Opinión / Editor del Grupo Diariocritico.

Me pregunto si los periodistas lo estamos haciendo bien

Por Fernando Jauregui 11 mayo, 2016 - 0:35

Cuanto más avanza uno en el camino de la vida, con mayor frecuencia se pregunta si está haciendo lo justo.

Escribo hoy desde Ciudad de Panamá, capital de un país conmocionado por las 'listas' de los 'Panamá Papers' y de 'Clinton', que afecta, esta última, a las actividades presuntamente delictivas de una de las familias empresarialmente más relevantes de la nación. Naturalmente, los periódicos nacionales, como los internacionales adscritos al 'consorcio de periodistas de investigación', gozan con la comprobación de qué nombres figuran o no en estas listas, donde se mezclan muchas culpas, algunas inocencias y no pocas incertidumbres.

Junto con algunos compañeros de varios países latinoamericanos, que forman conmigo parte de un jurado internacional en unos premios sobre la libertad de expresión, he tenido ocasión de discutir largamente sobre el papel que los informadores estamos jugando a la hora de que muchos poderes y no pocos poderosos, y quizá incluso el país desde el que hoy escribo, se tambaleen. Un poder el nuestro casi omnímodo a veces, necesario siempre -el cuarto poder, que ha de equilibrarse con los otros tres, al menos en teoría--, acaso justiciero en ocasiones y puede que alguna vez hasta injusto. Escucho algunas voces gubernamentales en esta nación, afligida por la mala imagen obtenido por esos 'papeles' que ellos rechazan que se llamen 'de Panamá' ("llámelos de Mossack y Fonseca, si quiere", me dijo una viceministra, aludiendo al bufete que facilitó la creación de las empresas 'offshore' presuntamente dedicadas a evadir tasas), insistiendo en que los periodistas del consorcio se han extralimitado. Han metido demasiadas cosas, demasiados nombres, en el mismo saco, te dicen, contribuyendo a la mala imagen de Panamá precisamente cuando falta poco más de un mes para que, el 26 de junio, se inauguren las nuevas obras del Canal. Una de las obras públicas más importantes del siglo.

Yo creo que los periodistas del Consorcio investigador han hecho un buen trabajo. A ellos les corresponde revelar lo que algunos querían guardar en secreto, siguiendo así la norma sagrada de que "noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique". Al Gobierno panameño, y a los del bufete saqueado les corresponde dar las explicaciones oportunas, que ni uno ni otro, en una desastrosa política de comunicación, han dado. Entiendo que el equilibrio de poderes es eso: a los medios les corresponde divulgar hechos que existen, manteniendo un mínimo de la veracidad exigible, y a los otros tres poderes les corresponde medir la intensidad de los daños, sancionar conductas delictivas o puntualizar las que no lo son.

Todo lo cual no obsta para que me pregunte si los periodistas, que ponen en marcha hasta una web donde se pueden consultar nombres y empresas que pueden ser o no culpables -o, por tanto, inocentes--, lo están, lo estamos, haciendo bien. A veces me asalta la duda acerca de cómo, manteniendo lo esencial -publicar lo que alguien no quiere que se publique--, se pueden evitar los daños colaterales. Creo que la mayor parte de las veces no es posible. Siempre me quedaré con la expresión desconcertada del ex ministro José Manuel Soria, y de otros, proclamando su inocencia, su desconocimiento, alegando que lo que hicieron pudo no ser estético, pero tampoco era ilegal y, por tanto, no merecía la 'pena de telediario'. También siento temblar a este país que me acoge, amablemente por cierto, y encuentro la respuesta viendo con qué celeridad se ponen (ahora) apresuradamente en marcha reformas en el sistema fiscal, en el combate a cuanto pudiera quedar de paraíso de evasores -y me alegro de ello-- y entonces me respondo: sí, era necesaria la labor del Consorcio, de los Julian Assange, de los Edward Snowden, para sacar a la luz, al margen de los llamados 'intereses de Estado', cosas que alguien, muy poderoso por cierto, quería mantener oculto.

Lo demás, el resto de las consideraciones -quién filtra, a quién aprovecha la divulgación de los escándalos, incluso quién resulta dañado injustamente--, me parece claramente, dolorosamente, secundario. Puede que los periodistas no siempre lo hagamos bien, o puede que muchas veces no lo hagamos demasiado bien, pero cada acierto es un avance enorme en la transparencia democrática y en eso, tan evanescente, que se ha dado en llamar libertad de expresión. Y uno, que cada día asiste, en su propio país, a tantas renuncias en el sagrado deber de informar, brinda por eso.


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