Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Pero, ¿de verdad nos van a llevar a nuevas elecciones?

Por Fernando Jauregui 07 febrero, 2016 - 1:09

Lo ocurrido el pasado viernes en el Congreso de los Diputados, dos ruedas de prensa simultáneas tras el encuentro 'negociador' entre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez,

puede calificarse de buena o mala noticia, según quién la analice. Es, en todo caso, una primera constatación de que un acuerdo entre la formación morada y la del puño y la rosa  para formar Gobierno es algo tan difícil que algunos lo califican de imposible. Y que, por tanto, ante la multiplicación de vetos 'inamovibles' entre nuestras fuerzas políticas --el PSOE al PP, Ciudadanos a Podemos, Podemos a Ciudadanos-- y dada la composición numérica de la Cámara Baja, llegar a la investidura de un nuevo jefe del Ejecutivo que sustituya a Mariano Rajoy va a ser tarea inútil. Con lo que la repetición de elecciones estaría ahí, a la vuelta de la esquina. Un fracaso de toda la clase política, que clava un nuevo clavo en el ataúd de la imagen que la ciudadanía se ha hecho, con razón, de los representantes a los que elegimos y pagamos.

Porque lo ocurrido, por poner un ejemplo más, el pasado viernes, con las sucesivas declaraciones de dos personajes que se han creído llamados a gobernarnos pase lo que pase, vetando a quien no les gusta, fue el último capítulo de un culebrón que empezó ya cuando, antes de las elecciones del 20 de diciembre, el secretario general del PSOE hizo una declaración de intenciones asegurando que 'nunca, jamás' pactaría con el PP de Mariano Rajoy, y tampoco sin Mariano Rajoy.

Continuaron los despropósitos cuando Sánchez, ya tras las elecciones, dio un sonoro portazo en La Moncloa, negándose incluso a tomar un café con el presidente ya en funciones. Claro que también Rajoy tiene su parte semiestelar en esta comedia trágica, al rechazar en primera instancia la investidura que le ofrecía el Rey, que debe estar atónito ante el espectáculo que desarrollan los políticos con él en la Jefatura del Estado.

Para colmo, Rajoy insiste en mantenerse al frente del timón. Cuando ya nadie cree en él, confiando aún en que un fracaso, muy posible, de las negociaciones entre PSOE y Podemos propicie, ante la insuficiencia de escaños de otras combinaciones, como la de PSOE con Ciudadanos --con o sin el PNV--, una repetición de elecciones y nuevas oportunidades electorales para el PP, que ha decidido apoyar públicamente a su aún líder.

Difícil encontrar tanto egoísmo, tanto empecinamiento, tanta miopía, en apenas el mes y medio transcurrido desde que los españoles acudimos a las urnas. Sin olvidar, desde luego, el episodio peculiar de la celebración, el pasado día 30, de una reunión del comité federal socialista, en el que Sánchez dio la sorpresa a sus 'barones' de anunciar, en su discurso y sin previo aviso, que consultaría directamente a la militancia los acuerdos a los que pudiese llegar con otras fuerzas. Todo, menos replantearse algún tipo de gran coalición que sacase a España del marasmo. Y eso que incluso voces que al parecer le son muy próximas dicen a Pedro Sánchez que permita que Albert Rivera, el líder de Ciudadanos y el único que parece estar manteniendo la cabeza fría en esta coyuntura, negocie con el PP la salida de Rajoy y su sustitución por algunas de las varias figuras valiosas que pululan en la constelación 'popular' --Cristina Cifuentes, Soraya Sáenz de Santamaría, Ana Pastor, Alfonso Alonso, el propio Núlez Feijoo, entre otros-- y facilite así un acuerdo 'a tres' entre el PP, el PSOE y Ciudadanos. Y hala, a gobernar, encabezados por quien sea  --es lo de menos--, un programa regeneracionista pactado para dos años, cuando se convocarían nuevas elecciones con las reformas pertinentes ya hechas. ¿Es tan utópico pensar así?

Alguna suerte de gran coalición sigue siendo, por cierto, el único acuerdo que podría evitar esas elecciones repetidas que habrían de celebrarse allá por junio, con el país medio paralizado, con el mundo entero pasmado ante el espectáculo de la 'antimarca España', con la ciudadanía menos afecta que jamás a sus representantes políticos, con la misma legislación (Constitución, normativa electoral, reglamentos de Congreso y senado) que actualmente está propiciando el parón político tan 'sabiamente' secundado por los líderes de la cosa, que utilizan la corrupción y las hemerotecas como último pretexto para no negociar. Corrupción, corrupción, cuántos dislates se cometen en tu nombre...

Sería otro año perdido para la reforma, para la regeneración --ganado para la degeneración, en cambio--, para la recuperación económica y para la inversión, para las relaciones exteriores... para todo. Creo que va siendo hora de que Rajoy y Sánchez, que parece que se encontrarán la semana que entra, se replanteen su papel en la vida política española, de la que puede que ambos salgan muy cuestionados. Porque el pacto con un Podemos que quizá, crece la sospecha, no quiere pactar con unos socialistas a los que más bien quiere, como la nueva edición de su homónimo, refundar, no es la solución. No solamente porque Podemos no quiera saber nada con Ciudadanos --ni Ciudadanos con Podemos--, ni porque Pablo Iglesias insista en ser el vicepresidente de un Gobierno en el que contaría con seis ministros 'suyos', en el que dominaría el CNI, los medios públicos, las Fuerzas Armadas... Es que lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible, sin que hagan falta mayores razonamientos.

Pero ¿en qué estamos, más bien en qué están, pensando? ¿De verdad nos van a llevar a unas nuevas elecciones, que no lograrían, en el mejor de los casos, consolidar un Gobierno medianamente estable hasta después del verano? Van a tener, todos ellos, incluyendo ese Pablo Iglesias a quien, tan miopemente, le elogian algunos sus facultades estratégicas y tácticas, que explicarnos muchas cosas a los españoles. Si es que no acabamos exigiéndoles ya mismo esas explicaciones a gritos.


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