejamos de lado los números, tal vez estemos en mejores condiciones para entender algo que muchos economistas inteligentes han subrayado. Algo muy obvio, pero que, como suele suceder con muchas cosas obvias, tiende a pasar desapercibido.

Esa verdad, evidente y encubierta al mismo tiempo, no es otra que esta: nuestra vida pende de factores y circunstancias que nunca se traducen a cifras concretas en los balances. El empresario de éxito, por ejemplo, que protesta por unos impuestos que juzga demasiado elevados (algo inevitable, incluso en los países donde son más bajos), olvida que la sociedad le está entregando muchísimo más de lo que da y que, sin cierta redistribución de la riqueza, no encontraría compradores, ni acaso podría salir a la calle.

Otro ejemplo: quien sueña con un modelo de sociedad en donde la ambición personal y el afán de lucro hayan sido erradicados, olvida que si empezara a privarse de todos los objetos que son su fruto, se quedaría sin nada y, me temo, perdería también su empleo (si lo tiene). Como suele decir un amigo, se necesitaría una nueva “Fábula de las abejas” que mostrara la paradoja de cómo todas las virtudes se sustentan en vicios y las ONGés se alimentan de la economía de mercado.

Recientemente varias comunidades autónomas han expresado su opinión de que vascongados y navarros pagamos menos de lo debido. Aducen que si se coge el gasto total de las administraciones en los territorios forales y se divide entre el número de habitantes sale una cifra muy superior a la media del Estado. Navarra y Vascongadas, en cambio, aseguran que contribuyen a los gastos comunes según lo que les corresponde por su porcentaje de PIB.

Nadie cuestiona, como tal, ni los conciertos fiscales vascos, ni nuestro convenio económico, sino solamente la manera de calcular los cupos. No es, por supuesto, una cuestión baladí, pero creo que es oportuno poner un poco de mesura en el tema, porque en esta tierra hay quienes están dispuestos a exagerar cualquier desencuentro para exacerbar los ánimos y alimentar la teoría de que España (es decir, los españoles) nos oprime, nos roba, nos insulta y nos odia. Son aquellos que saben que en Navarra los abertzales representan todavía solo a una minoría, pero que trabajan incansablemente para invertir esa realidad en el medio y largo plazo.

Navarra debe mucho a España (dejo para otras audiencias la explicación de cuánto hemos aportado a España). No se crean que me refiero a la paella, a un pasado imperial o cosas así. Me refiero a cosas mucho más determinantes para nuestro día a día, cosas que no se reflejan en los balances fiscales, pero sin las que seríamos insospechadamente diferentes. Podemos sentirnos henchidos de orgullo pensando en los vascones de tiempos de los romanos o en los que supuestamente derrotaron a Carlomagno, pero lo cierto es que no compartimos nada real con ellos.

Nos guste o no, a la hora de definir lo que somos son mucho más determinantes los últimos 150 años de historia. No es esto algo que podamos elegir, igual que uno no puede elegir sentirse más cómodo en la lengua aprendida en una academia que en su lengua materna. Nuestros hábitos culturales, nuestros patrones de consumo, nuestra manera de vestir, nuestros prejuicios, los conceptos que pueblan nuestra cabeza, nuestra forma de combinar colores al vestir y hasta nuestros gustos musicales traicionan, evidencian, nuestra condición de españoles. Entiéndanme, no me entrometo en los sentimientos de nadie. Hablo solo desde el punto de visto cultural. Hay matices, claro que sí, matices que los nacionalistas magnifican, pero, créanme, son matices que alguien venido de una cultura realmente diferente apenas percibe.

Tampoco nos figuremos que se trata sólo de cultura, también lo es de economía. He leído por ahí decir que “España nos roba más de 600 millones de euros”. Pues bien, sin España, sin Francia (que también nos "oprime" y "coloniza"), sin esos y otros estados igual de "artificiales y "capitalistas", ni siquiera habría euros.

Es más, no se habrían dado estas inéditas décadas de paz en la vieja Europa, ni por lo tanto ese bienestar que tendemos a suponer como algo natural. Toda nuestra economía se levanta en el marco de esta Europa en construcción, con 350 millones de habitantes. No sé por qué, pero dudo mucho que fueran a importarles las nostalgias medievales de una nacioncita de 600.000 almas (es un decir), empeñadas en recuperar no sé qué soberanía.

A algunos les soliviantará que un parlamentario navarro hable de estas “deudas” con España, cuando esta nos ha robado los fueros, la identidad, la lengua y hasta las dantzas que tan jovialmente bailaban nuestros antepasados. Acaso se figuren que antes de 1512 Navarra era una república de batzarres populares, donde corrían ríos de txakoli y miel, se hablaba en bertsos y los hombres besaban el suelo que pisaban las etxekoandres. Pues miren, no, lo siento, no fue así.

El Gobierno y el Parlamento de Navarra tienen que defender con firmeza nuestros intereses. De acuerdo. Pero también tendrán que explicar a las demás autonomías (esta vez con números) que nuestro sistema de financiación es justo, que no queremos privilegios, ni ventajas comparativas. Deberán negociar, alcanzar compromisos, mostrar nuestra disposición a cumplir con lealtad los acuerdos a los que lleguemos. Lo que no deberán hacer, en cambio, es aprovechar un desencuentro contable para avanzar en una estrategia de ruptura con el Estado.

Alimentar demagógicamente el enfrentamiento entre territorios (entre personas) y cultivar la hostilidad hacia el país de la mayoría de nosotros, España. Porque, en efecto, les recuerdo que la misma encuesta del CIS que decía que el cuatripartito era la fórmula de gobierno preferida por los navarros, decía también que la mayoría de ellos se sentían españoles. Por cierto, en la muestra estaban infrarrepresentados diez puntos los votantes de UPN, así que la proporción de los que nos sentimos españoles es, con seguridad, sensiblemente más alta.

Se aproximan, me temo, tiempos buenos para la lírica nacionalista y malos para la sensatez. Resulta, por ello, muy importante que los que entrevemos las terribles consecuencias que tendría para la convivencia y el bienestar material adentrarnos en la senda del enfrentamiento con “Madrid” y el secesionismo busquemos la forma de explicar y convencer a la mayoría qué es lo que está en juego. 


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