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Opinión / Periodista. Director de Comunicación y Marketing del Consejo General de la Abogacía Española.

Un debate sobre la ciencia en España

Por Francisco Muro de Iscar 20 julio, 2016 - 21:04

Hay muchos temas que no están en la agenda de los políticos, más preocupados de los puestos (a repartir) o de los dineros (a recaudar) que de los problemas reales.

Uno de ellos es el modelo económico e industrial, del que carecemos y sin el que no es posible construir nada mirando al futuro, y otro, íntimamente ligado a éste, es el de la investigación y la ciencia.

A mí me gustaría ver a los candidatos a presidente del Gobierno debatiendo sobre el modelo científico, los presupuestos a comprometer y las líneas prioritarias a incentivar para que España sea realmente puntera en algo y que eso produzca no tanto empleos, como patentes y empresas líderes. Se puede, pero sin una inversión mucho mayor en I+D+i, nunca saldremos de ser un país de servicios.

Es cierto que no todo lo que se dice sobre la ciencia, la fuga de jóvenes investigadores, la recuperación de cerebros o los aspectos prioritarios de esas inversiones son siempre asuntos que se plantean de forma desinteresada. Muy al contrario.

El cardiólogo y catedrático emérito de la Universidad de Cantabria, José Manuel Revuelta, acaba de decir que "con las células madre se ha hecho todo al revés y que algunos científicos, "imprudentemente", lanzaron expectativas sin fundamento. Incluso denuncia que se empezaron a probar en humanos antes que en animales. Algún ex ministro de Sanidad que apoyó irreflexiva o interesadamente este salto al vacío, también debería asumir responsabilidades.

Mariano Barbacid, por su parte, acaba de señalar que "la ciencia española" está moribunda y que, tras los recortes de los últimos años, podemos convertirnos en un país científicamente irrelevante. Juan Carlos Izpisúa, otro de nuestros grandes científicos, apunta que están más cerca cada día "los órganos a la carta" en cerdos y, lógicamente, después en humanos.

La investigación avanza con impresionante rapidez en algunos terrenos y con mucha más lentitud en otros. Pero siempre cuesta dinero. Los intereses de las empresas farmacéuticas, legítimos unos, más dudosos, otros, también juegan un papel decisivo.

Cuando hablamos de investigación hablamos de dinero, de mucho dinero y de decisiones estratégicas. La nueva investigación exige inversiones millonarias y la tecnología tiene un precio tan alto que alguien debería garantizar qué es lo que razonablemente podemos asumir y qué no. También tenemos que decidir qué vamos a hacer con nuestros investigadores, muchos de ellos excelentes.

Y esas son decisiones que deben tomar sí o sí los políticos. Para ello se necesita un debate serio, riguroso, sin demagogias, que debería llevar también a una política científica estable en el tiempo y consensuada en sus objetivos y en sus fines. No hay futuro para España sin investigación, pero como no nos sobra el dinero hay que acordar en qué nos lo gastamos. Y ser coherentes, para no dar palos de ciego ni plegarse a intereses no siempre desinteresados. A educación e investigación deberían ir los mejores y pagarles como se merecen. Pero sobre eso los políticos no saben, no contestan.


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